La noche que mi vecina me dejó cogerla en el balcón
4 minLa noche que mi vecina me dejó cogerla en el balcón
Vos sabés cómo es eso: cuando vivís en un edificio chico, donde las paredes no callan nada, y el aire de la calle entra pegado a los vidrios, con el ruido del tránsito y el olor a asado de la parrilla de al lado. Yo estaba en mi balcón, medio oculto detrás de la maceta de albahaca, tomando un vino barato mientras fumaba un cigarro y miraba cómo se ponía el sol sobre los techos de chapa. Era viernes, hacía un calor que no daba respiro, y el cielo se tiñó de naranja como una herida abierta.
Entonces, escuché el sonido de la puerta de su departamento: el cerrojo que se desliza, el crujido del piso de madera cuando camina descalza. Mi vecina, Lucía. La miraba desde hacía semanas sin atreverme. Alta, con caderas anchas, pechos que se movían con un peso propio, y una piel morena que brillaba con el sol de la tarde. Siempre usaba faldas cortas, medias de red, y un perfume a jazmín que le llegaba hasta el fondo del pasillo. Yo la veía desde lejos, desde mi rincón de madera y sombra, y me excitaba solo con el rumor de sus pasos, con el modo en que se sacudía el pelo cuando se lo desataba.
Esa noche, en lugar de cerrarse en su departamento, se detuvo en el balcón contiguo, el que daba al mío. Nos miramos. No hubo saludo, no hubo disimulo. Solo esa mirada larga, que se deslizó por mi cuerpo como una lengua, como una mano. Yo me paré. Me apagué el cigarro. Me relajé los botones de la camisa, de a uno, con lentitud, para que ella pudiera ver cómo me ponía duro solo con verse observada.
—¿Viste eso que dije ayer en el ascensor? —preguntó, con la voz un poco ronca, como si le costara decirlo.
—No te escuché —mentí, sabiendo que sí.
—Que si quería venir a verme alguna vez —rio, un poco nerviosa, pero sin apartar los ojos de mí—. ¿Te acordás?
Me acerqué a la reja que nos separaba, de hierro forjado, y apoyé las manos sobre ella, sentí el calor del sol que aún se aferraba al metal. Ella se acercó también, hasta quedar a menos de veinte centímetros, con la falda subida un poco por el viento, mostrando la entrepierna oscura de sus calzoncillos.
—Sí —dije—. Pero pensaba que era un chiste.
—No era un chiste —susurró—. Hoy no tenés nada que hacer, ¿no?
—Nada que no pueda postergar —respondí, y me pasé la lengua por los labios, como invitándola a adivinar lo que iba a pasar.
Ella dio un paso al costado, abrió la puerta de su balcón, y me miró con una sonrisa de perra contenta: —Vení, then. Si no te arrepentís después.
No lo hice. Subí la escalera de metal, cada escalón sonaba como un latido acelerado, y cuando puse un pie en su balcón, el aire se volvió más denso, cargado de su perfume y del calor de su piel. Me agarró del cuello, me tiró hacia adelante, y me besó con los labios temblorosos, la lengua que me buscaba como si me conociera desde siempre.
—Después de esto, no me tenés que responsible —dije, casi sin aire.
—La responsabilidad la dejé en la puerta de mi departamento —rió—. Ahora solo tenés que agarrar lo que querés.
Me desabrochó el pantalón, sacó mi pene, ya duro como una piedra, y lo acarició con la palma, lenta, jugando con la cabeza. Yo me incliné y le bajé la falda, los calzoncillos, y la encontré allí, húmeda, con los labios abiertos, brillantes, como una flor que aguarda la lluvia. Me arrodillé, le abrí con las manos, y le metí la lengua adentro, saboreándola, chupándole el clítoris hasta que gimió, alta, desesperada.
—No aguanto más —dijo—. Quiero que me la metás. Ahora.
Me paré, me puse el condón, y la tomé de la cintura. La subí un poco, apoyé su espalda contra la reja, y le abrí las piernas. Se aferró a mis hombros, con las uñas clavadas, y me pidió con voz de súplica: —Dame todo lo que tengás. Garchame como una perra.
Y lo hice. La clavé adentro, lento, hasta la raíz, sentí su piel sudada, su cuerpo temblando, su respiración entrecortada. Empecé a moverme, con una cadencia que era más que sexo: era tensión, era deseo contenido, era una promesa cumplida. Cada embestida la hacía saltar, los pechos le rebotaban, la reja vibraba contra su espalda, y yo la miraba a los ojos, viendo cómo perdía el control, cómo se dejaba llevar, cómo se venía con un grito que me sacudió hasta los huesos.
—¡Sí! ¡Sí! ¡Me la estás metiendo hasta el fondo! —gritaba—. ¡Me estás cogiendo como una loca! ¡Santiago, mi pija, mi pija!
Cuando yo llegué, la sentí temblar, la apreté contra mí, y la corrí adentro, hasta el último goterón, mientras ella me besaba el cuello, me lamiendo el sudor, como si no quisiera perderme ni un segundo.
Después, se deslizó por el suelo, se arrodilló, y
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Mirar también es tocar. Me fascina el detalle, la tensión de lo que se observa sin que el otro lo sepa. El voyeur soy yo, y a veces tú.