La Pista de Baile del Club Las Delicias
7 minLa Pista de Baile del Club Las Delicias
En las noches de Bogotá, cuando el aire frío del altiplano se mezcla con el calor de los cuerpos apretados, el Club Las Delicias se llena de vida. No es un sitio de esos que se anuncian con luces de neón chillones ni con carteles que prometen lo imposible. Es un club sencillo, de paredes amarillentas por el humo de los años, con una pista de baile pequeña pero firme, y un bar que sirve aguardiente bien cargado y cervezas heladas que gotorean por el vaso. Allí, los domingos, se juntan los que buscan algo más que un trago: los que buscan piel, sudor, respiraciones entrecortadas y manos que no saben bien a dónde van pero sí a dónde quieren llegar.
Y entre ellos, estaba Mariana.
Ella no era de esas que llegan con el objetivo de "conocer a alguien". No llevaba maquillaje exagerado ni vestidos ajustados hasta lo imposible. Llegaba con una falda corta pero sencilla, una camiseta negra que dejaba ver el contorno de sus pechos redondos y la curva de sus hombros, y sandalias de taco bajo —no por comodidad, sino porque no le gustaba andar como si estuviera en una pasarela. Mariana trabajaba en una librería del centro, le gustaba leer poesía francesa y oler el papel viejo en las ediciones de bolsillo. Pero los domingos eran otros: eran para moverse, para sentir el calor de otros cuerpos, para no pensar demasiado.
Aquella noche, el sonido era un *champeta* bien cargado, con ritmos que no dejaban espacio a la duda: la música te metía entre las piernas y no te soltaba hasta que tus rodillas se rendían. Mariana ya llevaba dos canciones en la pista, con una amiga suya que se llamaba Paola, una morena de caderas anchas y risa fácil. Estaban cerca del bar, bebiendo agua de coco con un toque de ron, cuando alguien se acercó por detrás de Mariana, sin tocarla, pero sí con intención.
—¿Te puedo ofrecer una copa? —dijo una voz grave, con acento antioqueño marcado, pero no exagerado. Un poco rudo, sí, pero con un tono que no pedía permiso, sino que lo asumía.
Mariana giró despacio, con la cara medio oculta por el pelo suelto que le caía hasta la cintura, y lo miró. Era alto, de hombros anchos, piel morena clara con some pecas que se veían en los brazos, que tenía cubiertos con una camiseta negra pegada al cuerpo. Tenía las manos metidas en los bolsillos del pantalón de mezclilla, pero no parecía incómodo. Se llamaba Esteban, dijo, y trabajaba como técnico en una empresa de sonido para eventos. Estaba ahí porque su amiga había organizado un *after* en casa de unos conocidos, pero él se había aburrido de tanto *chill* y se había escapado.
—¿Y por qué no te vas? —preguntó Mariana, sin mala intención, pero con una sonrisa que le jugaba en la cara.
—Porque aquí hay algo que me retrasa —dijo él, y sus ojos se fijaron en el cuello de Mariana, donde una gota de sudor se deslizaba entre sus pechos.
Paola, que ya se había dado cuenta de que la conversación no iba para donde ella quería, se escabulló con una carcajada y un “¡buenas noches, chicos!” que sonó más a despedida que a saludo.
—¿Te parece si nos vamos a un lado? —preguntó Esteban, sin soltar su mirada.
Ella asintió con la cabeza, sin hablar, y lo siguió hasta un rincón oscuro, detrás de unos contenedores de basura que olían a limpieza barata pero estaban bien cubiertos por un toldo de lona. Allí, el sonido de la música se atenuaba, pero no desaparecía: vibraba en el suelo, en las paredes, en el aire.
Esteban no la besó al instante. No era de esos que quieren demostrar posesión con un mordisco. Se acercó, le quitó la camiseta con las manos lentas, pasando los dedos por la parte de atrás del sostén, que era de encaje negro, ya un poco arrugado por el baile. Cuando se lo quitó, ella no se cubrió. Se quedó ahí, con los pechos altos, los pezones duros por el frío y por la mirada de él, que no parpadeó.
—Culo rico —dijo él, sin rodeos, y le metió las manos a la cintura, juntándola contra su cuerpo.
Mariana sintió el pene de él, ya medio duro, apretado contra su vientre bajo. No era grande, pero sí firme, y sentía el calor que despedía a través de los dos pantalones. Esteban le mordió un pezón con cuidado, no con fuerza, pero sí con intención, y ella soltó un gemido que no intentó callar. Él lo escuchó, sonrió, y le pasó la lengua por el pecho entero, bajando hasta el ombligo, sin apuro, como si no tuviera prisa.
—¿Quieres que te lo saque? —le preguntó, y ya le tenía las manos en la falda, que era corta, de tela ligera, que se le subió sola cuando él tiró del elástico.
—Sí —dijo ella, y le soltó el cierre del pantalón.
Él lo bajó hasta las rodillas, le quitó la ropa interior, que era de tanga, y la dejó ahí, con los muslos abiertos, el culo redondo, los pechos aún subiendo y bajando con la respiración acelerada. Mariana se agachó un poco, y con las manos en las caderas de él, lo empujó contra la pared. Él no se resistió. Al contrario: le metió los dedos a la vagina de ella, ya mojada, ya abierta, ya esperándolo.
—Qué rico —dijo él, y le frotó el clítoris con el pulgar, mientras con dos dedos la penetraba, entrando y saliendo, con un ritmo que no era rápido, pero sí seguro. Ella se mordió el labio, cerró los ojos, y dejó que su cuerpo se dejara llevar.
—¿Quieres que te lo meta entero? —le preguntó Esteban, y ya se había sacado el pantalón del todo, la camiseta por encima de la cabeza, y el pene le salía duro, grueso, con la punta húmeda y brillante.
—Sí —dijo ella, y le agarró la cintura con fuerza.
Él le pidió que se agachara, que le diera la espalda, que se apoyara en la pared. Mariana lo hizo, con las manos en la superficie fría, los pies separados, y él se puso detrás, le separó el culo con las manos, le rozó el ano con la punta del pene, y luego, con un empujón suave, le metió la punta dentro de la vagina.
No fue rápido. Fue lento, pero seguro. Cada centímetro entraba como una promesa, como un juramento silencioso. Ella soltó un gemido bajo, y él se detuvo un instante, con el pene entero dentro de ella, y respiró su olor, su sudor, su calor.
—Mira, Mariana —dijo él, y le agarró la cadera con fuerza, y empezó a moverse, entrando y saliendo, con un ritmo que ya no era suave, sino que era desesperado, carnal, hambriento. Ella se agarró más fuerte a la pared, y cuando él le dio un golpe seco en el culo, ella gritó, no por dolor, sino por placer.
—¡Sí! —dijo ella, y se movió hacia atrás, para que él le diera más fuerte, más rápido.
Él la agarró por la cintura con ambas manos, la levantó un poco, y le metió el pene hasta el fondo, y se quedó ahí,不动, con el cuerpo de ella colgado de sus brazos, con sus pechos presionados contra la pared fría, con su culo redondo apretado contra su vientre, con el pene entero clavado dentro de ella.
—Qué rico, qué rico —dijo él, y le mordió el hombro, y le chupó el cuello, y le metió los dedos al clítoris, apretado, rápido, sin pausa.
Mariana se estremeció, y su cuerpo se tensó, y entonces explotó: un orgasmo fuerte, que le sacó un grito que no pudo contener, que le tembló por las piernas, que le hizo cerrar los ojos y soltar todo. Esteban no se detuvo. Siguió empujando, con más fuerza, con más desesperación, y cuando ella aún no se había recuperado, él sintió cómo sus propios músculos se contraían, y con un gemido bajo y gutural, se corrió dentro de ella, con una fuerza que lo sacudió todo.
—Joder —dijo él, y se dejó caer contra ella, con el pene aún dentro, con el cuerpo sudado, con el corazón a mil.
Ella no dijo nada. Se volvió, lo miró, y le sonrió, con la boca entreabierta, con los labios húmedos, con el pelo despeinado.
—¿Otra vez? —le preguntó él.
—Sí —dijo ella, y le metió la mano al pantalón, y le tocó el pene, que ya estaba volviendo a ponerse duro.
No había prisa esa noche. Había tiempo, había calor, había cuerpo. Y Las Delicias seguía vibrando al otro lado de la pared, como un corazón que no quería detenerse.
¿Qué tanto te calentó?
¿Te masturbaste con el relato?
¡Gracias por responder! 🔥
0se masturbaron con este relato
¿Te masturbaste con el relato?
¡Gracias! 🔥
¿Quieres más como este?
Te aviso cuando suba un relato nuevo. Sin spam.
Creo en el erotismo de la buena prosa. Romance, elegancia y esa pasión clásica que no necesita ser vulgar para encender.