La noche que mi cuñada me pidió que la cogiera en la terraza mientras llovía
7 minLa noche que mi cuñada me pidió que la cogiera en la terraza mientras llovía
La lluvia golpeaba suave contra los cristales de la terraza, como un susurro insistente que nadie se atrevía a responder. En la casa de veraneo de su hermano —una construcción de madera y vidrio sobre el lago, aislada, casi sagrada—, el silencio había crecido con cada copa de vino que bebieron juntos. Ella no era su tipo. Eso lo sabía desde siempre. Ella era la hermanastra de su esposa, una mujer tranquila, de mirada larga y gestos lentos, que siempre se sentaba a la derecha del comedor, con las manos entrelazadas sobre las rodillas, como si esperara una orden que nunca llegaba.
Pero esa noche, algo se había desgastado en ella.
Llevaba un vestido de seda gris, ajustado en la cintura, que dejaba ver la curva de sus espalda baja cuando se inclinaba para recoger una servilleta del suelo. No usaba perfume, pero el olor a jabón de lavanda y a su piel caliente le llegó cuando pasó frente a él, sentándose en el diván de cuero, a pocos centímetros de él. Él había estado hablando con su cuñado, un hombre que siempre miraba el reloj, como si la vida se le escapara por las rendijas de sus propias prisas.
—¿Te aburres? —le preguntó ella, sin mirarlo, con la voz baja, casi ahogada por el sonido de la tormenta.
Él negó con la cabeza, pero ella ya se había levantado. Le tendió una copa de vino tinto, medio vacía, y dijo:
—Me gustaría que me hicieras el amor. Aquí. Ahora. Si tú quieres.
Él no parpadeó. No se rió. No dijo nada. Solo sostuvo su mirada, que no era de desafío, sino de rendición anticipada. Como si ya hubiera tomado esa decisión hace horas, y solo necesitara que alguien la validara.
—¿Estás segura? —preguntó él, por formalidad, por respeto.
Ella asintió, y por primera vez, su mano tembló ligeramente.
—Sí. Porque no lo he estado. No desde que te conocí. Y hoy… hoy sentí que se acabó la mentira.
Subieron la escalera de madera con lentitud, como si cada paso fuera una promesa. La casa era vieja y crujía con cada movimiento, como si le doliera lo que iban a hacer. En el pasillo, la luz de la luna se colaba por una rendija en las cortinas, iluminando un sendero de plata sobre el piso. Ella no apagó las luces. Al contrario: encendió una vela grande en la mesita de noche, de cera blanca y aroma a vainilla, y se quedó de pie frente a la cama, con las manos a los lados, como una ofrenda.
—Quiero que me mires —dijo—. No como si fuera una hermanastra. No como si fuera una invitada. Como si fueras tú. Como si solo existiéramos tú y yo, aquí, ahora.
Él se acercó. Desabrochó su camisa con lentitud, deshaciendo cada botón como si fuera un nudo de su propia historia. Ella no movió el cuerpo, pero su respiración se aceleró, visible en la tensión de su cuello, en la contracción de sus clavículas. Cuando él pasó los dedos por el hombro descubierto por su vestido, ella cerró los ojos un segundo, y soltó un suspiro que no parecía suyo.
—¿Tienes miedo? —le preguntó él, en voz baja.
—Sí. —Una pausa.— Pero más me da. Quiero sentir que algo está vivo dentro de mí. Que algo me duele de verdad.
Él le quitó el vestido con cuidado, como si fuera un pergamino frágil. Quedó de pie, con un sujetador de encaje negro y una falda ajustada que apenas cubría sus muslos. No era una mujer joven, pero su cuerpo hablaba de mujer madura: pechos firmes, cadera ancha, vientre plano pero no rígido. Él pasó las manos por su cintura, luego por la curva de sus riñones, y finalmente, con lentitud, por la parte superior de sus muslos, donde la tela se alzaba en un pliegue queprometía más.
—Dime qué quieres —le susurró al oído.
Ella lo giró suavemente y lo empujó hacia la cama. Él se sentó. Ella se arrodilló entre sus piernas y desabotonó su pantalón. No lo miró mientras lo sacaba, pero él sintió su aliento en su piel, cálido y húmedo. Cuando él se levantó para quitarse la camisa y el pantalón por completo, ella ya estaba acostada, de lado, con una pierna flexionada, dejando su vagina al descubierto. No estaba afeitada. Tenía un vello oscuro, natural, que contrastaba con la palidez de su piel. Él se acercó con la mano, pero ella lo detuvo.
—No —dijo—. Con la lengua. Quiero que me sabores primero. Como si no supieras cómo soy, como si acabaras de encontrarme.
Él se inclinó. Apoyó las manos en sus muslos y separó con cuidado los labios de su vagina. Ella gimió apenas, una nota corta, ahogada, como si temiera que alguien la oyera. Pero en la casa no había nadie. Solo la lluvia. Él lamió suave, con la punta de la lengua, desde abajo hacia arriba, encontrando su clítoris, que ya estaba hinchado, brillante, exigente. Ella arqueó la espalda, soltó un gemido más fuerte, y esta vez, él sintió su cuerpo temblar.
—Sí —dijo—. Sí, así. Hazme sentir que no soy invisible.
Él volvió a lamer, esta vez con más profundidad, introduciendo la lengua dentro de ella, moviéndola con ritmo lento, mientras con los dedos masajeaba su clítoris. Ella se mordió el labio, sus dedos se cerraron en los sábanas, y su respiración se volvió entrecortada. Él se movió con ella, sabiendo cuándo presionar, cuándo retroceder, cuándo detenerse para besarle el muslo.
—Quiero sentirte dentro —dijo ella, al fin, con voz rota—. Quiero sentir que eres tú. Que no hay nadie más. Solo esto. Solo tú y yo. Que no hay pasado. Que no hay futuro. Solo el momento en que me coges.
Él se levantó. Se colocó entre sus piernas. Se lubricó con su propia humedad, que aún cubría su dedo índice, y la miró a los ojos mientras se introducía uno, luego dos, moviéndolos con suavidad, estirándola desde adentro, dejándola lista para él. Ella gemía, con los ojos cerrados, la boca entreabierta, la respiración entrecortada.
—Estoy lista —dijo.
Él se colocó frente a ella, con su pene en posición, y la empujó dentro con un solo movimiento lento. Ella soltó un grito contenido, como si el dolor fuera una especie de válvula de escape para todo lo que había guardado. Él se detuvo, no por respeto, sino por necesidad. Porque sentía su vagina apretándolo, cálida, húmeda, como si lo hubiera estado esperando años.
—Respira —le dijo.
Ella asintió, y poco a poco, él comenzó a moverse. Con lentitud, con precisión, como si estuviera desplegando un mapa que solo ella conocía. Ella lo agarró de los hombros, lo besó en el cuello, en la mandíbula, en los labios, como si quisiera guardarse su sabor.
—Más —dijo.
Él aumentó el ritmo. Su cuerpo se movía con ella, sus caderas chocando con suavidad, el sonido de la piel contra la piel mezclándose con el ruido de la lluvia. Ella se estiró, con los ojos cerrados, y cuando él aceleró, ella lo sintió cada vez más adentro, hasta que su cuerpo se contrajo, y ella gritó su nombre por primera vez, como si lo hubiera estado callando toda su vida.
—¡Sí! —gimió—. ¡Sí! ¡Me estás cogiendo! ¡Me estás cogiendo de verdad!
Él la miró mientras llegaba al clímax, viendo cómo su cuerpo se estremecía, cómo su rostro se deshacía en una expresión que no había visto antes: placer puro, sin sombra de culpa, sin disimulo. Él se dejó llevar, y cuando se corrió dentro de ella, sintió que algo en su pecho se soltaba también. No era amor. No era pasión. Era liberación. Era el momento en que alguien te permite ver lo que no sabías que estabas buscando.
Se quedaron en silencio, abrazados, con la lluvia golpeando contra el cristal, como si el mundo se hubiera detenido solo para dejarlos respirar. Ella colocó su cabeza sobre su pecho, y él le acarició el cabello, sin decir nada. Porque no había nada que decir. Habían hecho lo que necesitaban hacer. Y era más que sexo. Era una confesión. Una entrega. Un acto de supervivencia.
—Gracias —dijo ella, al fin.
Él asintió.
—Gracias a ti —respondió.
Y en esa habitación, con el olor a lluvia y a su piel mezclada, supieron que algunas veces, la
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Me gustan las noches largas y lo que se esconde en ellas. Dominación, control y esa tensión elegante de quien sabe lo que quiere.