La primera vez que cogió a su cuñada
La casa de los padres de Diego estaba llena de luz de velas, ruidos de platos y risas forzadas. Era la cena de Navidad, pero algo en el aire olía distinto esta vez: humo de cigarro, sudor y deseo contenido. Su cuñada, Lucía, llevaba un vestido ajustado color vino que le marcaba las curvas desde la cintura hasta las caderas, y cuando se movía, la tela se pegaba a sus nalgas como una segunda piel.
Diego la miraba desde el sofá, fingiendo leer el periódico, pero sus ojos no dejaban de seguirle la trayectoria: cómo se inclinaba para servir tequila, cómo se pasaba la lengua por el labio superior cuando reía de algo que dijo su hermano, cómo se mordía el pulgar al quitarse el anillo de compromiso—ese gesto que nadie más notaba, pero que Diego ya había visto repetir veinte veces.
—¿Te pasas el día en la computadora o qué? —le soltó ella, acercándose con dos copas en la mano—. No te veo desde el año pasado.
—Ando encerrado como mono en jaula —respondió él, tomando la copa con lentitud, sin soltarle los ojos—. Pero hoy sí hay luz.
Lucía se sentó a su lado, cerca, demasiado cerca. El perfume que usaba era de jazmín y miel, y le hacía cosquillas en el alma. Se notaba que había estado llorando, o algo peor: que había estado enojada, o que había dejado de esperar. Sus manos temblaban apenas, y cuando se cruzó de piernas, Diego sintió un calor en la ingle que no tenía nada que ver con el tequila.
—Me voy a bañar —dijo ella, levantándose—. Tienes quince minutos si quieres disculparte por lo del año pasado.
Diego no se disculpó. Se levantó con ella, la siguió hasta el baño, y cuando cerró la puerta tras de sí, la empujó contra el espejo sin decir una palabra. Ella no gritó, no se resistió. Solo soltó un suspiro largo, como si hubiera estado esperando eso desde siempre.
—Chingada madre, Diego —murmuró, con los ojos cerrados—. Esto es una mierda.
—Sí —aceptó él, acercando su frente a la suya—. Pero no es mierda lo que voy a hacer.
Le quitó el vestido con un solo movimiento, deslizando las tiras de los hombros hacia abajo, dejando al descubierto los pechos redondos, los pezones duros como frutas maduras. Lucía no lo detuvo. En cambio, se inclinó hacia adelante y le chupó la oreja, con la boca caliente y los dientes rozando la piel.
—No te detengas —susurró—. Si te detienes, me arrepiento.
Diego la giró, le separó las nalgas con las manos, y hundió la cara entre su culo. La sintió temblar, no de miedo, sino de algo más fuerte: deseño, necesidad, abandono. Le chupó la curva de la vulva, rozó con la lengua su clítoris, y cuando lo sintió hinchado y ansioso, le metió dos dedos sin pedir permiso.
—Ahh —gimió ella, agarrándose del borde del lavabo—. Chinga tu madre, Diego… no me había sentido así desde que me dejóCarlos.
—No me hables de él —dijo él, mordiéndole el muslo—. Hoy no.
Se levantó, se desabrochó el pantalón, sacó su verga dura y húmeda, y la empujó contra ella hasta la raíz. Lucía gritó, pero no de dolor: de alivio. De sentirse llena. De sentirse dueña de algo que ya creyó perdido.
—Sí —dijo ella—. Más fuerte. Chingame como si fuera la última vez.
Y Diego le dio más. Le dio todo. La llevó contra el espejo, contra la ducha, contra la puerta. Le lamió el cuello, le mordió los pechos, le gruñó al oído que la quería, que la necesitaba, que la había querido desde siempre. Y cuando Lucía se vino con un grito ahogado, con las uñas clavadas en su espalda y las piernas temblando, Diego le clavó la verga hasta el fondo y se corrió dentro de ella, llenándola de todo lo que no había dicho.
Se quedaron quietos, pegados, sudados, sin saber cuándo se iban a soltar.
—¿Y ahora qué? —preguntó ella, con la frente apoyada en su hombro.
Diego le acarició el pelo y le besó la nuca.
—Ahora —dijo—… chingamos otra vez.
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