La noche que mi vecina me pidió que le mamar el pito
7 minLa noche que mi vecina me pidió que le mamar el pito
Yo soy el que vive en el apartamento 304, el del fondo, con el balcón medio oxidado y esa planta de plástico que no se le cae la hoja desde 2018. Ella vive en el 303, la puerta de al lado, la que siempre huele a café recién hecho y a ese perfume barato pero que le queda bien: algo dulzón, como vainilla quemada. Se llama Diana. Treinta y tantos, dos hijos con un ex que ya ni recuerdo cómo se llamaba, y una risa que suena como cascabeles en una moto.
Era viernes, 13 de junio, un día que el calor en Medellín no te dejaba respirar ni siquiera con el ventilador en máxima. Yo estaba en calzoncillos, tomando una cerveza tibia frente a la tele, cuando escuché un golpe suave en mi puerta. No era el tono del timbre, era el golpe seco, rápido, con los nudillos. Como cuando alguien tiene prisa o vergüenza.
Abrí. Diana estaba ahí, con una camiseta de algodón gris, muy grande, que le llegaba hasta los muslos. No llevaba calcetines. Los pies descalzos, los pies que siempre me han parecido lindos: planos, con los dedos un poco separados, uñas sin esmalte. Pero lo que más me llamó la atención fue el color de su cara: roja, sudorosa, los labios entreabiertos, como si acabara de correr desde su casa.
—¿Me dejas entrar? —dijo, y su voz sonó ronca, distinta.
No le pregunté por qué. Nadie en este edificio pregunta mucho. A veces te dejan el pan en la puerta, otras veces te miran como si fueras un fantasma. Pero Diana nunca me había mirado así. No como vecina, no como la mamá de los niños del piso de arriba. Como una mujer que tiene algo que decir, y ya decidió decirlo.
Me hice a un lado.
Ella entró sin decir nada, se sentó en el sofá, cruzó las piernas y se llevó una mano al pelo, como si lo estuviera peinando, pero en realidad lo deshacía. Me miró fijo.
—Sé que tienes novia —dijo—. Pero no es por eso.
Me quedé callado, tomando un trago de cerveza. No iba a juzgarla. No iba a decirle nada que la pusiera en peligro.
—Hoy me llamó mi ex —siguió—. Quería ver a los niños. Y me dijo cosas… cosas que no necesito escuchar. Y me puse a llorar, Valentina. No pude parar. Me senté en el piso, en la cocina, y lloré como una perra. Hasta que… hasta que sentí que algo dentro de mí se rompió. Y pensé: *ahí está, la salida*. Tú.
Me paré. Me acerqué despacio, como si estuviera frente a un perro asustado.
—¿Qué necesitas, Diana?
Ella me miró con los ojos húmedos, con una sonrisa que no llegaba a los labios.
—Que me mames el pito.
Me quedé quieto. No por sorpresa, sino porque mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. El corazón me dio un golpe en el pecho, como si hubiera escuchado esa frase antes, en otro sueño, en otra vida.
—¿Aquí? —pregunté.
—Aquí. Ahora. Antes de que me dé cuenta de que soy una idiota y me levante y me vaya.
Me arrodillé frente a ella, sin pedir permiso, sin hacerme el interesante. La camiseta subió un poco cuando ella separó las piernas. No llevaba ropa interior. Solo la tela suelta, que le colgaba de la cintura. Me miró con los dientes apretados, como si estuviera conteniendo algo fuerte.
—Está duro ya —susurró—. Desde que te llamé.
Le acaricié el muslo con la mano temblorosa. Piel suave, caliente. Subí más, lentamente, hasta sentir el borde de su pubis. Ya mojada. No era agua, era deseo. Me pasé la lengua por los labios y le dije, en voz baja:
—Dime si quieres que pare.
Ella no respondió. Solo jalo de mi camiseta, me tiró hacia adelante y metió mis dedos dentro de su vagina. La sentí contra mi boca, húmeda, caliente, como un horno recién encendido. Me abrió las piernas más, me pidió que me inclinara, que la tocara.
—No te detengas —dijo—. Si te detienes, me rindo.
Y la toqué. Le metí dos dedos, hondo, mientras con la otra mano le frotaba el clítoris. Ella gimió, una sonrisa fugaz, los ojos cerrados, la cabeza hacia atrás. Sus caderas se movieron solas, como si ya las hubiera entrenado para eso.
—Sí… sí… así —dijo—. Me gusta que me mames sin miedo.
Le abrí los labios con los dedos y le metí la lengua. Sabor a sal, a sudor, a café con leche. Le lamí el clítoris, una, dos veces, con suavidad, como si fuera algo frágil. Pero ella me pidió más.
—Más fuerte. Que me lo muerdas si quieres.
Y lo hice. Le mordí el clítoris con suavidad, solo un poco, y ella gritó, una voz aguda, que ni ella misma parecía reconocer. Se sujetó de mi cabeza, me empujó más contra ella, y yo le metí tres dedos, curvándolos, buscando su punto blando, el que le hacía temblar.
—¡Sí! ¡Ahí! ¡Dime que me lo estás comiendo! —me pidió—. ¡Dímelo!
—Te lo estoy comiendo, Diana —dije, entre besos y lamidas—. Te lo estoy comiendo como si fuera lo único que queda en el mundo.
Ella se llevó mi mano a la entrepierna. Me desabrochó el cinturón, me bajó la cremallera y me sacó el pito. Ya duro, ya pegado al pantalón. Le dije:
—¿Quieres que lo meta?
—Sí —dijo, sin dudar—. Pero primero… quiero que me lo mames hasta que me corra en tu boca.
Y así lo hice. Le lamí de abajo hacia arriba, le chupé el clítoris como si fuera un dulce, le mordí los labios de la vulva, le chupé todo, hasta que ella empezó a temblar, hasta que sus piernas se le quisieron doblar.
—¡Valentina! ¡No puedo más! —gritó—. ¡Me voy a correr!
Y se corrió. Con los ojos cerrados, con la boca abierta, con un gemido que no sonó humano. Un grito que salió de lo más hondo, como si estuviera sacando algo que llevaba años guardado. Su vagina se contrajo alrededor de mis dedos, sudorosa, caliente, como un corazón latiendo.
Me puso la mano en la cara y me besó la frente.
—Gracias —dijo—. Me sentía rota. Y ahora no.
Me levanté, me quité la camiseta y la besé. Le pasé la lengua por el cuello, por la oreja, por el pecho. Le levantó la camiseta y le chupé los pechos, uno por uno. Pequeños, firmes, con pezones que se le ponían duros apenas los tocaba. Ella me ayudó a bajarme los pantalones y el calzoncillo.
—¿Te importa si usocondón? —le pregunté.
—No. Pero quiero que lo sientas todo. Que sepas cómo soy cuando te tengo dentro.
Le abrí las piernas. Me puse entre ellas. Colocué el pito en su entrada. Ya se abrió sola. Me metí poco a poco, hasta sentir su fondo. Se sintió como llegar a casa después de años. Cálido, seguro, perfecto.
—Estás tan adentro… —susurré.
—Muevete —dijo—. Que me lo estés metiendo como si fuera lo único que importa.
Y empecé a moverme. Lentamente, para no agotarla. Pero ella me pidió más. Me pidió que la tomara con fuerza, que le diera con las caderas, que la hiciera gritar como una loca. Y lo hice. La tomé de las caderas, la levanté un poco, y la clavé contra mí. Ella se aferró a mis hombros, le metí los dedos al clítoris y le dije:
—Ven, ven conmigo. Que nos vayamos juntos.
Y así fue. Ella se corrió otra vez, esta vez conmigo. Su vagina me apretó, me chupó, como si no quisiera soltarme. Y yo me corrí dentro de ella, con la boca pegada a su cuello, mordiéndole la oreja, susurrándole cosas que no importan. Solo importaba el calor, el sudor, el sonido de su respiración.
Cuando todo terminó, se quedó recostada sobre mí, con la camiseta subida hasta el pecho, los pechos aún hinchados, la vulva húmeda. Me acarició el pelo.
—¿No te arrepientes? —me preguntó.
—No. Y tú.
—Tampoco.
Se levantó. Se puso la camiseta. Se secó con una toalla. Me besó en la mejilla.
—Mañana seguimos siendo vecinos.
—Claro —dije—. Y
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Sexo con sonrisa. Me gustan las situaciones cotidianas que se salen de control, el humor y lo que pasa cuando dos personas se atreven.