La primera vez con la vecina del cuarto
4 minLa primera vez con la vecina del cuarto
La escalera de la vieja casa de tres pisos crujía bajo sus pasos, y Lucía, del cuarto piso, siempre lo escuchaba subir. Pero esa noche, cuando Lucas —el vecino del segundo— dejó caer su llave en el descansillo con un sonido metálico, ella no se retiró rápido como solía hacerlo. Se quedó parada, apoyada al marco de la puerta, con la camiseta de algodón despegada del pecho por el calor húmedo de junio.
—¿Perdiste la llave otra vez, piña? —le preguntó, y le sonrió con esa picardía que guardaba para los momentos en que el miedo se disolvía en risa.
Lucas se giró, sudoroso, con el pelo pegado a la frente. Tenía veintiséis años, los hombros anchos de quien jugaba fútbol los domingos y los ojos cansados de estudiar toda la noche para aprobar exámenes. Pero esa noche no estaba cansado: estaba vivo.
—No, la perdí desde hace tres días —rió, y se secó el cuello con la manga—. Venía a buscar un clavo, pero me di cuenta de que no tenés clavos, ¿verdad? Solo tenés un colgante de madera en la pared.
Lucía se mordió el labio. No sabía por qué, pero ese detalle lo hacía más real. No lo decía por casualidad. Lo decía porque la miraba, de verdad.
—¿Querés entrar? —le ofreció, y abrió la puerta antes de que él pudiera negarse.
El aire adentro olía a lavanda y sal. Una luz tenue se colaba por la cortina medio corrida. Lucas se detuvo en el umbral, con las manos metidas en los bolsillos, como si temiera tocar algo y romperlo.
—No es que no haya estado antes —dijo ella, bajando la voz—. Pero nunca con vos.
Él tragó saliva. Se acercó, lento, y por primera vez, Lucía notó el temblor en sus dedos cuando los llevó a su cuello. No era miedo: era respeto. Como si estuviera acariciando algo frágil, como si temiera que si apretaba demasiado, se le escapara.
Su boca encontró la suya sin prisa, con un sabor a menta y sal. Ella se pegó a él, sintiendo el calor de su pecho a través de la camiseta, el latido acelerado que le golpeaba la clavícula. Lucas la tomó por la cintura y la juntó contra su cuerpo, y allí, pegaditos, sintieron lo mismo: una descarga eléctrica, como si sus cuerpos se reconocieran después de mucho tiempo.
—Decime si querés que pare —susurró él, rozándole la oreja.
Ella no respondió con palabras. Solo le jaló la camiseta por arriba de la cabeza, y cuando sus pechos quedaron al aire, él no dudó. Bajó la cabeza y lamió uno, con la boca abierta, suave, como si temiera que se deshaciera entre sus dedos. Lucía gimió, no por el placer (aún), sino por la intensidad de lo que sentía: la boca cálida, la lengua húmeda, los dientes que rozaban el pezón sin apretar.
—Cogeme —le pidió, sin vergüenza, con la mirada fija en la suya—. Hoy, así, sin planeo.
Él no necesitó más. La tomó de la mano y la llevó a la cama, donde las sábanas estaban deshechas y el aire olía a sudor y deseo. Se quitó los pantalones con prisa, pero no loca: primero la cremallera, luego los bajó despacio, como si estuviera descubriendo un tesoro que no quería arruinar.
Lucía lo miró. Tenía un pene hermoso: no muy grande, pero bien torcido hacia arriba, con la cabeza rosada y una vena que palpitaba cada vez que ella lo tocaba con la mirada.
—Sos hermoso —le dijo, y lo tocó con la palma, sintiendo cómo se ponía más duro entre sus dedos.
Él se tendió sobre ella, entre sus piernas, y le abrió las rodillas con las manos. Lucía no llevaba nada abajo. Ya lo sabía. Él se inclinó y lamió su concha, lento, con la lengua abierta, y ella se arqueó como un arco. Se mojaba ya, con mucha agua, y él se lo notó en el sabor.
—No me voy a contener —dijo, y se lubricó con la saliva que le había dejado en el glande.
Se metió, despacio, hasta la base. Lucía sintió el estiramiento, el calor, la plenitud. No fue dolor. Fue plenitud. Como si su cuerpo supiera que eso era lo que faltaba.
—Sí… sí… —le susurró, mientras él empezaba a moverse, con golpes cortos, fuertes, sinceros.
Garcharon como si no hubiera mañana. Sin ritmo, sin cuenta: solo cuerpo, sudor, gemidos. Lucas se agarraba de sus caderas, y ella le clavaba las uñas en los hombros, con fuerza, como si quisiera que él la llevara con él.
Cuando vino, lo sintió todo: la sacudida interna, el calor que le subía por el pecho, el gemido que le salió como un sollozo contenido. Lucas la siguió segundos después, con un grito ahogado en su cuello, y el pene palpitándole adentro, hasta el último espasmo.
Se quedaron quietos, pegados, sudados, sin hablar. Solo escuchaban el sonido del aire entrando por la ventana, y el latido de sus corazones, que, por primera vez, sonaban iguales.
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Sin esperar a mañana. Encuentros casuales, deseo inmediato, esa urgencia de quererlo todo ya. Escribo el ahora.