La primera vez que el aire cambió
Vos no sabés cómo empezó todo. Quizá fue por la mirada, larga y baja, que le tiraste desde el umbral de la cocina cuando él se agachó a buscar una cerveza en la heladera. O tal vez fue el modo en que él, sin decir nada, te devolvió el vistazo, con los ojos detenidos en tu boca mientras se lamía el sudor del labio superior. Hacía calor, sí, pero no era solo el verano. Era otra cosa, más espesa, que se enredaba en el aire como humo de velas.
Estaban solos. Habían ido a terminar de arreglar el departamento que compartían desde hacía tres meses, pero las cajas seguían medio abiertas, los platos sin lavar, y vos, en cambio, sentada en el borde de la cama de él, con los muslos apretados y el pelo cayéndote sobre un hombro, sentías que todo se desarmaba por dentro.
—¿Y ahora? —dijiste, sin mirarlo, jugando con el elástico de tu bombacha.
—Ahora... —dijo él, acercándose despacio, con los pies descalzos sobre el parqué— vos me decís.
Levantaste la vista. Tenía el pecho descubierto, apenas un poco de vello oscuro, los pectorales firmes, y vos, que nunca habías mirado a un hombre así, sentiste un nudo en la garganta. No era solo atracción. Era como si algo dentro tuyo reconociera a algo dentro de él.
—Vení —dijiste, y alargaste la mano.
Él se arrodilló frente a vos, despacio, como si midiera cada movimiento. Sus dedos rozaron tus rodillas, luego subieron por los muslos, lentos, como si temieran romper algo. Vos abriste las piernas sin pedir permiso, sin pedir tiempo. Sabías que eso era lo que querías: que te tocara, que te descubriera.
—Mirá cómo temblás —murmuró, con la voz ronca—. Como si nunca hubieras estado con un hombre.
—Nunca —dijiste, y fue como si soltaras una confesión que llevabas años guardando.
Él se quedó quieto. Te miró, con los ojos muy abiertos, como si no pudiera creerlo.
—¿En serio?
—En serio.
Y entonces fue distinto. No fue solo deseo, no fue solo ansiedad. Fue cuidado. Fue como si él entendiera que no solo iba a entrar en tu cuerpo, sino en tu historia.
Te besó despacio, primero en la boca, luego en el cuello, luego en el pecho, mientras te sacaba la remera por la cabeza. Tus pezones se endurecieron al aire, al frío, al tacto de su lengua. Gimió cuando te lamió, suave, como si probara algo nuevo. Vos cerraste los ojos, con la espalda arqueada, y sentiste que el aire cambiaba.
—¿Te gusta? —preguntó.
—Sí —dijiste—. Más. Por favor.
Él te bajó la bombacha con cuidado, como si desarmara un regalo. Y ahí estabas vos, con la concha húmeda, abierta sin vergüenza, palpitando. Él no entró de golpe. Primero te acarició con los dedos, uno solo, despacio, adentro, afuera, como si aprendiera el camino. Vos gemiste, y fue un sonido que no sabías que podías hacer.
—Mirá cómo me mojás —dijo—. Mirá cómo me pedís.
—Sí —dijiste—. Cogéme. Por favor.
Él se sacó el pantalón, la ropa interior, y su pija, dura, gruesa, se alzó frente a vos. No tuviste miedo. Solo tuviste ganas.
Se acostó sobre vos, despacio, con el peso justo, y te besó otra vez mientras se acomodaba entre tus piernas. Sentiste la punta de su pija rozarte la concha, húmeda, caliente, y entonces, de a poco, entró.
Fue un segundo de punzada, de ardor, y vos te mordiste el labio. Él se quedó quieto.
—¿Paro?
—No —dijiste—. Seguí. Por favor.
Y siguió. Todo adentro. Hasta el fondo. Y vos sentiste que el mundo se detenía, que el aire se volvía denso, que el calor se expandía desde tu centro hacia cada rincón de tu cuerpo.
Movió las caderas despacio, primero, luego más fuerte, y vos gemiste, y gritaste, y pediste más, y él te dio todo. Hasta que el placer se volvió algo distinto, algo que no podías contener, que te subía desde el vientre, te apretaba la garganta, te hacía temblar.
—Mirá cómo te corrés —dijo, con la voz quebrada—. Mirá cómo me llenás.
Y vos, con los ojos cerrados, con el cuerpo arqueado, con la concha palpitando, sentiste que el mundo cambiaba. Que ya no eras la misma. Que algo en vos, por primera vez, había sido tocado, conocido, amado.
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