La noche que mi cerveza se enfrió sola
6 minLa noche que mi cerveza se enfrió sola
Valentina se miró en el espejo del baño de su departamento pequeño, en el segundo piso de una casa en la colonia Roma Norte. Tenía treinta y dos años, el pelo negro recogido en un moño desordenado, los labios rojos por haberse mordido uno mientras leía el libro de cocina que había comprado esa mañana. Llevaba puesto un short de algodón y una playera blanca de manga corta, un poco desgastada por tantos lavados, pero que le quedaba bien: ajustada en la cintura, con esa curva natural que le daba el busto generoso y las caderas anchas. Había estado todo el día en casa: trabajando desde laptop, lavando ropa, haciendo un pan de plátano que le quedó medio crudo por distracción. Y ahora, con el calor de junio pegando en el techo y el ventilador de techo dando vueltas como loco pero sin mover ni un pelo de su nuca, sentía esa cosa familiar: una presión baja, sorda, que le subía desde el vientre y se le quedaba clavada en la entrepierna.
—Ay, chingado —murmuró, palmándose el muslo con un suspiro que se le salió medio quejido.
No era la primera vez, claro. Pero sí la primera que se dejaba estar ahí, sin apurar, sin culpa. El pan se había quemado un poco en el fondo, la lavadora ya había terminado su ciclo y el celular había dejado de vibrar con mensajes de su amiga Mariana preguntándole si iba a la fiesta del sábado. Todo estaba quieto. Incluso su cuerpo parecía haberse dado permiso para respirar más lento, más profundo.
Se sentó en el borde de la cama, las piernas abiertas a un lado, los pies descalzos apoyados en el piso frío del pasto sintético. Se quitó la playera y la dejó tirada en el suelo, luego desabrochó el short con lentitud, como si cada clic del botón fuera un paso más hacia algo inevitable. Cuando ya lo llevaba suelto, se detuvo un momento. Se miró: el vello pubiano rubio claro, las nalgas redondeadas, los muslos suaves que se juntaban con naturalidad. Nada perfecto, nada que vender, pero sí algo que le gustaba: su cuerpo, su tiempo, su soledad bien usada.
—Venga —se dijo en voz baja, con ese tono que usa cuando le habla a su perro, Max, cuando quiere que se baje del sofá—. No te hagas la sorprendida.
Se recostó con cuidado, apoyando la cabeza en la almohada, las manos a los lados. Se llevó una mano al pecho, sin prisa, apenas rozando la piel. Luego bajó, bajó más, hasta que los dedos encontraron el borde del short, ya tirado hasta la mitad de los muslos. Se lo bajó del todo, lo dejó en el suelo, junto a la playera. Quedó ahí, sola, desnuda salvo por los calcetines —porque sí, había olvidado quitárselos—, con el aire del cuarto acariciándole las nalgas y la entrepierna.
Se tomó unos segundos. No pensó en hombres, ni en hombres con vergas grandes, ni en historias de amor. Solo pensó en el calor, en la presión, en la necesidad de sentirse bien, sin más. Se puso de lado, rodilla doblada, pierna izquierda levantada ligeramente, la mano derecha ya lista, los dedos tibios por el roce de su propio cuerpo.
Se acarició con suavidad, primero la parte de afuera, los labios mayores, húmedos ya por anticipación. Un suspiro le salió entre los dientes. Se pasó la yema del pulgar por encima, con un movimiento circular lento, y se estremeció. Luego, con más valentía, separó con los dedos índice y corazón, y rozó el clítoris: pequeño, sensible, ya erguido como una punta de lápiz. Un grito le salió, ahogado, apenas un “ufff” que se le perdió en la almohada.
Aceleró un poco, pero no mucho. Sabía que no quería acabar rápido. Quería saborearlo. Se metió dos dedos dentro, lentos, con la punta de los dedos apoyada en el borde del ano, sin presionar, solo explorando. Se sintió llena, pero no agobiada. Abrió la cadera un poco más, y movió los dedos como si estuviera escribiendo con ellos, pequeños círculos, luego una línea recta, luego un zigzag. La humedad aumentaba, y se mojaba más con cada movimiento, una sensación cálida que le corría por dentro y le hacía apretar los dientes sin querer.
Se llevó los dedos mojados a la boca, los chupó con lentitud, saboreando su sabor: salado, dulce, suyo. Y volvió a meterse dos dedos, esta vez con más profundidad, curvándolos hacia arriba, buscando el punto que le hacía temblar las rodillas —aunque ya no tenía rodillas, solo piernas abiertas y una espalda arqueada.
La presión subía, subía, subía. Ya no era solo placer, era necesidad. El ventilador seguía dando vueltas, el sol se había metido detrás de los árboles de la azotea vecina y el cuarto se había vuelto más oscuro, más íntimo. Se mordió el labio, con fuerza, para no gritar, pero un gemido se le escapó igual, bajo, gutural. Se puso la mano sobre la boca, como si la estuviera callando, pero no para que no la escucharan —estaba sola—, sino para no perder el control del todo.
Y entonces vino.
No como una explosión, sino como una ola que la levantó de la cama y la dejó flotando un segundo, con los ojos cerrados, la boca entreabierta, los dedos aún moviéndose dentro de ella hasta que se deslizaron solos, rendidos. El cuerpo le tembló, las nalgas se le contrajeron, el vientre se le encogió y luego se relajó como si la hubieran desinflado con cuidado. Solo entonces se dejó caer hacia atrás, con un suspiro largo, profundo, que parecía salir de lo más hondo.
Se quedó ahí, con los ojos cerrados, los dedos aún húmedos, la respiración lenta. Se llevó una mano al cuello, se acarició la piel, y luego, con una sonrisa que no pudo evitar, se levantó con pereza, se puso el short de nuevo —ahora un poco torcido— y se fue a la cocina a ver qué había para cenar.
En el refrigerador, entre las botellas de jugo y el queso, una cerveza iba perdiendo su frío. Valentina la tomó, la abrió con un chasquido suave, y se la bebió de un trago. Luego se secó la boca con el dorso de la mano, se sentó en la banca de la cocina y encendió la laptop.
Max, su perro, se acercó y le puso la cabeza en la rodilla. Ella lo acarició entre las orejas y sonrió.
—Mañana pan de plátano —dijo, sin saber si era una promesa o una orden.
Y así, con la piel still ardiendo suavemente, con los dedos still húmedos, con el corazón still latiendo fuerte, se puso a escribir. Una nota rápida: “Lo que pasó cuando dejé que mi cuerpo decidiera por sí mismo”.
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