La primera vez que cogí a mi cuñada
Esa tarde, el calor en Córdoba era una manta húmeda que no dejaba respirar. Yo estaba sentado en el sofá de la casa de mis padres, con la camiseta empapada y los pies descalzos sobre el parquet. Mi cuñada, Soledad, había venido a quedarse unos días mientras Renato, su marido, estaba de viaje por el trabajo. Yo la conocía desde chica, pero siempre la había visto como la hermana pequeña de Renato: buena onda, risa fácil, pero sin peligro. Hasta esa noche.
Llegó a casa a las siete y pico, con una bolsa de tela y una sonrisa cansada. Llevaba una falda corta, ajustada en la cadera, y una camiseta blanca que le marcaba el contorno del pecho, redondo y firme. Se descalzó al entrar, y cuando se sentó frente a mí en el sofá, su muslo rozó el mío por accidente —o no tan accidental— y sentí cómo se me puso tiesa la verga en los pantalones.
—¿Te pasaste el día durmiendo? —me preguntó, mirándome con sus ojos color miel, un poco hundidos por el cansancio.
—Sí, pero no por aburrimiento —le contesté, sin apartar la vista de sus labios, húmedos por el calor—. Porque pensaba en vos.
Ella se rió, pero no se rindió. Se inclinó hacia adelante, y el escote se profundizó. Me recordó a cuando era chico y veía películas de terror: el miedo y el deseo se mezclaban en el estómago como un cóctel peligroso.
—Andá, no me vengas con pelotudeces —dijo, pero no se movió. Se quedó ahí, sentada, con las piernas juntas pero abiertas lo justo para que yo pudiera ver la curva del muslo, la suavidad de la piel.
La casa estaba vacía. Mis padres habían salido a cenar con amigos, y Renato, como siempre, estaba lejos. Solo estábamos ella y yo, con el televisor encendido pero sin sonido, y el aire que no alcanzaba a enfriar nada.
—¿Y si le hacemos un chiste a Renato? —me atreví a decir, con la voz más grave de lo normal.
—¿Qué chiste? —preguntó, pero ya tenía los ojos más oscuros, más calientes.
—Que te acostás conmigo.
Se mordió el labio inferior, lentamente, como si lo estuviera saboreando. Me miró fijo, sin parpadear, y asintió con un movimiento casi imperceptible.
—Vos vení —me dijo, y se levantó.
La seguí al cuarto de invitados, el más fresco de la casa. El ventilador giraba en silencio sobre la cómoda, y la luz del atardecer se colaba por la ventana, pintando de naranja las paredes blancas. Ella se sentó en el borde de la cama, se quitó las sandalias y se estiró, como si se dispusiera a descansar. Pero no era descanso lo que buscábamos.
—Despegá esa camiseta —le dije, ya con la mano temblorosa.
Ella la levantó por encima de la cabeza sin prisa, y quedó frente a mí con un sujetador de encaje negro que apenas contuvo su pecho, redondo y firme, con los pezones duros y oscuros. Me acerqué despacio, y cuando mis dedos rozaron su piel, ella exhaló un suspiro corto, como una risa reprimida.
—Sos un pibe grande —susurró.
—Y vos una gorda linda —le contesté, y le pasé la mano por el costado, hasta el muslo—. Quiero chuparte la concha.
Ella no respondió. Solo se levantó, se quitó la falda, y se puso de rodillas sobre la cama, con las manos apoyadas atrás. Se volvió de lado, y entonces me mostró su cuerpo entero: la cintura fina, la curva del culo, redondo y apretado, y entre las piernas, la concha, oscura, húmeda, con los labios cerrados pero ya abiertos por el deseo. Me arrodillé detrás de ella, y le separé las nalgas con las palmas, para verla mejor.
—Mirá qué linda estás —le dije, y le besé la nalga izquierda, despacio, con los labios abiertos, mordisqueando un poco la piel.
Ella gimió, un sonido bajo, gutural, que salió de lo más profundo. Se apretó contra la almohada, y yo le abrí las piernas más, hasta que su vulva quedó frente a mi cara. La olí: a sudor, a sal, a su perfume, a mujer. Me incliné y le pasé la lengua por encima, de abajo hacia arriba, lentamente, buscando su clítoris. Era pequeño, hinchado, como una perla negra. Lo lamí una, dos, tres veces, sin prisa, saboreándola.
—Ah, sí —susurró—. Ahí, justo ahí.
Le separé los labios con los dedos, y vi cómo se humedecía más, con una clara brillante que chorreaba por sus muslos. Metí un dedo, luego otro, y empecé a moverlos dentro de su vagina, lenta, con el pulgar rozándole el clítoris. Ella se tensó, los muslos me apretaron la cabeza, y empezó a moverse contra mi mano, como una perra en celo.
—No me jodás —me suplicó—. Quiero que me lo metas en la boca.
Me levanté, me desabroché los pantalones, y saqué la verga. Estaba dura, gruesa, con el glande rojo y brillante, cubierto por una capa de humedad. Le hice seña con la cabeza, y ella se acercó, se arrodilló frente a mí, me agarró la base con ambas manos y me lo llevó a la boca.
Me metió todo, hasta la raíz, y sentí su garganta contra mi pubis. Me puse las manos en su cabeza y empecé a empujar, despacio, con control. Ella tragó, relajó la mandíbula, y me dejó entrar. Saqué la verga con un sonido húmedo, y volví a meterla, más fuerte esta vez. Ella gimió, con la verga pegada a su paladar.
—Sí, así —le dije—. Chupá la verga, garchála bien.
Ella cerró los ojos y empezó a mover la cabeza, con su boca rozando mi glande, su lengua lamiendo la cabeza, su garganta tragando cada centímetro. Sentí cómo se me ponía más dura, más gruesa, como si sangrara de tanto deseo. Me agarré a sus hombros y le dije:
—Voy a correrte en la boca, pija.
Ella asintió, y me puso la mano en la base, presionando suavemente. Le separé los labios con el pulgar y le metí la verga otra vez, hasta el fondo. Le apreté el pelo con ambas manos y empecé a correrme, con movimientos cortos y rápidos, hasta que sentí el calor subirme por la espina dorsal y explotar en la punta de la verga. Vertí el seed en su boca, espeso, blanco, con un impulso que no pude controlar.
Ella tragó todo, despacio, con los ojos cerrados, y cuando terminé, me sacó la verga con un chupetón suave, como un beso.
—Está buena —dijo, sonriendo—. Pero todavía no terminamos.
Me volteó de golpe y me tiró sobre la cama. Se subió encima de mí, me abrió los muslos, y se puso encima de mi cara. Me puso las manos en la cabeza y me obligó a lamerla otra vez.
—Garcháme hasta que me desmaye —me ordenó.
Y yo cumplí.
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