La primera vez que cogí a mi vecina del tercer piso

La primera vez que cogí a mi vecina del tercer piso

@mateo_cruz ·5 de junio de 2026 · ★ 4.4 (36) · 315 lecturas · 10 min de lectura

Sí, yo sé que suena raro, como algo que uno diría después de un par de copas en una fiesta barata, pero la verdad es que todo empezó con un grito. Un grito de esos que te helaban la sangre, aunque en ese momento yo estaba sentado en mi sofá, con una cerveza medio tibia en la mano y la tele encendida sin sonido, viendo una película de acción que ni me enteraba de qué iba. Escuché el grito, sí, pero lo confundí con un par de vecinos que discutían por el estacionamiento —como siempre— o con alguna telenovela rancia que se oía desde la calle. Pero el grito volvió, más agudo, más desesperado, y esta vez no era de enojo, era de dolor.

Me levanté, apagué la tele, me acerqué a la ventana. El sol ya se iba, el cielo de la ciudad estaba teñido de naranja y gris, como si alguien hubiera derramado café con leche sobre un lienzo. Y ahí, en el balcón del tercer piso, justo enfrente del mío, vi a Valeria. Ella vivía en el depto 304, yo en el 202. La conocía desde hacía dos años, desde que se mudó con su gato llamado Chuy y una guitarra eléctrica que nunca tocaba. Se me había quedado grabada desde el primer día: pelo castaño largo, ojos claros, como miel con leche, y una risa que sonaba como el tintineo de un vaso de vidrio sobre una mesa de madera. Nunca le había hablado de verdad, solo “buenas noches” o “¿me pasas el correo?”, porque siempre me daba un poco de vergüenza. No por ella, sino por mí. Por ese miedo tonto de decir algo malo, de quedarse callado cuando debería hablar, de parecer un imbécil.

Pero esa noche, el grito me sacó de mi zona de confort, y caminé hasta la escalera sin pensarlo dos veces.

Subí los peldaños de dos en dos, con el corazón en la garganta, y cuando llegué al tercer piso, la puerta de su depto estaba entreabierta. No la abrí de golpe, no soy héroe de película, sino que llamé suavemente, como si estuviera tocando una puerta de iglesia.

—¿Valeria? ¿Estás bien?

No respondió. Pero sí escuché un suspiro, corto, ahogado, como si estuviera luchando contra algo invisible. Entonces empujé la puerta despacio, y la vi.

Estaba sentada en el suelo, con la espalda apoyada en la pared, una mano sobre el vientre, la otra aferrada al brazo de la silla que estaba al lado de la ventana. Tenía el rostro enrojecido, los ojos llorosos, y una expresión que no sabía si era de dolor o de vergüenza. En el piso, una botella de ibuprofeno vacía, y otra medio llena.

—¿Te duele algo? —pregunté, acercándome.

Ella me miró como si no me reconociera, como si yo fuera un fantasma que acababa de aparecer en su habitación. Pero no hubo miedo en sus ojos. Solo cansancio. Y algo más. Algo que no supe nombrar en ese momento.

—Me duele todo —dijo, y su voz sonó ronca, como si hubiera estado llorando desde la mañana—. Pero sobre todo me duele que no me hayas dicho nada desde que te conozco.

Me quedé quieto. No supe qué decir. No era cierto. Yo sí había hablado. Pero ella tenía razón: nunca había hablado de verdad.

—Perdón —dije, y me senté frente a ella, en el piso, sin pedir permiso—. No sabía que me necesitabas.

Ella soltó una risita seca, como una hoja seca que crujiera bajo un zapato.

—No me necesitas, Mateo. Solo quería que me dijeras que estaba hermosa hoy. Que mis ojos parecían el cielo después de la lluvia. Que mi cabello olía a jazmín y a promesas rotas.

—Te ves hermosa —le dije, y lo dije de verdad.

Ella me miró fijamente, como si estuviera midiendo si lo que decía era de verdad o solo una palabra más para llenar el silencio. Y entonces me tendió la mano. No pidió nada. Solo la extendió, como si fuera un puente que aún no sabía si cruzar.

La tomé.

Y fue como si el mundo se hubiera detenido. No por una razón mágica, sino porque su mano era cálida, su piel suave pero con una ligera roughness en las yemas de los dedos, como si hubiera estado tocando cuerdas de guitarra sin saberlo. Sentí un calor que subió por mi brazo, como electricidad, pero suave, como el sol de mediados de mayo.

—¿Me das un abrazo? —me preguntó, y esta vez sí sonrió, aunque con los ojos aún húmedos.

No dudé. Me levanté despacio, la ayudé a ponerse de pie, y la tomé entre mis brazos. Ella se pegó a mí, como si yo fuera un refugio improvisado, como si su cuerpo hubiera estado buscando el mío desde siempre. Sentí su corazón latiendo contra mi pecho, rápido pero firme, como si estuviera aprendiendo a latir de nuevo. Su cabeza descansó en mi hombro, y su cabello me acarició la mejilla, suave, con un olor a jazmín y a algo más… a sal, a sudor, a vida.

—¿Por qué nunca me has hablado? —me susurró al oído, y su aliento calentó mi piel como una brasa.

—Porque me daba miedo que me dijeras que no querías.

—Y si te hubiera dicho que no —respondió, y me alejó un poco para mirarme a los ojos—, ¿qué hubieras hecho?

—Me habría ido.

—¿Solo?

—No. Habría vuelto. Siempre.

Y entonces ella me besó.

Fue un beso tímido, casi inocente, como si estuviera probando el sabor de algo que no conocía. Sus labios eran suaves, frescos, con un sabor a sal y a menta. No forzó nada. Solo rozó mis labios, como si quisiera saber si yo estaba allí de verdad. Y cuando abrí los ojos, ella ya estaba mirándome, con una sonrisa tímida, como si se disculpara por atreverse.

—¿Te parece si seguimos probando? —me preguntó.

Asentí, y esta vez fui yo quien tomó su mano, y la llevé hasta la cama, que estaba hecha a un lado, como si ella hubiera estado esperando algo pero no supiera qué.

Nos sentamos uno al lado del otro, sin hablarnos, solo respirando. Yo sentía el pulso en las muñecas, y ella tenía las manos frías, pero su cuerpo estaba calentando. Entonces ella se volvió hacia mí, y me acarició la barbilla con el pulgar.

—¿Tienes miedo? —me preguntó.

—Sí —respondí, sin vergüenza—. Tengo miedo de hacerlo mal.

—A mí también —dijo—. Pero me da más miedo no intentarlo.

Me acerqué despacio, y esta vez fui yo quien besó sus labios. No fue un beso de fuego ni de tormenta. Fue un beso lento, como si estuviera leyendo un poema en voz baja. Le toqué la nuca con suavidad, y ella suspiró, como si se hubiera despojado de algo pesado.

Luego, con lentitud, como si cada movimiento fuera una promesa, le quité la camiseta. No fue un gesto apresurado, sino una ofrenda. Ella se quitó la mía, y cuando vi su pecho, suave, redondeado, con pezones rosados y pequeños, sentí que el mundo se volvía más silencioso, como si el aire se hubiera quedado atrapado entre nosotros.

Le pasé las manos por la espalda, sintiendo la curva de sus omóplatos, la suavidad de su piel. Ella se inclinó hacia atrás, y yo besé su cuello, su clavícula, el hueco donde su pulso latía con fuerza. Sentí su respiración acelerarse, y cuando pasé la lengua por su pezón, ella jadeó, un sonido corto, como un grito contenido.

—Mateo… —dijo, y su voz era un susurro, pero sonaba como una orden.

Le quité los jeans despacio, como si cada botón fuera una puerta que no quería forzar. Ella ayudó, y cuando se quitó la ropa interior, no me avergoncé de mirarla. Su cuerpo era hermoso: caderas anchas, vientre plano, y entre sus piernas, un vello suave y oscuro que parecía invitarme a descubrirlo. Me arrodillé frente a ella, sin dudar, y le separé las piernas con las manos temblorosas.

No la besé de inmediato. Primero pasé la lengua por sus muslos, lento, dulce, como si estuviera saboreando algo que no quería terminar nunca. Luego, cuando sentí que estaba humedecida, cuando sus caderas se arquearon hacia mí, besé su clítoris.

Ella se estremeció, como si un relámpago le hubiera recorrido el cuerpo. Me agarró del cabello, no con fuerza, sino como si necesitara sentir que yo estaba allí, que no me iba a ir. Y entonces puse mis dedos dentro de ella, despacio, tan lento que ella gemía entre dientes, como si estuviera rezando.

—Sí… sí… —murmuraba—. Más… más despacio…

Le besé el clítoris otra vez, esta vez con más presión, y mientras la lamió, sentí cómo su cuerpo se tensaba, cómo su respiración se volvía corta, como si estuviera a punto de caer. Y entonces, con un gemido ahogado, ella se corrió, temblando, como si el mundo se le hubiera desplomado encima.

Me levanté, y esta vez fui yo quien se acostó, y ella me montó, con una seguridad que no sabía que tenía. Se quitó los jeans y los calzoncillos, se sentó sobre mí, y se hundió poco a poco, como si estuviera entrando a un río frío y profundo. Su respiración era agitada, sus ojos cerrados, sus labios entreabiertos.

—Siente… —me dijo—. Siente cómo te quemo.

Y sentí. Sentí su cuerpo contra el mío, su peso, su calor. Sentí su cuerpo subiendo y bajando, con un ritmo que no era mío ni suyo, sino que era de ambos. Sentí su verga dentro de mí, gruesa, dura, como si me estuviera marcando con fuego. Y entonces ella se inclinó hacia adelante, y me besó, y sentí su lengua dentro de mi boca, y su sabor, y su olor.

—Te quiero —me dijo, y lo dijo como si fuera una revelación.

—Yo también te quiero —le respondí—. Más que a nada en esta maldita vida.

Y cuando ella empezó a moverse más rápido, cuando sus nalgas golpeaban contra mis muslos con fuerza, cuando sus gemidos se volvían más agudos, más desesperados, yo la tomé de la cintura y la empujé hacia arriba, y ella se llevó una mano a la boca para no gritar demasiado alto, porque los vecinos ya estaban acostumbrados a escuchar música alta, pero no a gritos de placer.

Fue entonces cuando yo me corrí, cuando sentí que mi verga palpitaba dentro de su cuerpo, cuando el calor me recorrió como una ola, y yo grité su nombre como si fuera una oración.

—¡Valeria!

Ella se dejó caer sobre mí, sudada, temblando, con los ojos cerrados, y me abrazó como si nunca quisiera soltarme.

—¿Volverás a venir? —me preguntó, con la voz ya ronca, como si hubiera estado llorando otra vez.

—Cada noche —le prometí.

Y así fue. Desde ese día, cada noche subía al tercer piso, con una botella de tequila, un par de vasos y una sonrisa tonta. Nos echábamos a reír por todo, por el gato que se subía a la cama en mitad del sexo, por el vecino del 302 que ponía su música ranchera a todo volumen, por el hecho de que aún nos costaba decir “culo” sin sonrojarnos.

Ella me enseñó a lamerle los labios del culo como si fueran flores, a besarle las nalgas como si fueran un mapa que aún no había descubierto. Yo le enseñé a coger con la puerta cerrada, con las luces apagadas, con la guitarra de ella colgada de la pared como testigo silencioso.

Y aunque nunca le pregunté por qué había gritado esa noche, ya no me importaba. Porque ya no era solo una vecina del tercer piso. Era Valeria. Mi vecina. Mi amante. Mi mujer.

Y cada vez que subía las escaleras, con el corazón en la garganta y la cerveza en la mano, sabía que algo hermoso me estaba esperando al final del pasillo.

Como siempre.

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