La noche que mi mujer y yo cogimos a la vecina
4 minLa noche que mi mujer y yo cogimos a la vecina
Yo nunca pensé que íbamos a hacerlo. No de verdad. Pero Claudia, mi mujer, me miró con esos ojos de gata que solo pone cuando quiere algo y no le importa cómo lo consiga. Y yo, como siempre, me rendí. Esa noche, la vecina —Marisol— se quedó a dormir. No por accidente. No por borrachera. Porque Claudia le dijo, con la voz baja y clara como un cuchillo en la mantequilla: “Queremos que te quedes. Queremos verte desnuda. Queremos tocarte.”
Marisol no dudó. Solo se quitó la camiseta. Y ahí, en el living, con la luz de la luna entrando por la ventana como si la propia noche nos estuviera mirando, vimos sus pechos. Pequeños, redondos, con pezones oscuros que se le pusieron duros enseguida. Yo no dije nada. Solo me desabroché los pantalones. Claudia me miró, sonrió, y se acercó a Marisol. Le besó el cuello, le mordió la clavícula, le pasó la lengua por el pecho como si lo estuviera saboreando. Marisol suspiró, cerró los ojos, y se dejó llevar.
Yo me puse detrás de ella, le apreté las nalgas con las manos, sentí el calor de su piel, el sudor, el olor a jazmín y a mujer. Le bajé los pantalones con cuidado, lentamente, como si fuera a desvestir a una diosa. Y cuando vi su culo, redondo, terso, con esa curva que se hunde justo antes de las piernas, me quedé quieto. Claudia se giró, me miró, y me dijo: “Tú también la quieres, ¿no?”
Asentí. No dije nada. Solo me deslicé por atrás, le abrí las piernas con las rodillas, y le metí la verga entre los glúteos. Ella se movió, se apoyó en el sofá, y yo la empujé, despacio, como si fuera a romperla. Pero no. Solo la sentí. Su cuerpo, su calor, su respiración entrecortada. Claudia se puso de rodillas frente a Marisol, le abrió la boca con los dedos, y le metió la lengua adentro. Marisol gimió, y yo le di un empujón más fuerte. La verga se deslizó entre sus nalgas, mojada por su propio sudor, por su deseo. Ella se estremeció, y Claudia la besó más profundo.
“Quiero que la cogas de frente,” dijo Claudia, y se levantó. Se quitó el vestido, y ahí estaba ella, toda ella: tetas firmes, pezones como cerezas, la entrepierna brillante. Se acercó a mí, me tomó la verga con la mano, y la llevó hasta la boca de Marisol. “Abre,” le ordenó, y Marisol lo hizo. La verga entró en su boca como si fuera lo único que había estado esperando. Se la chupó con hambre, con la lengua en la base, con los labios apretados. Yo cerré los ojos. Sentí que me iba a correr ahí mismo.
Claudia se subió al sofá, se sentó encima de Marisol, y me miró. “Ahora tú,” dijo. Yo entendí. Me bajé los pantalones hasta los tobillos, me arrodillé, y le metí la verga dentro de Claudia. Ella gritó, bajó la cabeza, y se puso a chuparle la teta a Marisol mientras yo la clavaba. Marisol, con la verga aún en la boca, me miró con los ojos vidriosos. “Más,” susurró. Y yo la clavé. Con cada embestida, Claudia se movía, se retorcía, se mordía el labio. Marisol se deslizó hacia atrás, y yo la tomé de las caderas, la levanté, y la puse sobre mí. Se sentó, lentamente, y se metió mi verga hasta el fondo.
Fue entonces cuando todo explotó. Ella se inclinó hacia atrás, las tetas en el aire, y yo la cogí con las manos, la sujeté, y la empujé hacia abajo. Ella gritó, y Claudia se le metió la lengua en la boca. Marisol se corrió. Se desgarró, se sacudió, y yo sentí su vagina apretándome como un puño de fuego. No pude contenerme. Me corrí dentro de ella, con ganas, con rabia, con todo lo que no había dicho en años. Claudia también se corrió, y gritó mi nombre como si fuera la última palabra que iba a pronunciar.
Cuando terminamos, nos quedamos así: tres cuerpos pegados, sudorosos, sin aliento. Marisol se deslizó hacia un lado, y Claudia se acurrucó en mi pecho. Marisol se levantó, se puso la camiseta, y nos miró. “No lo vamos a volver a hacer,” dijo.
Claudia la miró, sonrió, y le dijo: “Sí lo vamos a hacer.”
Y yo, con la verga aún mojada, con el olor de su sexo en la piel, con las manos temblando, le dije: “Mañana, a la misma hora.”
Marisol se fue sin despedirse. Pero al día siguiente, a las ocho de la noche, tocó el timbre. Y esta vez, no era sola. Traía una botella de tequila, y una amiga. Claudia me miró. Yo le sonreí. Y sin decir nada, le abrí la puerta.
No volvimos a hablar de lo que pasó. Pero cada noche, desde entonces, cuando el sol se pone y la calle se calla, alguien toca el timbre. Y siempre, siempre, alguien se queda.
Y yo, cada vez, me desabrocho los pantalones antes de abrir.
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