La primera vez en la terraza de al lado
4 minLa primera vez en la terraza de al lado
La primera vez que Daniel subió a la terraza de Alejandra, ni siquiera sabía que existía. Fue un accidente: el ascensor se quedó trancado entre el sexto y el séptimo piso, y cuando logró salir por la puerta de emergencia, se encontró en un pequeño balcón de madera oscura, con macetas de geranios marchitos y una hamaca colgante que chirriaba suavemente con la brisa.
—¿Perdido? —la voz vino de atrás, dulce como café con leche bien cargado.
Alejandra estaba parada junto a la barandilla, con una botella de cerveza en la mano y el cabello suelto, recogido apenas con una trenza deshecha. Llevaba una camiseta blanca ajustada que le marcaba las curvas de los pechos y las caderas anchas, y shorts de tela que dejaban entrever la curva de sus nalgas. No se sorprendió al verlo: ya lo había visto varias veces en el supermercado de la esquina, cuando él iba a comprar tortillas y chiles.
—Sí —admitió Daniel, sintiendo el calor subirle por el cuello—. El elevador… se rompió.
Ella sonrió, y esa sonrisa le hizo sentir que tenía dieciséis años de nuevo, nervioso ante una chica que le gustaba.
—Bienvenido al infierno de la terraza de al lado —dijo, abriendo la puerta de madera con una llave que colgaba de su cuello—. Aquí nadie nos oye gritar, si es que llegas a gritar.
Daniel se rió, nervioso, y entró. El aire olía a jazmín y a sudor ligero, como si ella hubiera estado caminando descalza por el sol. Se sentaron en la hamaca, que se hundió bajo su peso, y compartieron la cerveza. Hablaron de todo: del trabajo, de sus gatos (ella tenía dos; él, ninguno pero le gustaban), de cómo odiaban el metro en hora pico. Él notó que, cada vez que ella se inclinaba para tomar un chile picante de un plato, el bordado de su camiseta se tensaba sobre los pechos, y él sentía una punzada en la entrepierna.
—¿Nunca has estado aquí? —preguntó ella.
—Nunca. Hasta hoy, creía que era de almacenamiento.
—Es mía —dijo, y lo dijo como si fuera una promesa—. Aquí nadie me molesta. Aquí soy yo, la que se olvida de las horas, de las cuentas, de… todo.
Daniel la miró, y por primera vez en su vida, sintió que su verga se levantaba sin pedir permiso, como si supiera que algo importante iba a pasar. Ella lo notó —no con la mirada baja, sino directo, lento— y su sonrisa se volvió más profunda, más oscura.
—¿Tienes miedo? —le preguntó, acercándose.
—No —mintió.
Ella puso la botella vacía en el suelo y se acercó tanto que sus rodillas se tocaron. Daniel sintió el calor de su cuerpo, el olor a jabón de lavanda y a piel. Ella le acarició la mejilla con la yema de los dedos, y cuando él cerró los ojos, sintió su aliento en el cuello, su boca rozando la curva de su mandíbula.
—¿Te gusta esto? —susurró, y sus labios rozaron la oreja de él.
Él asintió, sin atreverse a hablar. Ella le tomó la mano y la puso sobre su muslo, suave y cálido, bajo la tela de los shorts.
—Aquí no hay prisa —dijo—. Solo tú y yo. Solo esta noche.
Daniel la besó. Fue lento, experimentado por la timidez, con la lengua temblorosa. Alejandra gimió bajito, como un suspiro que no quería romper el hechizo, y abrió los labios un poco más. Cuando sus lenguas se tocaron, Daniel sintió un hormigueo en la verga, tan fuerte que casi se puso nervioso.
Ella se separó un instante, lo miró a los ojos, y le susurró:
—Quiero verte desnudo. Pero primero… quiero que me quites la camiseta.
Él lo hizo con lentitud, desabrochando cada botón como si fuera un secreto, hasta que sus pechos salieron a la luz, redondos y firmes, con pezones oscuros y hinchados. Daniel se humedeció los labios, y ella le tomó la mano, llevándola a uno de ellos.
—Pruébalo —dijo—. Es tu primera vez, pero no tienes que jugar limpio.
Cuando él chupó el pezón con suavidad, Alejandra se arqueó, soltando un grito ahogado. Sus manos se hundieron en su cabello, y ella lo empujó contra sí, rozando su verga ya dura contra su vientre.
—Tú también —dijo él, y empezó a desabrocharle los shorts.
Pero ella lo detuvo.
—No hoy. Hoy solo quiero que me toques, que me hagas sentir lo que nunca he sentido.
Y así fue: con las manos, con la boca, con miradas que decían más que mil palabras. Daniel la acarició entre las piernas, sintiendo su humedad, su calidez, su respuesta inmediata. Alejandra se mordió el labio, cerró los ojos, y cuando sus dedos se hundieron en su culo, él supo que eso era solo el principio.
Nunca llegaron a coger esa noche. Pero algo más intenso se construyó entre ellos, algo que olía a promesa y a chile verde recién asado: el primer beso que duele, la primera vez que el cuerpo aprende a confiar en el deseo.
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Escribo lo que pasa cuando se apaga la luz y quedan solo la piel y las palabras. Me obsesionan los detalles: un roce, un suspiro, lo que nadie dice en voz alta.