La primera vez que dormí con mi hermanastra
6 minLa primera vez que dormí con mi hermanastra
Recuerdo el olor del café humeante, el crujido de la madera del piso bajo mis pies descalzos, y el silencio de la casa cuando todos los demás ya dormían. Esa noche, la casa parecía respirar más lento, como si supiera que algo iba a cambiar. Mi hermanastra Lucía —sí, la misma que siempre usaba blusas demasiado ajustadas y jeans con el bajo deshilachado— había quedado a dormir porque su auto no arrancaba y la tormenta había empeorado. Nos sentamos a hablar en el sofá hasta las once, luego a las once y media, luego a las doce. El té se convirtió en vino, luego en otra copa, luego en el silencio que se vuelve denso, cargado de algo que ya no se puede ignorar.
—¿Tienes frío? —le pregunté, notando cómo se abrazaba a sí misma, los brazos cerca del pecho, los codos apuntando hacia afuera como si proteger sus senos fuera una costumbre.
Ella me miró sin parpadear. Sus ojos, de un café oscuro casi negro en la penumbra, tenían algo que nunca antes había visto: desafío y deseo entrelazados, como dos serpientes que se mueren la cola.
—No tanto como para irme a mi habitación —dijo, y su voz sonó ronca, casi gutural, como si ya hubiera sentido algo que aún no tenía nombre.
Me levanté. Ella me siguió con la mirada, sin moverse. Caminé hasta la cocina, tomé dos vasos, llené uno con agua y el otro con gin, con hielo y una rodaja de limón. Volví y se lo di. Ella lo tomó con la mano izquierda, la derecha se la llevó a la nuca y se estiró, arqueando la espalda, y por un instante vi cómo la tela blanca de su camiseta se pegaba a sus pechos, redondeados, firmes, con pezones que se endurecieron apenas sentí su mirada sobre mí.
—¿Por qué no te quitas esa camiseta? —le dije, sin dejar de mirarle los pechos, sin disimular.
Ella no respondió con palabras. Solo se sentó en el borde del sofá, se inclinó hacia atrás, y con lentitud teatral, como si fuera un baile antiguo, se levantó la camiseta por la cabeza. La dejó caer al suelo, sin prisa, y yo vi sus pechos por primera vez en la oscuridad: redondos, perfectos, con pezones oscuros, como semillas de fruta madura. Me acerqué. No la toqué aún. Solo olí. Su piel sabía a vainilla y sudor, a calor humano y promesa. Bajé las manos, lentamente, hasta sus caderas, y sentí cómo temblaba. Le separé las piernas con la rodilla. Ella no opuso resistencia. Solo me miró, con los labios entreabiertos, la respiración cortada.
—¿Te importa si te toco? —pregunté, pero ya tenía las manos sobre sus muslos, subiendo por la tela de sus pantalones, sintiendo la calor de su piel, la humedad que ya se filtraba.
Ella soltó una risita baja, casi un gruñido.
—Si no tocas, no pasa nada —dijo—. Y no me gusta que no pase nada.
Le desabroché el cierre de los pantalones. Ella ayudó. Nos quitamos los pantalones y la ropa interior al mismo tiempo, como si fuera un juego de espejos. Sus muslos estaban suaves, tersos, con una ligera pelusa que se me pegó a los dedos cuando los rozé. Bajé la cabeza. Olí su vagina. Sabía a sal, a sexo, a ella. Le abrí los labios con el pulgar y el índice. La vagina era rosada, húmeda, con el clítoris ya hinchado, como una cereza negra que no aguanta más. La tocó con la lengua, no. La lamí, con suavidad al principio, pero luego con más fuerza, con sed, con hambre. Ella gimió, un sonido que no sabía que podía salir de su boca: agudo, desesperado, como un grito contenido durante años.
—Sí —susurró—, así, ahí, no pare.
Metí dos dedos, con cuidado. Ella se arqueó, los ojos cerrados, los puños apretados en el cojín. Los moví con lentitud, entrando, saliendo, rotando, sintiendo cómo su vagina se contraía alrededor de ellos, cómo su cuerpo buscaba más, más profundidad, más fricción. Me levanté, me desabroché el pantalón, saqué mi pene. Estaba duro, grueso, con la cabeza roja y brillante por el deseo. Me acerqué. Ella me miró, me tomó con la mano, me acarició con lentitud, de base a punta, mientras me besarle el cuello, el cuello, la oreja, el hombro.
—¿Quieres que entre? —le pregunté, ya con la punta del pene rozando su vagina.
—Sí —dijo—. Que entre. Que te metas hondo.
La abracé por la cintura, la levanté como si fuera una pluma, y la senté sobre el borde del sofá. Me coloqué entre sus piernas, abiertas, humedecidas, listas. La besé en la boca, y mientras la besaba, empecé a entrar. La punta se abrió paso entre sus labios, rozó su clítoris, y luego, con un movimiento lento pero firme, empujé. Su vagina me engulló. Fue como caer en agua tibia, como encontrarse con algo que ya conocías pero nunca habías probado. Entré todo, hasta la base, hasta que sentí sus nalgas tocar las mías.
Ella soltó un gemido profundo, que resonó en la sala como un trueno lejano. Empecé a moverme. Lento. Con fuerza. Con ganas. La clavaba, la sacaba, la clavaba otra vez, sintiendo cómo su cuerpo se estremecía, cómo sus pechos rebotaban con cada embestida, cómo su cabeza rodaba hacia atrás, mostrándome el cuello, ese cuello que quería morder, que quería marcar.
—Más —dijo, entre dientes—. Más fuerte.
La tomé de las caderas, le clavé los dedos, y aumenté el ritmo. El sofá crujió, las cortinas se movieron con el viento que entró por la ventana entreabierta, y yo sentí que me estaba acercando al borde, que mi pene se ponía más grande, más duro, que el calor me subía por la espalda.
—Voy a correr —le dije.
—Hazlo —dijo ella—. Corre en mí.
Y lo hice. Sentí cómo mi pene palpitaba, cómo el semen salía a chorros, caliente, espeso, llenándola, marcándola, llenando su vientre, su cuerpo, su alma. Ella se corrió conmigo. Gritó mi nombre, como si yo fuera el único lugar seguro en el mundo, como si yo fuera el único que la había visto, la había tocado, la había amado.
Se desplomó hacia atrás, con los ojos cerrados, la respiración entrecortada. Yo me retiré despacio, y vi cómo el semen salía de su vagina, goteando entre sus muslos, manchando el sofá, la ropa interior, el suelo.
No dije nada. No hacía falta. Me senté a su lado, le tomé la mano, le besé los dedos. Ella abrió los ojos, me sonrió, y dijo:
—Mañana no le digas a nadie.
—Ni se te ocurra contarlo tú —respondí, y la besé en la frente.
Y así, en la oscuridad, con el olor del sexo en el aire, con el sabor de su boca aún en mis labios, supimos que aquello no había sido un error. Había sido un descubrimiento. Una revelación. El momento en que dos cuerpos, que ya compartían sangre y historia, decidieron compartir algo más: piel, calor, deseo.
¿Qué tanto te calentó?
Llego, observo y me tomo mi tiempo. La seducción no tiene prisa; el buen relato tampoco. Ambientes, miradas, lo que se cocina lento.