La noche que me puse a garchar con el espejo del baño

La noche que me puse a garchar con el espejo del baño

@valentina_ruiz ·21 de junio de 2026 · 🔥 4.6 (37) · 236 lecturas · 7 min de lectura

Sí, lo sé: suena medio ridículo escrito, como si fuera un chiste de fiesta de cumpleaños donde alguien trae un espejo de cuerpo entero y decís "¡Uy, qué lindo, ahora me hago una fiesta en solitario con el espejo!". Pero así fue. No fue una broma, no fue una locura pasajera, tampoco era que me hubiera emborrachado hasta no saber más con quién me acostaba —porque en este caso, la “quién” era… bueno, yo misma. Pero no, no fue así. Fue algo más lento, más natural, más… mío.

Todo empezó una noche de jueves, de esas que te caen como un balde de agua fría. Hacía un calor asqueroso, de esos que te hacen sudar hasta el aliento, y yo estaba en casa sola, con la tele prendida sin sonido (porque el vecino del piso de arriba tenía el air acondicionado goteando encima del balcón y sonaba como una cascada de lava), y el celular con 3% de batería, sin Wi-Fi, sin ganas de nada. Me había levantado esa mañana con una idea en la cabeza que no era muy clara: “Hoy voy a hacer algo que me haga sentir viva, aunque sea una mierda”. Pero cuando cayó la tarde, esa idea se desvaneció como el humo del mate que no prende.

Me duché rápido, con agua tibia que más bien se enfrió enseguida, y salí del baño con una toalla enrollada alrededor del cuerpo, pelo mojado, puros dedos de agua por los hombros, y me paré frente al espejo del baño. El espejo ese que está encima del lavabo, un poco desalineado, que distorsiona un poco la cintura y hace que las caderas parezcan más anchas de lo que son. Pero no, no fue por eso. No fue una necesidad de mirarme, tampoco una crítica. Fue más bien un descuido. Me pasé la toalla por el pecho mientras la secaba, y por error, sin querer, la toalla rozó el pezón izquierdo.

Y ahí, justo ahí, se me puso duro como una piedra.

No sé por qué, pero ese roce casual, tan rápido, tan inútil, me encendió algo. No fue un pensamiento, fue una sensación física. Como si el cuerpo me hubiera dado un codazo: “Oye, vos todavía podés sentir, ¿no?”.

Me quedé quieta, mirándome en el espejo. La luz del baño es esa amarillenta que te hace parecer más cálida, más humana, menos real. Me vi: piel pálida, con algunos lunares que no me canso de contar, pechos medianos, pezones morenos y duros, vientre plano pero con un leve redondez abajo, caderas anchas, piernas finas. Y entre ellas, la concha, apenas visible porque la toalla me cubría hasta las caderas, pero ya empezaba a humedecerse. Me miré, y por primera vez en mucho tiempo, no me criticé. No pensé “me salió panza”, ni “los pechos flotan”, ni “por qué no hago ejercicio como la de Instagram”. Solo… me vi. Y me gustó.

Me levanté la toalla con lentitud, dejándola colgada en la punta de los dedos, y me quedé ahí, sola, frente al espejo, con la respiración un poco cortada. Me pasé una mano por el costado del pecho, despacio, con la palma plana, sintiendo la piel tensa, el latido debajo. Me acaricié con cuidado, como si no fuera mía, como si estuviera aprendiéndola de nuevo.

—¿Y si…? —me dije en voz baja, casi sin aliento.

No era una pregunta, era una invitación.

Me acerqué al espejo hasta que el vapor de la ducha aún fresco me pegaba al rostro, y con la mano derecha, lentamente, me bajé la toalla un poco más, dejando al descubierto el vello púbico, rubio claro, recortado a laona, como me gusta. Me toqué la concha con la yema de los dedos, pasando por el clítoris, que ya estaba hinchado, sensible, como una uva madura que no querés comer porque te da miedo que esté verde, pero sabés que si la probás, es dulce.

Me miré los ojos en el espejo. Me vi la boca. Me vi la expresión. No era una sonrisa, tampoco una mueca. Era neutral. Pero lo que sí vi fue el brillo en la mirada. Un brillo que no veía desde hacía mucho, desde antes de que la vida se volviera una sucesión de reuniones, emails, y cenas con amigos que siempre terminaban contando cómo su pareja los dejó con el plato medio servido.

Me toqué de nuevo, más fuerte esta vez, apretando el clítoris entre el pulgar y el índice, con suavidad, pero con firmeza. Me incliné un poco hacia adelante, apoyando las manos en el lavabo, y me miré mientras me acariciaba. Me vi la cara: cejas ligeramente fruncidas, labios entreabiertos, respiración acelerada. Me vi como una extraña que se está permitiendo gozar.

—Vamos, vení… —susurré, como si le estuviera hablando a mí misma.

Me pasé la mano por el costado del pecho, frotando el pezón con el pulgar, y al mismo tiempo, con la otra mano, metí dos dedos en la concha, ya mojada, ya caliente. Me abrí con los dedos, separando los labios menores, y metí los dos dedos adentro, lentamente, como si estuviera entrando a un lugar sagrado que nunca más volví a visitar.

Me miré en el espejo mientras me garchaba. Me vi el cuello, la forma en que se me tensaban los músculos, la forma en que se me ponía la piel de gallina. Me vi los ojos cerrados un momento, y cuando los abrí, me vi con la boca entreabierta, jadeando, con los labios rojos, con el pelo pegado a las sienes.

Me garché rápido, con movimientos cortos, con la punta de los dedos apretando el clítoris, y con el cuerpo inclinado hacia adelante, como si el espejo me estuviera ayudando a sostenerme. Me vi la cintura moverse, las caderas balanceándose, los pechos balanceándose, el vello púbico subiéndose y bajándose con cada movimiento.

—Sí… sí… —murmuraba, sin saber si lo decía en voz alta o en la cabeza.

Y luego, sin esperarlo, llegó. Fue rápido, intenso, como una descarga eléctrica que me sacudió desde la punta de los pies hasta la coronilla. Me apretó todo el cuerpo, los dedos se me cerraron dentro de mí, el clítoris se me hinchó como una mora, y me vine con una fuerza que no me esperaba. Me vine sin sonido, sin gritar, sin mover los labios, solo con los ojos cerrados y la cara pegada al espejo, con la frente apoyada en la superficie fría, sintiendo el vapor que se me convertía en gotitas en la piel.

Me quedé así un rato, con los dedos todavía dentro, con la respiración pesada, con el cuerpo temblando. Me miré en el espejo y no me reconocí. Me vi como una persona que acaba de despertar de un sueño largo, de un letargo que no sabía que tenía.

Me retiré los dedos despacio, y me miré la mano. Me vi los dedos mojados, brillantes, con el líquido que me salía de la concha, y lo miré como si fuera algo sagrado. Lo limpié con la toalla, me sequé la cara, y me senté en el borde de la bañadera, con las piernas abiertas, con la toalla enrollada de nuevo en la cintura, pero esta vez no por vergüenza, sino por costumbre.

Me quedé ahí, sentada, con los ojos cerrados, con la respiración lenta, con el cuerpo caliente y blando.

Y entonces me dije, en voz baja, como si fuera una revelación:

—Cagaste, Valentina. Pero en el mejor sentido de la palabra.

No fue un orgasmo cualquiera. Fue un orgasmo que me devolvió algo que no sabía que había perdido: el deseo. El deseo puro, sin condiciones, sin miedos, sin culpa. Fue un orgasmo que me recordó que mi cuerpo sigue siendo mío, que no se lo di a nadie, que no se lo pedí a nadie, que se lo tomé yo.

Me levanté, me lavé la cara con agua fría, me sequé con la toalla, y me miré en el espejo otra vez. Me vi la piel roja, los labios hinchados, los ojos brillantes. Me vi como una mujer que acaba de descubrir que todavía sabe gozar.

No fue una locura. No fue una excusa. Fue una elección.

Y si me preguntás si lo repetí, la respuesta es sí. Pero eso, eso ya es otra historia. Una que te cuento cuando nos veamos en una cafetería, con un mate en la mesa, y vos me decís: “¿Y esa cara tan contenta? ¿Qué pasó?”.

Y yo te miro, sonrío, y digo:

—Nada. Solo que hoy volví a garchar con el espejo. Y esta vez, me vine dos veces.

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Sexo con sonrisa. Me gustan las situaciones cotidianas que se salen de control, el humor y lo que pasa cuando dos personas se atreven.

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