La primera vez con la nueva vecina

La primera vez con la nueva vecina

@el_forastero ·5 de junio de 2026 · ★ 3.9 (18) · 133 lecturas · 4 min de lectura

La puerta del apartamento 3B se abrió con un crujido suave, y ahí estaba ella, de pie en el umbral, con una botella de vino en una mano y una sonrisa tímida que le temblaba en los labios. Llevaba un vestido negro ajustado que le marcaba las curvas de la cintura a las caderas, y el cabello castaño recogido en un moño bajo, con algunas hebras sueltas que le rozaban el cuello. Mariana. La nueva vecina. Había mudado dos semanas atrás, pero hasta hoy no había cruzado más que saludos breves y sonrisas forzadas en el pasillo.

—¿Te importa si te molesto un momento? —preguntó ella, con una voz baja, casi susurrante, pero con un fondo de seguridad que lo hizo erizarse la piel.

—Claro que no —mintió él, porque sí le importaba. Le importaba mucho. Pero no como ella creía.

Se llamaba Santiago, treinta y dos años, arquitecto, soltero desde hacía dos años tras una ruptura que lo había dejado vacío. Y en ese instante, mientras ella entraba con naturalidad, como si ya conociera su casa, sintió algo que no sentía desde hacía mucho: un calor en el vientre, una punzada en la entrepierna, una necesidad que no reconocía.

—Quería agradecerte por ayudar a mover las cajas ayer —dijo ella, dejando la botella sobre la mesa del comedor—. Y… también porque me di cuenta de que me miras.

Él tragó saliva. No lo negó.

—Sí —dijo—. Me miras tú también.

Ella se acercó, lenta, con los ojos fijos en los suyos, y puso las manos sobre su pecho. Él sintió el latido de su corazón, rápido, como el suyo. Entonces, sin más preámbulos, ella le desabotonó la primera camiseta, despacio, con los dedos temblorosos pero firmes. Él le quitó el vestido después, deslizándolo por los hombros, por los brazos, dejando al descubierto una piel suave, cálida, con un ligero olor a jazmín y sudor. El sostén era negro, de encaje, y le apretaba los senos con una suavidad que los hacía parecer aún más redondos, más presentes.

—¿Te gusta? —preguntó ella, sin rubor, como si eso fuera lo único que importara.

—Sí —dijo él, y la tomó por la cintura, jalándola contra su cuerpo. Ya sentía el calor de su vientre, el roce de su muslo contra su erección, dura, insistentemente, contra la tela de sus pantalones.

Ella sonrió, entonces, y se inclinó un poco, presionando con fuerza, como para asegurarse de que él también lo sintiera.

—Entonces, vamos a la habitación.

No hubo besos largos, ni palabras de más. Solo manos que se perdían en cabello, labios que encontraban cuellos, pechos, muslos. Él la llevó hasta la cama, la dejó caer suavemente, y se arrodilló frente a ella. Le desabrochó los zapatos, luego las medias, deslizando cada prenda con lentitud, como si cada movimiento fuera un ritual. Cuando quedó solo con el vestido y el bajo del sostén, él bajó las manos por sus piernas, acariciando la curva de las rodillas, el interior de los muslos, hasta encontrar la entrepierna de sus tanga. Ya estaba húmeda. Él lo sintió al rozarla con los dedos.

—¿Estás segura? —preguntó, sin soltarla.

—Sí —dijo ella, y lo atrajo hacia sí, tirando de su camisa—. Quiero esto. Quiero sentirte. Quiero que me tomes.

Él se quitó la ropa con prisa, pero no con desesperación. Se deshizo de los pantalones, la ropa interior, y se puso de pie frente a ella, completamente desnudo, con su pene tieso, grueso, la punta húmeda de preseminal. Ella lo miró sin vergüenza, con los ojos entrecerrados, y extendió la mano para tocarlo. Lo apretó suavemente, lo frotó con la palma, y él soltó un gruñido que no intentó contener.

—¿Quieres que te meta ahora? —preguntó él, con voz ronca.

—Sí —dijo ella, y abrió las piernas, separándolas con las manos—. Pero lento. Quiero sentir cada centímetro.

Él se lubricó con su propia humedad, frotando la cabeza contra su vientre, y luego se posicionó entre sus muslos. La penetración comenzó con la punta, apenas entrando, apenas rozando el borde de su entrada. Ella gimió, bajó la cabeza, y lo miró fijamente mientras él avanzaba, poco a poco, hasta que el cuerpo entero de su pene desapareció dentro de ella, hasta el fondo.

Ella respiró hondo, y luego soltó un suspiro largo, como si hubiera estado aguantando la respiración desde que nació.

—Está bien —dijo—. Sí, así.

Él empezó a moverse, primero con pequeños empujes, hasta que ella le pidió más. Entonces él la tomó por las caderas y comenzó a thrustear con fuerza, con ritmo, con crudeza. Ella gemía, con los ojos cerrados, con la boca entreabierta, con los senos subiendo y bajando al ritmo de sus embestidas. Él la giró boca abajo, le subió las caderas con las manos, y la penetró desde atrás, agarrándole los cabellos, inclinándose sobre su espalda, y entrando y saliendo con un sonido húmedo, carnal, que llenó la habitación.

—Voy a correrme —dijo él, jadeando.

—Sí —dijo ella—. Corré dentro de mí. Quiero sentir tu leche.

É

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