La primera vez con el nuevo del cuarto 302
6 minLa primera vez con el nuevo del cuarto 302
Apenas escuché su tosido en el pasillo, supe que algo iba a cambiar. Él subía las escaleras como si cargara el mundo, pero con una torpeza que me hizo sonreír. Camiseta blanca, un poco sudada, cabello oscuro despeinado por el calor de Bogotá en junio. Se llamaba Daniel. Yo, Lucia, con mis veintiséis años, dos años más que él y una virginidad que ya me dolía llevar como una piedra en el bolsillo.
Éramos vecinos desde hacía tres semanas. Él acababa de mudarse al cuarto 302, después de su breakup con esa rubia que se fue a Medellín con un vendedor de seguros. Yo lo veía desde la ventana, en las mañanas, sentado en el banco del parque con su café y su libro. Siempre con ese gesto de concentración que me hacía imaginar cómo sería sentarlo en mi cama, quitarle la camiseta y ver si sudaba igual cuando lo hacía temblar.
La noche del viernes llovió como si el cielo se hubiera desbordado. Yo ya me había bañado, con agua tibia, y me había puesto una bata de algodón que apenas me cubría el culo. Me gustaba cómo se pegaba a mis curvas, cómo dejaba ver la línea de mis nalgas cuando caminaba. Estaba sentada en el sillón, viendo una serie, cuando escuché su timbre. Sonaba agitado.
—¿Lucía? ¿Estás bien? —preguntó desde el pasillo, con la voz ronca por la lluvia.
Abrí la puerta. Estaba empapado. El cabello le goteaba en la frente, la camiseta se le pegaba al pecho, y en vez de disculparse por molestar, me miró con esa mirada que no decía nada, pero lo decía todo.
—Me quedé sin toalla —dijo, sin vergüenza—. Se me olvidó traer una.
No era cierto. Lo sabíamos los dos. Pero no dije nada. Lo dejé entrar. Cerré la puerta con cuidado, como si estuviera sellando un secreto.
—Aguanta un momento —le dije, y fui al baño a buscar una toalla limpia.
Cuando volví, él ya se había quitado los zapatos y estaba parado frente al balcón, con las manos metidas en los bolsillos. Me miró cuando entré y, por primera vez, no bajó la vista. Me miró directo a los ojos, como si me estuviera leyendo el alma.
—Gracias —dijo, tomando la toalla. Se la pasó por el pelo, luego por el cuello, y se detuvo un segundo antes de secarse los hombros. Me fijé en los músculos de sus brazos, en los pelitos oscuros que cubrían sus antebrazos.
—¿Quieres un café? —pregunté, intentando sonar casual, pero mi voz me traicionó.
—Sí —susurró—. Pero con algo de rica.
Me giré. Él sonrió, un poco nervioso.
—¿Un aguacate? —dije, y me reí de mí misma—. Perdón, se me salió.
—No —dijo, acercándose—. Me refiero a… rica, como en… *mamar*.
Me encendí. Sentí el calor subirme por el cuello, llegar a las orejas. Me di cuenta de que tenía la bata un poco abierta, y de que él ya la estaba mirando.
—¿Tú también…? —preguntó, bajando la voz—. ¿Nunca?
Asentí. No sabía por qué, pero lo dije en voz alta:
—Nunca.
Se quedó callado. Me miró fijo. Luego, con lentitud, se quitó la camiseta. Se la había empapado de lluvia, pero ya estaba seca por dentro. Me mostró su torso: piel clara, pechos pequeños, ombligo profundo, y un vello oscuro que bajaba en línea recta hacia el ombligo y desaparecía bajo el pantalón.
—Yo tampoco —dijo.
Me acerqué. Me detuve a un paso de él. Sentí su aliento en la cara. Me fijé en sus labios: un poco hinchados, rojos por el frío y por algo más.
—¿Tienes miedo? —pregunté.
—Sí —dijo, sin dudar—. Pero no de ti.
Me tomó la mano. Me llevó al sillón. No nos sentamos. Se quedó de pie frente a mí, con mis manos en sus hombros. Le desabroché la camisa. La dejó caer al suelo. Me incliné y besé su pecho. Sentí su corazón acelerado, los latidos como tambores pequeños.
—Cariño… —murmuró.
Le desabroché el cinturón. Le bajó la cremallera. Le saqué el pito. Era morenito, un poco torcido hacia arriba, con la cabeza rosada y húmeda de pre-cum. Me lo miré. Me lo toqué. Se estremeció.
—Aguántate un segundo —dije, y me levanté.
Fui al cuarto y volví con una lata de crema de coco (la que usaba para mis pasteles) y una botella de agua tibia. Me senté en el suelo, entre sus piernas. Le limpié el pito con la botella, con cuidado. Luego, con la punta del dedo, lo unté con la crema. Se lo froté lento, desde la base hasta la cabeza, pasando por el glande. Gimió. No mucho, pero lo hizo. Un sonido bajo, gutural.
—Lucía… —dijo, agarrándome del pelo.
Le abrí las piernas más. Me incliné. Lo toqué con la lengua. Sabor salado, un poco dulce. Lo chupé suave, con la boca cerrada. Lo metí poco a poco. Se hundió en mi garganta. Me puse de puntillas, con las manos en sus caderas. Lo lamí. Lo mordí con suavidad. Lo chupé como si me diera miedo perderlo.
—Estás rico… —dijo, jadeando—. Estás *muy* rico.
Me levanté. Me quitó la bata. Me dejó sola en ropa interior. Era una slip muy pequeña, negra, que apenas cubría mi culo. Me miró. Me palmeó los pechos. Me incliné hacia atrás y dejé que me los chupara. Me puso una mano en la nuca, la otra en el culo. Me volvió a besar, con más fuerza. Me metió la lengua. Me mordió el labio.
—¿Quieres que entre? —preguntó.
Asentí.
Me levantó. Me sentó en el sillón. Me abrió las piernas. Se puso entre ellas. Me miró los ojos. Se frotó su pito contra mi entrada. Me mojé enseguida. Lo sentí húmedo, caliente. Me separó con los dedos. Se empujó adentro.
—Mierda… —dijo.
Yo también dije algo, pero no recordaba qué. Me sentí llena. Apretada. Plena. Me puse las piernas alrededor de su cintura. Me empujó más. Me dio suavemente, como si no creyera que era real. Luego, más fuerte. Me dio con fuerza, pero sin soltarme la mirada. Me mordió el cuello. Me chupó el pezón. Me lamí la oreja. Le dije “más”, “sí”, “ahí”, “más fuerte”.
Su pito se hundía en mí, salía, se hundía. Me lo sentía vibrar dentro. Me sentí temblar. Me sentí perderme. Me sentí *mía*. Me sentí *suya*.
—Voy a… —dijo.
—Sí… —le dije—. Dime cuándo.
—Ahora… —y se corrió. Me llenó con su semilla, con su calor. Lo sentí latiendo dentro de mí, pulsando, vaciándose. Se derritió sobre mí. Se cayó conmigo al sillón, sin soltarme. Me abrazó. Me besó el pelo.
—Gracias —dijo.
—De nada —le respondí.
Y me di cuenta de que no era la primera vez que me lo hacía. Era la primera vez que lo hacía *así*, con alguien que me miraba como si me estuviera descubriendo.
Luego, cuando ya la lluvia se había ido y la ciudad estaba callada, él se fue. Yo me quedé sentada en la ventana, con la bata puesta, mirando cómo sus pasos se perdían en el barrio. Me tocé el cuello. Sentí la marca de sus dientes. Me sonreí.
Al día siguiente, cuando lo vi en el parque, con su café y su libro, me acerqué. Le sonreí.
—¿Te apetece un aguacate? —dije.
Él me miró. Me sonrió. Y me dijo:
—Sí. Pero hoy… *te mamo yo*.
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Escribo lo que pasa cuando se apaga la luz y quedan solo la piel y las palabras. Me obsesionan los detalles: un roce, un suspiro, lo que nadie dice en voz alta.