La noche que mi amiga me consoló
Yo nunca creí que algo así me pasaría, la verdad. Si me hubieras dicho hace un mes que iba a terminar desnuda entre los brazos de Valeria, riéndome entre lágrimas y sudor, te hubiera dicho que estabas loco. Ella es mi mejor amiga, la que conozco desde la prepa, la que me ha visto llorar por cada imbécil que me ha roto el corazón. Pero esa noche… esa noche fue distinta. Todo cambió.
Había pasado la tarde entera encerrada en mi cuarto, llorando como si se me fuera la vida. Me había enterado de que Alex, mi novio de tres años, me había sido infiel. Con una prima lejana, nada menos, en una fiesta a la que ni siquiera me invitaron. Me lo dijo una amiga común, y aunque al principio no quise creerle, él no negó nada cuando lo confronté. Solo atinó a decir “lo siento” con esa voz hueca que usan los hombres cuando ya no les importa. Y ahí me quedé, hecha bolita en mi cama, con el celular apagado, la luz apagada, y el alma hecha trizas.
Fue Valeria quien tocó a mi puerta. A las diez, sin avisar. Yo no quería abrirle, pero insistió. “Ábreme, Lety, no voy a irme hasta que hables conmigo.” Y al final, con la voz quebrada, abrí. Ella entró con una botella de vino tinto —mi favorito— y una bolsa de papas fritas. “No vine a juzgar, vine a chingar contigo”, me dijo, y aunque quise reírme, las lágrimas no me dejaron.
Nos sentamos en el suelo, con la espalda contra la cama, y empezamos a hablar. Ella me escuchó sin interrumpir, con esa mirada suya que parece verme hasta el fondo. Llevaba un vestido corto de encaje negro, ajustado, que le marcaba las nalgas como si fuera dibujada a mano. Yo no podía dejar de mirarla, aunque no entendía por qué. Solo sabía que me calmaba verla ahí, tan segura, tan presente.
—Sabes —me dijo después de un rato—, a veces el amor duele más por la traición que por la pérdida. Pero no todo amor es así. Hay otros que sanan.
—¿Como cuál? —pregunté, con la voz rasposa.
—Como el que hay entre amigas. Como el que yo siento por ti.
Y entonces me miró. No como amiga. Como mujer. Como hembra. Y yo… no supe qué hacer. Solo sentí un calor que me subía desde el vientre, lento, como una serpiente tibia. Ella se acercó, sin prisa, y me tomó la cara con ambas manos. “No tienes que responder nada”, susurró. “Solo déjame cuidarte esta noche.”
Y me besó.
No fue un beso de amiga. Fue un beso lento, húmedo, profundo. Sus labios se movieron sobre los míos con una ternura que me hizo temblar. Yo respondí sin pensar, con ganas, con hambre. Sentí su lengua rozando la mía, y un gemido se me escapó. “Ay, Valeria…” murmuré, y ella sonrió contra mi boca.
—Déjame tocarte —dijo—. Solo si tú quieres.
Asentí. No pude hablar. Ella me quitó la blusa, despacio, como si deshojara una flor. Luego el sostén. Mis pechos quedaron al aire, sensibles, con los pezones duros. Ella los miró con devoción, como si fuera a rezarles. Y luego, con la lengua, me lamió uno. Suave, círculos lentos. Yo gemí, me arqueé. “Ay, chiquita… no pares…”
Me acostó sobre la alfombra, y empezó a desabrocharme el pantalón. Me lo quitó, junto con las bragas. Quedé desnuda, temblando, con las piernas abiertas sin darme cuenta. Ella se quedó viéndome, como si me adorara. “Eres hermosa, Lety. Tan completa.” Y se quitó el vestido. Quedó en ropa interior: un brasier rojo y unas bragas delgadas de encaje. Pero no se las quitó aún. Se subió encima de mí, a cuatro patas, y empezó a besarme otra vez, mientras sus manos recorrían mis costados, mis caderas, mis nalgas.
Sentí su calor entre las piernas. Su olor me embriagó: vainilla y sudor ligero. Ella bajó, me besó el vientre, el ombligo, y luego… metió la mano entre mis piernas. “Estás mojada”, dijo, y yo asentí, avergonzada y excitada. “Sí… no sé por qué…”
—Sí lo sabes —me susurró—. Me deseas. Y yo a ti. Siempre te he deseado.
Y entonces me chupó. Con la boca entera, con ganas. Me abrió con los dedos y me lamió como si fuera a devorarme. Yo grité, agarré su cabello, moví las caderas sin control. “¡Valeria! ¡Así, así!” Ella no paró. Me chupó el clítoris, me metió dos dedos, me estiró el punto que me hace gritar. Sentí que me corría, fuerte, con espasmos que me subían desde los pies. Ella no se detuvo. Siguió chupando, lamiendo, hasta que yo le supliqué que parara porque no aguantaba más.
Cuando se quitó las bragas, vi su sexo brillante, hinchado. Me incorporé y, sin pensarlo, la besé ahí. Sabía a sal, a mujer, a verdad. Empecé a chuparla como si mi vida dependiera de eso. Ella gemía, me jalaba del cabello, me decía “más, más, así, mi amor”. Y entonces sentí sus dedos dentro de mí otra vez, pero ahora también sentí… algo más. Un juguete. Un consolador, delgado, rosado. Lo había sacado de su bolsa sin que me diera cuenta.
—¿Te gusta? —preguntó, sonriendo.
—No sé… nunca he usado uno.
—Yo sí. Y quiero que lo sientas conmigo.
Lo lubricó con saliva y con el jugo que yo le había dejado en los dedos. Luego, muy despacio, me lo metió. Yo grité. Era grueso, largo, pero ella iba con cuidado. “Respira, Lety, respira.” Y yo respiré. Y cuando estuvo todo adentro, empezó a moverlo. Yo sentía que explotaba. Ella se subió encima de mí, sentada sobre mi boca, y yo seguí chupándola mientras ella me cogía con el consolador. Era una locura. Era perfecto.
Nos vinimos juntas. Ella gritó mi nombre, yo grité el suyo. Nos quedamos abrazadas, sudadas, con el corazón a mil. Ella me acarició el pelo, me besó la frente.
—¿Te arrepientes? —preguntó.
—Ni un segundo —le dije.
Y no mentía. Porque esa noche, entre lágrimas y sudor, entre consuelo y deseo, descubrí que el amor no siempre llega por donde uno espera. A veces viene en forma de amiga, con vino y papas fritas, dispuesta a sanarte con la boca y las manos. Y a mí, esa noche, Valeria no solo me consoló. Me enseñó que hay amores que duelen, y otros que te hacen sentir viva. Y ella, con su lengua y su ternura, me hizo sentir más viva que nunca.
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