La primera vez que acosté con mi hermanastra

La primera vez que acosté con mi hermanastra

@andres_rio ·21 de junio de 2026 · 🔥 4.7 (37) · 110 lecturas · 7 min de lectura

La primera vez que acosté con mi hermanastra fue un miércoles de lluvia, cuando el calor no daba respiro y el aire del cuarto de baño huele a humedad y jabón de lavanda. Yo había ido a buscar una toalla seca; ella estaba en la ducha, la puerta entreabierta, el vapor empañando el espejo. Escuché el agua detenerse. Un segundo después, la cortina se movió y ella asomó el rostro, el cabello pegado a las sienes, la piel rosada por el agua caliente. No dijo nada. Solo me miró con esa mirada que ya venía gestándose desde hacía semanas: lenta, húmeda, como si me estuviera quitando la ropa con los ojos.

—¿Me la pasas esa toalla? —preguntó, señalando con la barbilla la pila que había junto a la puerta.

Tomé una, grande y blanda, y se la tendí. Al hacerlo, mi dedo rozó el dorso de la suya. No retiramos la mano al instante. Quedamos así, un segundo más, los dedos apenas en contacto, como si el roce fuera una señal que ambos estaban aprendiendo a descifrar. Ella se llevó la toalla al pecho, pero no se envolvió. Solo la sostuvo, dejando que el vapor continuara subiendo, rozándole los hombros, los brazos, la curva suave de la cintura.

—¿Te pasa algo? —le pregunté, con la voz más baja de lo que pretendía.

—No —dijo, pero no me miró a los ojos. Su mirada se deslizó hacia mi cuello, luego hacia el pecho, y por un instante, me di cuenta de que yo también estaba sin camisa. Había salido del baño de los hombres en la planta baja y me había quedado allí, sentado en el borde de la bañera, con la camiseta tirada en el suelo, esperando que pasara algo. Sabía que pasaría. Lo sabía desde que ella se mudó con nosotros, desde aquella cena de Navidad en que se sentó a mi lado y me susurró, con esa risa que le temblaba en la garganta: *“¿Aún recuerdas cómo solíamos jugar en el ático?”*.

Era mi hermanastra, sí. Hija de mi padrastro, que ahora era mi padrastro también. No teníamos sangre en común. Pero eso no importaba cuando sus dedos se hundieron en mi espalda y me jaló hacia ella, cuando su pecho se pegó al mío y sentí el latido acelerado de su corazón contra mi esternón. Su piel estaba húmeda, pero ya no por el agua. Había algo entre nosotros, algo que se había ido tejiendo en silencio: miradas largas en la mesa, sus piernas cruzadas frente a mí cuando veíamos la tele, el modo en que siempre dejaba su taza de café un poco más cerca del borde, como si esperara que yo la rozara sin querer.

—¿Tú también lo sientes? —susurró, sin soltarme la mirada.

No respondí con palabras. La tomé por la cintura, con ambas manos, y la jalé hacia mí hasta que sus caderas tocaron las mías. Ella exhaló, como si yo hubiera desatado algo. Su respiración cambió. Más cortada, más caliente. Sentí cómo se le ponía dura la punta del pezón contra mi pecho, a través de la tela fina de su camiseta —porque al final, no se había puesto nada más después de la ducha—. Mis dedos se deslizaron hacia arriba, bajo la tela, hasta rozar el borde de su sostén. Ella no se apartó. Al contrario, inclinó la cabeza y apoyó su frente en mi clavícula, como si necesitara apoyo para seguir en pie.

—La casa está vacía —dije.

Ella asintió contra mi piel.

—Mi padre salió a jugar golf. Mi hermano está en la universidad. No vendrán.

—¿Estás segura? —pregunté, porque no quería ser el primero en dar el paso, aunque ambos sabíamos que ya no había vuelta atrás.

—No —dijo, y por primera vez me miró directo a los ojos—. Pero quiero que lo hagas de todas formas.

La llevé al cuarto de invitados. No porque fuera más privado —el cuarto de ella estaba al otro lado del pasillo—, sino porque allí no había espejos, porque allí no había recuerdos. Solo una cama deshecha, una lámpara con abatible de papel, y la luz del atardecer que entraba por la ventana, pintando de dorado las paredes.

La dejé de pie frente a mí mientras me desabrochaba el pantalón. Ella no me quitó la ropa. Solo me observó, con las manos a los lados, los codos ligeramente doblados, como si estuviera preparándose para algo. Cuando mi pene quedó al aire, ella exhaló, una exhala larga, casi un gemido contenido. Me acerqué y puse una mano en su cadera, la otra bajo su barbilla, levantándole la cabeza. Ella me miró, sin miedo, sin vergüenza, solo con esa quietud de quienes ya han hecho la cuenta y han decidido perderse un poco.

—Quítate la camiseta —le dije.

Ella lo hizo con calma, como si fuera el último acto de un ritual. La tela subió, descubrió su vientre plano, el ombligo, la curva de sus costillas. Su sostén era negro, de encaje fino. No me lo quitó yo. Ella misma se lo desabrochó, y lo dejó caer al suelo. Sus pechos eran pequeños, redondeados, con pezones oscuros y sensibles que se erizaron apenas el aire los tocó. Los tomé con las manos, uno por uno, y los apreté con suavidad, sintiendo cómo se ponían más duros, cómo ella jadeaba, cómo sus rodillas se tambalearon.

—Andrés —dijo, por primera vez pronunciando mi nombre como una súplica.

Me incliné y le mordí uno de los pezones, con la boca cerrada, apenas una presión, un advertencia de lo que vendría. Ella gimió, un sonido bajo, gutural, que nunca antes había escuchado en su voz. Me puse de rodillas frente a ella, sin soltarla. Deslicé las manos por sus muslos, hasta el borde de su calcetín, y se lo bajé con lentitud, como si desenrollara una cinta. Luego el otro. Me detuve. La miré a los ojos mientras le quitaba la camiseta, mientras le desabrochaba el pantalón, mientras le bajaba la cremallera.

—Tú decides —le dije—. Si quieres que pare, solo dilo.

Ella no me dijo nada. Me tomó la mano y la puso entre sus piernas, sobre el borde de sus calzones. Estaban húmedos. Yo sentí la humedad a través de la tela. Ella me miró y asintió, con los labios ligeramente entreabiertos.

Le quité los calzones, con cuidado, como si no quisiera romper el momento. Y allí estaba: su vagina, lisa, oscura, húmeda, con los labios ligeramente separados, como si ya me estuviera esperando. Me incliné y le rozó el clítoris con la lengua, apenas un roce, un sabor salado y cálido. Ella soltó un grito ahogado, se agarró a mis hombros, y sus rodillas cedieron. La tomé por la cintura, la levanté con facilidad, la senté sobre la cama.

Me despojé de los pantalones y los calcetines en un solo movimiento, y me coloqué entre sus piernas. Ella me miró, con los ojos brillantes, con las mejillas sonrojadas, con el pecho subiendo y bajando a ritmo acelerado. Colocó una mano sobre mi pene, lo acarició con suavidad, me guió hacia su entrada. Yo la empujé dentro, con lentitud, con una pausa a mitad del camino, para que sintiera cada centímetro, cada estiramiento, cada cambio de presión. Ella soltó un gemido largo, casi un lamento, cuando me hundí del todo.

Nos quedamos quietos. Ella me miró. Yo la miré. Nadie habló. Solo el aire, el calor, el latido de sus ojos.

—Dime si duele —susurré.

—No —dijo, y me jaló hacia ella—. Dime si me sientes.

Le respondí con la boca, con la lengua, con la punta de los dientes. Luego me puse en movimiento, con calma, con profundidad, con un ritmo que no buscaba el goce inmediato, sino la extensión del instante. Ella me siguió, con las caderas, con las rodillas, con los pies apoyados en mis muslos. Sus manos recorrieron mi espalda, mis brazos, mis hombros, como si me estuviera aprendiendo. Sus ojos se cerraron, pero sus labios nunca dejaron entreabiertos, nunca dejaron escapar el gemido que sabíamos que vendría.

—Sí —dijo, cuando le di un golpe suave en el clítoris con el pulgar—. Sí, así…

No hubo gritos. Solo ese susurro, repetido una y otra vez, como una oración. Hasta que ella se tensó, hasta que sus uñas se clavaron en mi espalda, hasta que su cuerpo se arqueó como un arco, y su vagina me apretó con una fuerza que me sacudió hasta los huesos.

Yo la seguí, con un último

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Cuerpos sin prisa, bajo el cielo abierto. Lo sensorial, lo natural, el deseo que se toma su tiempo como el río.

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