La primera vez en la habitación de al lado
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Lucía tocó la puerta tres veces, con la punta de los nudillos, ligeramente nerviosa. A través delgado tabique, escuchó el gruñido ahogado de Mateo —un sonido que ya conocía desde hacía semanas, mientras pasaba el trapeador por su pasillo, fingiendo no escuchar los gemidos que venían de su vecino—. Pero esta vez no eran gemidos. Era una voz ronca que decía: “¿Lucía? ¿Sos vos?”
—Sí —respondió ella, la voz más firme de lo que se sentía.
La puerta se abrió. Mateo estaba en boxers, la camiseta puesta al revés, el pelo despeinado y los ojos brillantes. No sonreía. Solo la miraba, con la respiración corta.
—Pasá —dijo, apartándose.
La habitación olía a sudor, a jabón de menta y a algo más íntimo: el calor de alguien que lleva mucho tiempo solo. Ella entró sin apuro, cerró la puerta con la mano temblorosa, y se quedó parada frente a él, los dedos entrelazados, la falda plisada hasta las rodillas, las medias de malla aún puestas. Él no se movió. Solo la observaba, como si la estuviera desvistiendo con la mirada, lento, deliberado.
—¿Estás segura? —preguntó, por primera vez.
Ella asintió. No con la cabeza, sino con el pecho, con el modo en que sus pezones se endurecieron bajo la blusa de algodón, con el leve arqueo de la espalda.
—Entonces no preguntes más —dijo, y se acercó.
La primera vez que sus labios se tocaron no fue un beso, fue una duda que se disolvió en calor. Ella se inclinó, él la sostuvo por la nuca, y entonces sí: una boca sobre la otra, húmeda, con lengua que exploraba como si temiera cometer un error. Pero no hubo error. Solo la suavidad de sus dientes, el sabor a menta y café, el modo en que él la empujó contra la pared con una fuerza que no era agresiva, solo necesitada.
Ella le desabrochó la camiseta, tiró de los botones, y cuando sus pechos quedaron al descubierto, Mateo no dudó. Se arrodilló, rápido, sin pausas, y cubrió uno con la boca. La lengua rozó el pezón, el labio superior rozó la areola, y luego una succión profunda, que le hizo arquear la espalda y soltar un gemido que no intentó contener. Él lo oyó, y sonrió contra su piel.
—Decime si algo no te gusta —murmuró, mientras pasaba la mano por su muslo, subiendo lentamente, hasta rozar el borde de la falda.
—No me gusta que esperes tanto —respondió ella, y tiró de sus boxers.
Él se levantó en un movimiento fluido, y ella lo ayudó a sacárselos. Quedó desnudo ante ella: piernas largas, muslos firmes, y una erección gruesa, tiesa, la punta húmeda, la piel tirante. Ella lo tocó con la palma, sin apuro, sintiendo el calor, el latido bajo la superficie. Él soltó un grito, corto, ahogado.
—Sentí que iba a explotar con solo mirarte —confesó, mientras la levantaba en brazos y la acostaba sobre la cama.
Se quitó la blusa y los calcetines en una sola mano, y se acostó a su lado. La besó otra vez, con más hambre, y esta vez sus manos no se detuvieron en la cintura. Bajaron, bajaron hasta tocar la entrepierna de su pantalón, desabrochar el botón, bajar la cremallera, y cuando sus dedos rozaron la tela de su slip, ella ya no resistió.
—Ayudame —pidió, y él lo hizo.
La sacó de a poco, como si cada centímetro fuera un regalo. Sus piernas se abrieron instintivamente, y cuando él se colocó entre ellas, con la punta de su pene rozando su entradita húmeda, ella ya estaba listo.
—¿Estoy muy pesada? —preguntó ella, cuando él la miró, suspendido sobre ella.
—No —mintió—. Estás perfecta.
Y la empujó dentro.
No fue un golpe, fue una entrada lenta, segura, hasta el fondo. Ella soltó un grito, no de dolor, sino de plenitud. Él se detuvo, la miró a los ojos, y ella le pidió con la mirada: *sigue*.
Y él empezó a moverse.
Poco a poco, con un ritmo que parecía de relojería, hasta que se dejó llevar. Las caderas chocaban, su pene entraba y salía con un sonido húmedo, pegajoso, y ella lo abrazaba, con las uñas clavándose en sus hombros, con los pies enroscados en sus pantorrillas.
—Lucía —repitió una y otra vez, como una oración.
Ella no le respondió con palabras. Solo lo besó, lo mordió en el hombro, y cuando él aceleró, cuando sintió que se iba, ella lo apretó con las piernas y se dejó llevar, con un clítoris que palpitaba contra su cuerpo, con una vagina que se contrajo alrededor de su miembro, con una garganta que soltó un grito que se perdió entre sus gemidos.
Él vino dentro de ella, con un estremecimiento profundo, con los ojos cerrados y la frente apoyada en su hombro. Se quedaron así, juntos, sudorosos, con la respiración entrecortada, y cuando él se retiró, lentamente, ella lo miró con una sonrisa tímida, y le ac
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