La noche que mi jefa me chingó en el elevador

@valeria_storm ·19 de marzo de 2026 · ★ 4.4 (10) · 69 lecturas · 5 min de lectura

Yo no sabía que iba a pasar. Solo tenía el celular en la mano, la camisa medio desabrochada por el calor de la oficina y el cansancio de un viernes que no terminaba. Ella entró sin decir nada, con ese olor a jazmín y tabaco frío que siempre lleva puesta, como si fuera su perfume de guerra. No llevaba tacones, solo unas sandalias de cuero que le marcaban los dedos como si fueran parte de ella. Me miró de arriba abajo —no con esa mirada de jefa, sino con la de alguien que ya decidió lo que iba a hacer— y apretó el botón del 12.

—¿Tú también te quedas? —preguntó, sin moverse del rincón.

—Sí, jefa. —Respondí como siempre, con la voz un poco más grave de lo normal. Pero ella no se movió. Ni un centímetro. El elevador se movió, y el aire se volvió más denso, como si alguien hubiera encendido un fogón dentro de la cabina.

No dije nada. Ella tampoco. Solo se acercó, muy poco, hasta que su cadera rozó la mía. Sentí el calor de su piel a través de la tela del vestido, y su mano, esa mano que firmaba mis evaluaciones y me decía “no te pases”, se posó en mi pecho. No con fuerza. Con intención.

—¿Tú crees que me gusta que me llames “jefa”? —me preguntó, casi sin mover los labios.

—No lo sé. —Respondí, con la garganta seca como arena.

Ella sonrió. Esa sonrisa que no llega a los ojos, pero sí a la boca, y luego a la entrepierna, porque yo lo sentí. Su cuerpo se pegó más, y su cadera se movió contra la mía, lento, como si estuviera bailando conmigo sin música. Su verga ya estaba dura, y la suya, no tan lejos, me estaba mojando el pantalón con cada roce.

—Entonces déjame enseñarte —dijo, y antes de que pudiera reaccionar, su mano bajó, rápida, segura, y me agarró la verga por encima del pantalón. No me preguntó. No pidió permiso. Simplemente lo hizo. Y yo... yo no pude moverme. Ni respirar.

—¿Te gusta que te toque así? —susurró, apretando un poco más, como si estuviera probando la textura de un vino caro.

—Sí —dije, y fue la primera vez en mi vida que dije “sí” sin miedo.

Ella se inclinó, y su boca se posó en mi cuello, mordiendo con cuidado, como si fuera a hacerme un tatuaje con los dientes. Su lengua trazó un camino hasta mi oreja, y me susurró:

—Te he visto mirarme desde la cafetería. Te he visto esperar a que me fuera. Te he visto... chuparte el labio cuando te hablo de los reportes. ¿Crees que no lo noto?

No respondí. No podía. Estaba en llamas. Su mano ya tenía el botón del pantalón deshecho, y el cierre bajado. Su dedo, ese dedo que firmaba cheques y aprobaba licencias, ahora me acariciaba por dentro del calzoncillo, lento, como si estuviera desgarrando una cinta de regalo. Y cuando me tocó la punta, yo gemí. No un gemido suave. Un gemido de esos que salen del hígado, del alma, de la puta mierda que llevas dentro y que nunca has dejado salir.

—Eso —dijo—. Eso es lo que quiero oír.

Me metió la mano dentro del pantalón, y su tacto fue como un rayo. No era suave. No era tierna. Era hambre. Era necesidad. Me agarró con tanta fuerza que casi me hizo doblar las rodillas. Su otra mano me tomó la nuca, y me obligó a mirarla. Sus ojos no estaban vidriosos. Estaban claros. Como si estuviera completamente consciente de lo que estaba haciendo. Y yo también lo estaba.

—¿Quieres que te chingue aquí? —preguntó, y su voz no era de jefa. Era de mujer. De mujer que ya no aguanta más.

—Sí —dije, y esta vez no dudé.

Ella soltó mi verga, se bajó el vestido por la cintura, hasta que su culo quedó al aire, y sin decir nada, se sentó sobre mis piernas, como si fuera la silla más cómoda del mundo. Me metió la verga adentro con un solo movimiento. No fue lento. No fue suave. Fue como un clavo en la madera. Y yo grité. No por dolor. Por liberación.

Ella se movió. Arriba. Abajo. Con esa cadencia que solo tienen las mujeres que saben lo que quieren y no van a parar hasta conseguirla. Su culo apretaba, soltaba, se tensaba, se relajaba... y cada vez que se hundía, yo sentía que me iba a partir por la mitad. Sus pechos se balanceaban, y su sudor me caía en el cuello, caliente, salado, real. Me agarré de sus nalgas, y ella me miró, con esa mirada que dice: “Esto es mío ahora”.

—Dime que me quieres —me pidió, entre jadeos.

—Te quiero —respondí, y era la verdad más honesta que había dicho en años.

Ella se inclinó, me besó en la boca, y su lengua entró como una llave que abre una puerta que nadie más había tocado. No fue un beso dulce. Fue un beso de lucha, de conquista, de quien no va a soltarte nunca más. Y cuando se vino, lo hizo con un grito ahogado en mi hombro, y su cuerpo se tensó como un arco, y yo... yo me deshice dentro de ella, como si fuera la primera y la última vez que alguien me hiciera sentir vivo.

El elevador se detuvo en el 12. Las luces se encendieron. Ella se levantó, se arregló el vestido, y me miró con esa misma cara de jefa. Pero ahora, en sus ojos, había algo más. Algo que no se veía en los reportes. Algo que no se podía medir.

—Mañana traes el informe a las 9 —dijo, y salió del elevador.

Yo me quedé ahí, con la verga still caliente, el pantalón mojado, y el sabor de su boca en los labios. No dije nada. No tenía que decirlo.

Ella ya lo sabía.

Y yo también.

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