La primera vez con un hombre negro
Nunca me había fijado en un hombre negro como se debe, hasta que llegó Malik al barrio. No era de por acá, hablaba un español con acento raro, medio cantadito, como si cada palabra la estuviera mordiendo con ganas. Era alto, moreno claro, con unos ojos grandes que parecían mirarte adentro, no solo a los ojos. Vivía al frente de mi casa, en ese apartamentico que antes tenía la viejita que vendía empanadas. Desde que llegó, sentí algo raro en el estómago cada vez que lo veía salir con esos pantalones holgados que le dejaban ver el filo del culo prieto, prieto, como dos piedras recién sacadas del río.
Yo soy paisa, bien coloradita, con pelo ondulado y tetas que no son grandes, pero bien paradas. Siempre he sido de hombres blancos, morenos, mestizos, pero nunca de un negro. Hasta ese día que me encontré con él en el ascensor, y el aire se me fue. Llevaba una camiseta ajustada que le marcaba el pecho, ancho como una tabla, y el olor… Dios mío, un olor dulce, como de canela con sudor limpio. Me saludó con esa sonrisa ancha, blanca, que parecía encenderle la cara entera.
—Buenas, vecina. ¿Cómo te va?
—Bien, y a ti, ¿qué tal? —le dije, y sentí que me temblaba la voz.
—Bien, pero con calor. Este clima no me perdona.
Y ahí, de repente, sin que yo lo planeara, se me escapó un pensamiento: “A este hombre lo quiero sudar yo”. No lo dije, claro, pero el pensamiento me quemó por dentro.
Pasaron días. Nos cruzábamos en el pasillo, en el ascensor, y siempre con un “hola”, un “qué tal”, un “cómo te fue”. Hasta que un viernes, como a las diez de la noche, sonó mi puerta. Abrí con cuidado, y era él, con una botella de vino en la mano.
—Perdona la hora, pero se me acabó el agua y no tengo vecinos cerca. ¿Me prestas un vaso?
Le dije que pasara, y entró con esa presencia que tiene, como si ocupara todo el espacio. Le di el vaso, pero él se quedó ahí, parado, mirándome. No con descaro, sino con deseo. Y yo, sin poder evitarlo, le miré el cuello, los hombros, y más abajo, donde el pantalón le marcaba un bulto grande, ancho, que no dejaba lugar a dudas.
—Gracias —me dijo, sin moverse.
—De nada —le respondí, y me acerqué. No supe por qué, pero lo hice. Puse una mano en su pecho, y él no se movió. Solo bajó los ojos a mis labios.
—¿Esto está bien? —me preguntó.
—Sí —le dije—. Si vos querés, está bien.
Y entonces me besó. Fue un beso lento, profundo, con lengua, con fuerza. Sentí su cuerpo contra el mío, caliente, duro. Me levantó como si no pesara, y me sentó en la encimera de la cocina. Me subió la blusa, me sacó el sostén, y me chupó los pezones con una mezcla de hambre y ternura que me hizo gemir: “Ay, qué rico, así, así”.
Me bajó los shorts, me quitó la tanga, y me miró el coño como si fuera un manjar. “Tienes un coño precioso”, me dijo, y se arrodilló. Cuando me metió la lengua, grité. No pude evitarlo. Lamió como si llevara años esperando ese sabor, lento, luego rápido, con los dedos dentro, con la nariz rozándome el clítoris. Me corrí en menos de dos minutos, temblando, con las piernas abiertas, gritando su nombre.
Él se quitó la ropa. Y cuando vi su pito, me asusté un poco. Era largo, grueso, con una cabeza grande, morada, que palpitaba. Me miró, serio.
—¿Quieres seguir?
—Sí —le dije—. Pero con cuidado.
Me llevó a la cama, me abrió las piernas, y empezó a frotar. Sentí cómo me estiraba, cómo me llenaba, cómo entraba despacio, como si me estuviera midiendo. “Relájate, nena, relájate”, me decía, y yo intentaba, pero era tanto… Era tanto. Lloré un poco, no de dolor, sino de emoción, de plenitud. Me sentía completa, llena, como si por fin hubiera encontrado lo que me faltaba.
Me moví encima de él, arriba y abajo, y él gemía, me agarraba las nalgas, me decía cosas en inglés que no entendía, pero que me encendían más. Llegamos juntos, sudados, jadeando, con el alma fuera del cuerpo.
A la mañana, se fue sin hacer ruido. Pero yo sigo pensando en él. En su piel, en su olor, en cómo me hizo sentir mujer de verdad. Y si vuelve a pedirme un vaso de agua… yo le doy más. Todo.
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