La noche que mi vecina me pidió que le quitara el maquillaje

@sombra ·13 de mayo de 2026 · ★ 4.3 (17) · 204 lecturas · 7 min de lectura

Yo nunca pensé que la señora de la casa 47, la que siempre iba con trajes impecables y tacones que sonaban como latigazos en el pasillo, me mirara así: con los ojos medio cerrados, los labios entreabiertos y una sonrisa que no le pertenecía a la mujer que conocía desde hace siete años.

Era viernes, 13 de mayo, y la lluvia golpeaba suave contra las ventanas de mi departamento, ese ruido que hace que hasta el tiempo se relaje. Yo estaba en pijama, con una taza de café ya frío sobre la mesa del balcón, cuando escuché su llave en la cerradura. Pero no era la cerradura de su puerta. Era la mía.

—Perdón, Luis —dijo, ya dentro, con voz distinta, más grave, más húmeda—, se me cortó el internet y se me cayó un vaso de vino encima del sofá. ¿Me dejas usar tu baño para limpiarme?

Era ella. La señora Valeria. La viuda elegante. La que nunca se reía fuerte, nunca se despeinaba, nunca se quitaba los aretes de perlas ni siquiera para dormir. Y ahí estaba, con el cabello mojado por la lluvia, el blazer negro colgando de un hombro y la blusa blanca pegada al cuerpo como si la hubiera mojado ella misma con intención.

—Claro —dije, como si no me temblara la voz, como si no me hubiera pasado los últimos meses imaginando cómo sería verla así, sin máscara.

Ella se detuvo en la puerta del baño, sin entrar. Me miró fijamente, con una sonrisa que ahora sí reconocí: no era una sonrisa de disculpa. Era una promesa.

—¿Me ayudas? —dijo—. No veo bien con este maquillaje corrido. Y no quiero que se me corra más.

Se acercó lentamente, como si cada paso fuera una decisión tomada con cuidado, como si hubiera estado planeando esto desde que se mudó. Me puse frente a ella, tan cerca que sentí el calor de su piel, ese perfume que siempre olía a vainilla y humedad, pero ahora más intenso, más terrenal.

—Déjame ver —susurré, y tomé un pañuelo de algodón que tenía en el bolsillo trasero de mi pantalón, como si lo hubiera guardado por casualidad, pero no lo había hecho.

Le limpié suavemente la base del ojo izquierdo, deslizando el pañuelo en círculos pequeños. La piel de su pómulo era suave, tibia, con un leve vello que me hizo querer rozar con los dedos. Cuando bajé hacia su mejilla, su respiración cambió: más corta, más superficial. Sentí que me temblaban las manos, pero no por nervios. Por ganas.

—¿Así te gusta que te toque? —le pregunté, sin mirarla, con la voz más baja de lo normal, como si yo también estuviera confesando algo.

Ella no respondió con palabras. Solo inclinó la cabeza un poco más hacia adelante, como si me estuviera pidiendo que continuara, como si estuviera regalándome permiso con cada milímetro que cedía.

Bajé el pañuelo a su cuello, lentamente, sintiendo cómo su piel se erizaba cuando el algodón rozó su clavícula. El botón superior de su blusa estaba deshecho. Yo no lo toqué, pero sentí que lo hacía con la mirada, que ya estaba desabotonando los demás con la imaginación.

—¿Por qué hoy? —pregunté, mientras con la yema del pulgar trazaba un círculo en su mandíbula, sin quitarle la vista de encima.

Ella respiró profundo, cerró los ojos, y por primera vez en años —o tal vez desde que su esposo murió—, sonrió con la boca completa.

—Porque hoy me di cuenta de que ya no soy la mujer que se levanta a las 6 para hacer su café con leche y panecillo. Hoy me di cuenta de que soy una mujer que quiere sentirse quemar la piel con las manos de otro.

Me la comí con la vista: las pestañas largas, la nariz recta, los labios que ahora estaban entreabiertos como si me estuviera ofreciendo su boca sin decir una palabra. Me acerqué más, hasta que sentí su aliento en mis labios, hasta que supe que iba a besarla, que ella también lo sabía.

Pero no lo hice. No aún.

En vez de eso, le desabroché el resto de los botones de la blusa. Con lentitud. Con respeto. Como si cada uno fuera una puerta que solo yo iba a abrir.

La blusa se deslizó por sus hombros y cayó al suelo. Llevaba un sostén negro de encaje, fino, con detalles de satín. Me detuve. La miré. Ella me devolvió la mirada, sin vergüenza, con los ojos brillantes.

—¿Te gusta? —preguntó, con una voz que parecía salída de un sueño.

—Mucho —respondí, y por fin le toqué el pecho. No con ansiedad, sino con devoción. Mis dedos rozaron el encaje, luego bajaron hasta su cintura, y luego más abajo, hasta el borde de su falda.

—Pero yo quiero sentir tu piel —dije—. Quiero sentir cómo te tiembla cuando te toco.

Ella asintió, y se quitó la falda por sí misma, dejándola caer en el suelo con un sonido seco. Llevaba una entrepierna de encaje que coincidía con el sostén, y debajo… debajo no llevaba nada. La curva de su muslo, la suavidad de su vientre, el vello oscuro que brillaba con la luz tenue del balcón. Todo estaba ahí, ofrecido, pero no como un regalo. Como una confesión.

Me quitó la camiseta de manga larga que llevaba puesta, y con ella el resto de mis dudas. Sus manos bajaron por mi pecho, lentas, como si estuviera leyendo una historia que ya conocía.

—¿Sabes cuántas noches he pensado en esto? —me susurró al oído, mientras me jalaba la cintura hacia ella—. En tus manos, en tu voz, en cómo me miras cuando crees que no me doy cuenta.

No dije nada. En su lugar, la tomé de la nuca y la besé.

Fue un beso lento, húmedo, con sabor a vino y a lluvia. Ella abrió la boca, y yo entré con la lengua, buscando su sabor, buscando su calor, buscando todo lo que no me había atrevido a buscar durante años. Me respondió con una suavidad que me hizo temblar, con una entrega que me hizo sentir que por fin estaba en casa.

La llevé a la cama, sin prisa, sin perder el contacto visual. Cuando se recostó, la cubrí con mi cuerpo, sintiendo cómo su piel se pegaba a la mía, cómo sus caderas se arqueaban hacia mí, cómo me pedía más sin decir palabra.

Le despojé del sostén, y ella gimió suavemente cuando mis labios tocaron su pezón. Lo chupé con ternura, con calma, mientras le acariciaba el muslo con la mano que no estaba ocupada. Sus manos se perdieron en mi cabello, sus dedos apretando, soltando, pidiendo y agradeciendo a la vez.

—Dime qué quieres —le dije, mientras bajaba más, rozando su ombligo con la punta de la lengua.

—Quiero que me coger… quiero que me chingues como si no hubiera un mañana —dijo, y sus palabras me encendieron como un disparo.

Me levanté un momento, me despojé de los pantalones y la ropa interior, y cuando volví, me subí a la cama con ella, con el cuerpo tieso de deseo, con la verga dura y lista.

Le abrí las piernas con la mano, la besé en la frente, luego en los ojos, y finalmente entre los muslos, donde ya estaba mojada, donde ya me estaba esperando.

No la follar de entrada. Le lamió su clítoris con suavidad, con dedicación, hasta que empezó a mover las caderas, hasta que sus gemidos se volvieron más fuertes, más salvajes. Me pidió más, me suplicó con la voz rota, con los ojos cerrados, con las uñas clavadas en mis brazos.

—Por favor, Luis… por favor, quiero tu verga… quiero sentirte dentro de mí…

Me puse entre sus piernas, la tomé de las nalgas, y con un solo movimiento lento, la entré hasta el fondo. Ella gritó. Un grito bajo, gutural, de alivio, de entrega, de satisfacción absoluta.

Y empecé a moverme. Con calma al principio, con una intensidad que no era mía, sino que venía de ella, de su cuerpo que me pedía más y más. Sus nalgas se apretaban contra mí, sus caderas buscaban el ritmo, y yo la cogía con fuerza, con ganas, con todo lo que no había podido decir en palabras durante años.

—Estás tan rico dentro de mí… —susurró—. Tan grande… tan mío.

No me detuve. La follar hasta que su cuerpo se estremeció con un orgasmo que la sacudió como un terremoto, hasta que sus uñas me arrancaron sangre en la espalda, hasta que ella se quedó sin respiración y yo me dejé llevar, hasta que mi verg

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