La noche que mi vecina me dejó verla desnuda mientras se acicalaba para su cita
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La primera vez que la vi a través de la rendija entre las persianas, estaba sentada frente al espejo del baño, con una toalla envuelta en el pelo y la piel aún húmeda por la ducha. Emilia —así se llamaba— no sabía que yo vivía en el piso de al lado, ni que mi ventana daba exactamente a la suya. Yo solo había notado antes su silueta tras las cortinas, su risa cuando hablaba por teléfono, pero aquella noche, con la luz cálida de la lámpara de noche proyectando sombras suaves sobre su cuerpo, supe que era la oportunidad perfecta para quedarme quieto y observar.
Era más alta de lo que parecía, con caderas anchas, pechos redondos y firmes que se balanceaban ligeramente cada vez que se secaba el cuello con la toalla. Se quitó la tela con lentitud, dejando al descubierto su piel morena, ligeramente bronceada por el sol de julio. Sin vergüenza, sin prisa, se inclinó hacia el espejo para revisarse la espalda, separando las nalgas con las manos mientras se frotaba crema hidratante. Sus dedos, largos y elegantes, trazaban círculos sobre su piel, bajando lentamente hasta rozar la curva de sus muslos, donde ya se vislumbraba el vello pubiano, oscuro y bien recortado.
Sentado en mi cama, con la respiración contenida y el pene ya duro contra el tejido de los calzoncillos, me recordé que no era un pervertido: era un hombre normal, solo que tenía la suerte de tener una vecina que jugaba con fuego. Me mantuve en silencio, con las manos apretadas sobre las rodillas, viendo cómo se maquillaba con precisión de bailarina de flamenco: delineador negro en los ojos, rubor en las mejillas, labios pintados de rojo intenso. Se pasó la lengua por el diente canino mientras se examinaba en el espejo, como si estuviera probando cómo le quedaba la expresión.
Entonces, de pronto, se giró hacia la ventana —o eso creí— y se detuvo. Me puse rígido, como si pudiera desaparecer entre las sombras del cuarto. Pero ella no se asustó. Solo sonrió, pequeña, juguetona, y se acercó lentamente hasta el cristal. Me miró directamente a los ojos. Yo no parpadeé. Tampoco aparté la mirada. Y entonces, con una lentitud deliberada, se separó el cabello de los hombros, se pasó los dedos por el cuello, bajó la mano hasta el pecho y, sin romper el contacto visual, se arrancó el sostén que aún llevaba puesto. Los pechos le saltaron suaves, redondos, con pezones pequeños y oscuros que se erizaron al contacto con el aire frío.
Me lamí los labios sin darme cuenta. El pene ahora estaba tieso, pesado, sudoroso. Ella inclinó la cabeza, como preguntándose si debería seguir. Y lo hizo. Se agachó ligeramente, se pasó una mano por el costado del cuerpo, bajó hasta la cintura, y con dos dedos, se separó los labios de la vagina. Me mostró su sexo, húmedo, rosado, con el clítoris ya ligeramente hinchado. No se tocó, no se frotó, solo se sostuvo allí, expuesta, mientras me miraba y sonreía.
No dije nada. No hizo falta. Me desabrochó la bragueta con la mirada y yo le respondí con la mano, soltando el pene que ya palpitaba con fuerza. Me tomó un segundo sacarlo, otro para sujetarlo con la palma y moverlo suavemente, como si lo acariciara solo para ella. Ella suspiró, casi imperceptiblemente, y se giró lentamente, poniéndose de espaldas al espejo, inclinándose hacia adelante, abriendo las piernas con un movimiento suave y seguro. Se tocó los pechos, se los apretó con ambas manos, y con la otra mano se deslizó entre las piernas, hundiendo dos dedos en su vagina con una lentitud que me heló la sangre.
Nunca me había sentido tan vivo. Me corrí con los ojos clavados en el espejo, viendo cómo su cuerpo se estremecía, cómo su respiración se entrecortaba, cómo su mano seguía moviéndose entre sus muslos con una precisión que solo quien sabe lo que busca puede tener. Me corrió dentro de la mano, espesa y blanca, mientras ella se mordía el labio inferior y cerraba los ojos, entregada por completo al juego que habíamos iniciado sin hablar ni prometer nada.
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Creo en el erotismo de la buena prosa. Romance, elegancia y esa pasión clásica que no necesita ser vulgar para encender.