La noche que mi vecina me dejó la puerta entreabierta

La noche que mi vecina me dejó la puerta entreabierta

@el_forastero ·5 de junio de 2026 · ★ 4.4 (22) · 357 lecturas · 7 min de lectura

En la primera planta del edificio viejo pero bien cuidado de la calle 47 con carrera 7, donde el aire huele a café recién hecho, a jabón de tocador y a polvo de madera vieja, vive Daniel. Treinta y tantos años, físico normal, pelo castaño desordenado por acostumbrarse a dormir sin alisar, y una sonrisa que rara vez llega hasta los ojos. Trabaja en una oficina de seguros desde hace ocho años. Su vida, hasta esa noche, había sido un susurro: rutina, cafecito con leche, noticias del deporte, y a veces, si el ánimo lo acompañaba, una llamada larga con su hermana. Pero aquella noche, con el cielo oscuro y la ciudad respirando lentamente, todo cambió.

Eran casi las once y media. Daniel había llegado a casa con un dolor de cabeza sordo, producto de una reunión interminable donde su jefe le había regañado por un error de tipeo en un informe. Se descalzó en la entrada, dejó las llaves sobre la mesa de madera oscura que su abuela le había dejado, y se dirigió al baño. Se mojó la cara con agua fría, miró su reflejo en el espejo empañado: ojos cansados, cejas fruncidas, labios apretados. “Nada que no se arregle con un buen baño y una cerveza”, murmuró, y cerró la llave del grifo.

Mientras esperaba que la bañera se llenara, salió a la cocina a sacar una Postobón de mango del refrigerador. Justo cuando abría la puerta del frente para devolver la botella vacía al basurero del pasillo, escuchó el sonido familiar: el click suave de la puerta de la vecina abriéndose. Era Laura. La nueva vecina. Había mudado hacía apenas tres semanas, y hasta entonces, Daniel solo la había saludado dos veces: una cuando subió sus maletas con ayuda de un ascensor que parecía a punto de estallar, y otra en el ascensor mismo, cuando ella llevaba un ramo de claveles blancos y olía a lluvia y a algo dulce, como vainilla con miel.

Esa noche, Laura no llevaba claveles. Llevaba una bata de algodón color crema, ceñida en la cintura con un nudo flojo. Sus cabellos, oscuros y ondulados, le caían hasta los hombros, y sus pies descalzos apenas hacían ruido sobre el piso de baldosa. Daniel, con la botella en la mano, la miró sin disimulo, sin vergüenza, como quien mira una luz que de repente se enciende en la oscuridad.

—¡Ah, disculpe! —dijo ella, sorprendida, pero sin cerrar la puerta. Al contrario, la dejó entreabierta, como si la sombra que se formaba detrás de ella le hiciera gracia.

—No, no hay problema —respondió Daniel, y se dio cuenta de que su voz sonaba más grave de lo habitual, como si hubiera tragado una piedra y la estuviera dejando caer en el fondo del pecho.

Ella sonrió, lento, como si el gesto le costara poco esfuerzo, pero mucho placer. Tenía los labios gruesos, bien dibujados, y una pequeña cicatriz en la mejilla izquierda que, a la luz del pasillo, parecía hecha a propósito para enmarcar su sonrisa.

—¿Le pasa algo? —preguntó ella, mientras se ajustaba la bata con un dedo—. Parece cansado.

—Estaba bien hasta que la vi.

Ella se rió, una risa baja, gutural, que Daniel sintió más en el estómago que en los oídos. Se mordió el labio inferior, y por un instante, Daniel pensó que tal vez no era su imaginación: que tal vez sí había algo entre ellos, algo que había estado latente desde el primer día que ella subió las escaleras con los cabellos mojados y una sonrisa que no era para el mundo, sino para alguien específico.

—Pase —dijo ella, abriendo un poco más la puerta. Y como si lo hubiera invitado a algo más que a tomar un café, agregó—: O si prefiere, me la devuelvo yo.

Él entró sin pensarlo. No fue una decisión, sino un acto de confianza, como cuando uno se deja caer en una cama que ya conoce aunque nunca haya dormido en ella. La casa de Laura era pequeña, pero con un aire de comodidad que Daniel admiró en silencio: paredes color miel, un sofá de terciopelo verde con cojines desordenados, una mesa baja con un libro abierto y una taza de té medio vacía. Y en el aire, esa mezcla de vainilla y lluvia, que ahora le parecía más intensa, más personal.

—¿Te paso algo de comer? —preguntó Laura, ya dentro de la cocina, con las manos apoyadas en el mostrador—. O mejor aún… ¿quieres que te lo quite?

Él la miró, y por primera vez, no desvió la vista. La luz del extractor iluminaba su perfil: la curva de su cuello, el nacimiento del seno bajo la tela fina de la bata, la manera en que su respiración se aceleraba, apenas perceptible, como el temblor de una hoja al borde del viento.

—Sí —dijo Daniel, y el “sí” salió más ahogado, más húmedo, como si lo hubiera escupido desde lo más profundo.

Ella se acercó. No corrió, no se apresuró. Caminó con la seguridad de quien sabe que el tiempo le pertenece. Se detuvo frente a él, tan cerca que Daniel sintió el calor de su cuerpo, el leve movimiento de sus pechos al respirar. Con una mano, le tomó la barbilla y lo obligó a mirarla a los ojos. Con la otra, le desabrochó la primera botona de la camisa.

—Hace semanas que te miro —susurró—. Cada vez que subes las escaleras, cada vez que saludas al portero, cada vez que te quedas en la terraza con tu cerveza… me pregunto cómo sería tu piel.

—¿Y ahora lo sabes? —preguntó él, con la voz rota, pero con una sonrisa que por fin llegaba hasta los ojos.

—Vamos a descubrirlo —dijo ella, y lo tomó de la muñeca.

Lo condujo al sofá, lo sentó, y se arrodilló frente a él. Con lentitud, como si cada segundo fuera un verso de un poema que no quería terminar, le desabrochó la segunda botona, luego la tercera. Sus dedos rozaban su pecho, su ombligo, y cuando llegó a la hebilla del cinturón, Daniel dejó escapar un suspiro que no sabía que estaba conteniendo.

—No te apresures —dijo ella, y le acarició la cara con la palma—. Hoy no hay prisa. Hoy somos solo tú, yo, y este silencio que ya no es incómodo.

Se quitó la bata, dejándola caer al suelo como si fuera un disfraz viejo. Bajo ella, no llevaba nada. Sus pechos eran redondos, firmes, con areolas oscuras y pezones que se erizaron al contacto con el aire frío. Daniel, sin pensarlo, los tocó con las yemas de los dedos, sintiendo cómo reaccionaban, cómo se endurecían como frutas maduras al sol.

—Dime qué sientes —le pidió ella, y él no mintió.

—Rico. Muy rico. Como si nunca hubiera estado aquí antes.

Ella se inclinó y besó su ombligo, luego bajó más, hasta el borde de sus pantalones. Con los dientes, le desabrochó el cierre, y luego lo bajó lentamente, acompañado por la ropa interior de algodón. Daniel se levantó un poco para quitárselos, y cuando quedó solo en la ropa interior, ella le puso las manos en las caderas y lo empujó hacia atrás, contra el sofá.

—Ahora tú —dijo ella—. Muéstrame cómo te gusta que te mame.

Él no tuvo que pedirle dos veces. Se recostó, con las manos en la nuca, y ella se acomodó entre sus piernas. Con la boca entreabierta, le rozó el pito con la punta de la lengua, y Daniel cerró los ojos, sintiendo cómo el calor de su aliento le subía por la columna vertebral.

—¿Así? —preguntó ella, y lo tomó entre los labios, suavemente, como si fuera algo valioso.

Daniel arqueó la espalda, soltó un gemido que le sonaba ajeno. Ella lo mamiaba con pausa, con control, con la sabiduría de quien ya ha estado allí, en ese lugar oscuro y sagrado. Sus manos le acariciaban los testículos, los apretaba con ternura, y cuando lo sintió temblar, lo tomó con más fuerza, lo sumergió hasta la base, y lo sacó con un chasquido húmedo.

—No quiero que te vayas sin que yo también me acuerde —dijo ella, y se levantó, lo tiró suavemente sobre el sofá, y se subió encima de él.

Se sentó sobre su erecto pito, lo guió con la mano, y lo empujó dentro de ella, lento, como si cada centímetro fuera un beso. Daniel la miró mientras se hundía en ella, mientras sus caderas se movían al ritmo de una música que solo ellos escuchaban. Ella se inclinó hacia adelante, tomó uno de sus pezones entre

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