La primera vez con mi primo
9 minLa primera vez con mi primo
El aire de Acapulco olía a sal, a humedad y a algo más espeso, como si la noche misma estuviera caliente, respirando encima de la terraza donde Lucía se sentó con las piernas cruzadas, el vestido corto subiéndosele sin que ella hiciera mucho por evitarlo. Tenía veintidós años, pelo negro hasta los hombros, y una mirada que sabía lo que quería, aunque nunca se lo hubiera permitido. Esa noche, la casa de la abuela —grande, vieja, con rejas oxidadas y el techo de lámina que gemía con el viento— estaba llena de familia. Tíos, tías, primos lejanos, todos comiendo pozole y tomando cerveza como si el lunes no existiera. Pero Lucía no estaba de ánimos para risas forzadas ni para preguntas de “¿y el novio, qué onda?”. Ella solo quería aire, y tal vez un poco de atrevimiento.
Fue entonces que llegó Daniel. Su primo, el de Monterrey, el que no veía desde que ella tenía dieciséis y él dieciocho. Ahora, a los veinticuatro, Daniel traía el cabello más corto, los hombros más anchos, y una manera de caminar que decía “yo sé lo que quiero y no tengo prisa”. Llevaba una playera negra ajustada, pantalones de mezclilla desgastados, y una sonrisa que no se decidía si era pícara o simplemente cansada. Cuando la vio, levantó una ceja.
—¿Lucía? Chale, no te reconocí. ¿Qué te hiciste? —dijo, sentándose a su lado sin pedir permiso.
—Crecí, ¿no ves? —respondió ella, cruzando las piernas al revés, dejando que el dobladillo del vestido subiera un poco más.
Daniel la miró, despacio, como si la estuviera midiendo. No con descaro, pero tampoco con inocencia. Era una mirada que reconocía. Como si supiera que algo entre ellos ya había empezado a moverse, aunque nadie lo hubiera dicho.
—Pues sí —murmuró—. Y bien que creciste.
Ella rio, bajito, sin mirarlo. El silencio se quedó entre ellos, pero no era incómodo. Era denso, como si el aire se hubiera espesado de golpe. A lo lejos, el mar rugía, y las risas de los tíos se apagaban poco a poco con el avance de la noche.
—¿Y tú? ¿Ya tienes novia? —preguntó Lucía, solo para decir algo.
—No. Nadie que me aguante —dijo Daniel, encendiendo un cigarro. Le dio una calada larga, luego se lo ofreció—. ¿Fumas?
—No. Pero sí —dijo ella, tomando el cigarro. No fumaba, pero quería probarlo, como quería probar todo lo que sentía que se le escapaba.
Daniel la miró mientras aspiraba, con una sonrisa apenas insinuada. Lucía tosió, y él rio.
—Puta madre, qué tierna —dijo, quitándole el cigarro con cuidado—. A ver, déjame enseñarte.
Se acercó. No mucho. Pero lo suficiente para que ella sintiera el calor de su piel, el olor a tabaco y a algo más, como limpio, a jabón barato de hotel. Daniel le tomó la mano, le colocó los dedos alrededor del cigarro, luego le puso la otra mano sobre la suya, guiándola.
—Así —dijo, casi en su oído—. Aspira lento. No te apures.
Lucía obedeció. Esta vez no tosió. Solo sintió el humo deslizarse por su garganta, y el calor de la mano de Daniel sobre la suya, como si la estuviera enseñando a encender algo más que un cigarro.
El resto de la noche pasó en risas, en cervezas compartidas, en miradas que se cruzaban y no se soltaban. Lucía no sabía qué le pasaba. Solo sabía que cuando Daniel reía, ella sentía un cosquilleo en el estómago, como si mil mariposas se hubieran puesto a volar de golpe. Y cuando él se levantó para ir al baño, ella lo siguió con la mirada, viendo cómo se le marcaba el trasero en los pantalones, cómo caminaba con esa seguridad que solo tienen los que saben que les gusta lo que ven.
Más tarde, cuando todos se fueron a dormir, y solo quedaban las luces tenues de la cocina encendidas, Lucía se encontró a sí misma en el pasillo, fingiendo buscar agua. Daniel estaba saliendo del baño, solo con el bóxer puesto, el pecho descubierto, el pelo húmedo.
—¿Y ahora qué? —preguntó él, sonriendo.
—Nada. Solo… no podía dormir.
—Yo tampoco —dijo Daniel, acercándose—. ¿Te sigo asustando?
—No —dijo ella, aunque mentía un poco—. Solo… no sé qué hacer.
—¿Con qué?
—Con esto —dijo Lucía, señalando el espacio entre ellos, como si fuera algo tangible.
Daniel dio un paso más. Luego otro. Hasta que estuvieron tan cerca que podían sentir el aliento del otro.
—¿Y si te digo que yo tampoco sé qué hacer? —dijo—. Pero que quiero hacerlo contigo.
Lucía sintió que el corazón se le iba a salir del pecho. No se movió. No dijo que sí. No dijo que no. Solo lo miró, y en ese silencio, Daniel entendió.
La tomó de la mano. Sin decir nada, la llevó a la habitación de huéspedes, la que estaba al fondo, la que nadie ocupaba. Cerró la puerta con llave. No por necesidad, sino por ceremonia. Como si con eso estuvieran diciendo: esto es nuestro. Nadie más entra.
La habitación era pequeña, con una cama individual, cortinas de encaje y un crucifijo en la pared. Daniel encendió la lámpara de noche, la luz amarilla dibujando sombras en el techo.
—¿Segura? —preguntó.
Lucía asintió. No con la cabeza. Con el cuerpo. Con el modo en que se acercó, con cómo le puso las manos en el pecho, con la boca entreabierta, esperando.
Daniel la besó. No fue un beso suave. Fue profundo, hambriento, como si hubiera estado esperando ese momento desde que la vio entrar en la terraza. Lucía respondió con torpeza al principio, pero pronto se dejó llevar, abriendo la boca, dejando que la lengua de él explorara, que le mordiera el labio inferior, que le arrancara un gemido que ni ella sabía que podía salir de su garganta.
Él le subió el vestido con una mano, lento, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Cuando sus dedos tocaron la piel de sus muslos, Lucía tembló.
—Tranquila —dijo Daniel—. Solo si quieres.
—Quiero —dijo ella, casi en un susurro—. Solo… no sé cómo.
—Yo te enseño —dijo él, besándola otra vez—. Solo déjate.
Le quitó el vestido con cuidado, como si desempacara algo precioso. Luego el sostén, luego las pantaletas. Lucía se quedó desnuda, sintiéndose expuesta, pero no vulnerable. Daniel la miró como si fuera la primera vez que veía algo así, aunque los dos sabían que no era verdad.
—Qué bonita —dijo, acariciándole la cadera—. Qué nalgas más ricas.
Lucía rio, bajito, pero el sonido se le apagó cuando él le besó el cuello, luego el hombro, luego el pecho. Cada beso era más intenso, más húmedo. Cuando le tomó un pezón entre los labios, ella arqueó la espalda, sorprendida del placer que le recorría el cuerpo.
Daniel bajó, besándole el vientre, el ombligo, el pubis. Le separó las piernas con suavidad, y cuando vio que ella se sonrojaba, dijo:
—¿Primera vez?
—Sí —dijo ella, casi avergonzada.
—Pues vas a ver —dijo él, con una sonrisa—. No hay nada mejor que la primera.
Y entonces bajó la boca.
Lucía gritó. No pudo evitarlo. Fue como si todo su cuerpo se encendiera de golpe. La lengua de Daniel era firme, precisa, juguetona. Le lamía el clítoris como si fuera un dulce que no quería terminar, le metía un dedo, luego dos, moviéndolos despacio, como si estuviera aprendiendo el ritmo de su placer.
—¿Así? —preguntó, sin dejar de mirarla.
—Sí… sí… —gimió ella, con las manos en el cabello de él, sin saber si empujarlo o alejarlo.
—¿Quieres más?
—Sí… por favor…
Daniel se levantó, se quitó el bóxer. Su verga estaba dura, gruesa, con una vena que palpitaba. Lucía la miró, sin miedo, pero con curiosidad.
—¿Nunca habías visto una?
—No así —dijo ella, sonriendo.
—Pues espera a sentirlo —dijo Daniel, acercándose a la cama—. Acuéstate.
Ella obedeció. Daniel se subió encima, le separó las piernas con las rodillas, y se acomodó entre ellas. Le besó otra vez, esta vez con más urgencia, mientras se frotaba contra ella, haciendo que el glande rozara su entrada mojada.
—¿Lista? —preguntó.
Lucía asintió. Daniel empujó despacio, con cuidado. El primer contacto fue incómodo, un estirón, una punzada. Pero él no se movió. Esperó. Le acarició el pelo, le besó la frente.
—Respira —dijo.
Lucía inhaló. Y cuando exhaló, Daniel empujó un poco más. Esta vez, el dolor fue menor. Luego, casi sin darse cuenta, empezó a sentir algo más: calor, presión, una plenitud que nunca había imaginado.
—¿Bien? —preguntó él.
—Sí… sigue —dijo ella, con los ojos cerrados.
Daniel comenzó a moverse. Lento al principio, como si estuviera midiendo cada centímetro. Pero pronto, el ritmo se fue acelerando. Sus caderas golpeaban contra las de ella, su verga entraba y salía con una cadencia que hacía que Lucía se aferrara a las sábanas, que gritara sin poder contenerse.
—Dios… Daniel… —gimió.
—¿Así? —preguntó él, jadeando—. ¿Así te gusta?
—Sí… más… cógeme más fuerte…
Daniel rio, con una voz ronca, oscura. Y entonces, sin avisar, la tomó de las caderas, la giró, la puso de rodillas sobre la cama. Le levantó las nalgas, y de un solo empujón, volvió a entrar.
—¡Ay! —gritó Lucía, pero no de dolor. De placer. De sorpresa.
—¿Te gusta así, nalgona? —dijo Daniel, dándole una nalgada suave.
—Sí… ¡sí! —gritó ella, sintiendo cómo cada empujón la llenaba más, cómo el orgasmo se acercaba como una ola.
—Voy a correrme —dijo Daniel, con la voz ronca—. ¿Te lo dejo adentro?
—Sí… por favor… lléname —dijo Lucía, sin pensar, solo sintiendo.
Y entonces, Daniel empujó una última vez, profundo, y se corrió dentro de ella, con un gemido que sonó como una promesa. Lucía, al sentirlo, también se vino, con un espasmo que le recorrió todo el cuerpo, como si mil luces se hubieran encendido de golpe.
Se quedaron así, jadeando, sudorosos, abrazados. Daniel se deslizó fuera de ella, se acostó a su lado, y le besó el hombro.
—¿Y? —preguntó—. ¿Vale la pena la primera vez?
Lucía sonrió, con los ojos cerrados, sintiendo el calor de él pegado a su piel.
—No sé si fue la mejor —dijo—. Pero fue contigo. Y eso ya la hace especial.
Daniel rio, la abrazó más fuerte, y en silencio, los dos supieron que eso no había sido solo una noche. Había sido el inicio de algo que no tenían nombre, pero que ardía como el sol de Acapulco.
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