La primera vez en la terraza de la quinta piso
6 minLa primera vez en la terraza de la quinta piso
Eran las once y pico de la noche del viernes, cuando el calor ya no daba tregua y el aire se pegaba al cuerpo como una segunda piel sudorosa. Daniel subió las cinco escaleras del edificio con la respiración agitada, no por el esfuerzo, sino por la ansiedad que le quemaba las venas. En la quinta planta, la puerta entreabierta dejaba salir una risa aguda, el tintineo de vasos de cristal y el bajo de una canción de Christian Chavarría que sonaba a ritmo de cumbia lenta. Mónica le había insistido: “Ven, que aquí no hay nadie de la oficina, solo amigas de la universidad. Y tú ya sabes cómo somos —con la verga al aire, sin miedo a nada.”
Daniel no era tímido de por sí, pero sí inexperto. Sus dos experiencias sexuales anteriores habían sido mal logradas: una con una compañera de facultad que lo dejó en ridículo por no aguantar ni tres minutos, y otra con una turista que apenas le dejó ponerle la mano encima sin que le diera un sarpullido por el nervios. Desde entonces, se juró que no volvería a coger hasta que supiera lo que hacía. Y esa noche, en la terraza de Mónica, con su camiseta mojada de sudor y los ojos brillantes como dos fichas de dominó, entendió que el momento había llegado.
La terraza era un espacio improvisado: colchonetas alrededor de una fogata pequeña, sillas plegables, una mesa baja llena de botellas de cerveza, tequila y una jarra de Michelada que hervía con el calor. Mónica lo vio entrar, lo saludó con la mano y se levantó. Vestía shorts muy cortos, top de encaje negro y sandalias de plataforma que le hacían verse como una diosa del barrio. Pero lo que más lo impactó fue el olor: algo dulce, como vainilla con un toque de humo, y debajo, algo más animal, como sudor, perfume y deseo.
—¿Te sientes bien? —le preguntó, acercándose con la botella de tequila en la mano.
—Sí —mintió, con la boca seca.
Ella rió, bajó el volumen del celular y lo tomó del brazo. Lo llevó al extremo de la terraza, donde la luz de la ciudad no llegaba tan fuerte y había una sombra más densa. El silencio allí era distinto: solo se oía el murmullo de la ciudad y el crujido de la madera bajo sus pies. Mónica se sentó en el colchón, le dio una palmada en el muslo y le dijo:
—Siéntate. No me mires como si fuera a morderte.
Él obedeció. Se sentó con las piernas juntas, las manos sobre las rodillas, como un niño en la catequesis.
—¿Tienes vergüenza? —le preguntó, inclinándose hacia él.
—Un poco.
—Pues ya te la quito.
Lo tomó del mentón, lo obligó a mirarla. Sus ojos eran oscuros, brillantes, con un brillo que Daniel nunca había visto en nadie. Luego, con lentitud, le quitó la camiseta, como si fuera despojando una coraza. El aire le hizo erizar la piel, pero ella no le dio tiempo a resfriarse: le pasó la mano por el pecho, le rozó los pezones con la uña, y él soltó un grito ahogado.
—No te contengas —le dijo—. Aquí no hay quién joda.
Le quitó los pantalones y los boxers juntos, en un solo movimiento. Su verga salió flácida, pero ya con la punta húmeda. Mónica la miró, la palmeó una vez, dos, como si la estuviera probando. Luego, con la boca abierta, le susurró:
—Qué linda verga tienes. Pequeña, pero dura. Como un chico de barrio.
Lo dijo sin burla, con admiración, y eso lo rompió. Daniel sintió un calor en la cara que no era solo por la cerveza. Ella lo empujó hacia atrás, sobre la colchoneta, y se subió encima. Se desabrochó el top, dejó al descubierto sus pechos pequeños, redondos, con pezones oscuros y duros. Daniel los tocó sin pensar, con las palmas abiertas, y ella gimió, baja y larga, como un lamento.
—Mira cómo te veo —dijo ella, mientras se acomodaba sobre su entrepierna.
Se quitó los shorts y se sentó sobre él, la punta de su verga rozando su vulva, húmeda ya, con los labios abiertos como dos pétalos negros. Daniel la sujetó por las caderas y la empujó hacia abajo. Ella lo dejó entrar. Un ápice, luego otro, hasta que toda su verga se hundió en su interior. Mónica soltó un grito, pero no de dolor, sino de satisfacción, como si hubiera estado esperando eso toda la noche.
—Ahh, sí —susurró—, así, lento.
Y Daniel comenzó a moverse. Al principio sin ritmo, como si estuviera aprendiendo un idioma nuevo. Pero ella lo guió: con las uñas clavadas en sus brazos, con los codos apoyados en el colchón, con el movimiento de sus caderas hacia atrás, hacia adelante, hacia abajo. Cada embestida la hacía temblar, y cada vez que la golpeaba con fuerza, ella le decía: “Sí, así, chico, ¡cógeme como si no hubiera mañana!”
Daniel no sabía cuánto duró, ni cuántas veces la jodió. Solo supo que su verga se endureció como una barra de acero, que su coraza se derritió, que su respiración se volvió un jadeo áspero, que sus ojos se humedecieron. Y cuando ella se acercó a besarle el cuello, le mordió la oreja y le dijo:
—Me voy a venir, Daniel. Ven tú también. Que ya no te voy a dejar ir.
Él sintió el calor dentro de ella, el apretón, el temblor. Y cuando ella se vino, con los ojos cerrados, la boca entreabierta y un gemido que sonó como una oración, Daniel la siguió. Se corrió dentro de su culo, pero no con fuerza bruta, sino con ternura, como si le estuviera devolviendo algo que le habían robado.
Se quedaron así, abrazados, sudados, sin hablar. La cumbia seguía sonando, pero ahora era como una banda sonora lejana. Mónica le acarició el cabello, le besó la frente.
—¿Te arrepientes? —le preguntó.
—No —dijo él, y lo dijo sin dudar—. No me voy a arrepentir de esto nunca.
Ella sonrió, se levantó, y se dirigió hacia la puerta, dejando un rastro de sudor, lubricante y deseo en el colchón. Al llegar al umbral, se volteó, lo miró de pies a cabeza y dijo:
—Mañana no te metas en la escalera. Te espero aquí de nuevo.
Y se fue, dejándolo con el eco de su risa y la verga still flácida, pero con el corazón lleno de algo que no sabía nombrar. No era amor, ni siquiera era deseo. Era la certeza de que, por primera vez, había entrado de lleno en el mundo de los que saben lo que se hacen. Y lo habían hecho bien.
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