La noche que le chupó la verga a su jefe en el sótano
7 minLa noche que le chupó la verga a su jefe en el sótano
La lluvia golpeaba con fuerza contra las ventanas del edificio abandonado de la avenida Insurgentes, ese lugar que nadie recordaba haber visto funcionar, pero que ahora, con la luz tenue de las velas y el parpadeo del neón roto en el letrero del frente, parecía salido de una pesadilla elegante. Elena —32 años, contaduría, pelo castaño recogido en un moño bajo que ya se deshacía con el calor y el sudor— se mordió el labio inferior mientras subía la escalera de concreto que descendía al sótano. Cada peldaño crujía como un suspiro ahogado. Detrás de ella, el jefe: Raúl, 45, traje gris oscuro manchado de vino tinto en la solapa, corbata deshecha, ojos que ya no miraban los informes trimestrales sino algo más peligroso, más húmedo.
—¿Estás segura, Elena? —preguntó él, la voz ronca, como si la misma lluvia le hubiera entrado por la garganta.
Ella no respondió de inmediato. Se detuvo en el último peldaño, giró sobre sus talones, y lo miró de pies a cabeza: los zapatos de cuero brillante, la camisa blanca que le quedaba pequeña en los hombros, los puños remangados hasta los codos, mostrando una muñeca fuerte, velluda, con una cicatriz antigua en forma de Media luna. No dijo nada. Solo se acercó un paso, lo suficiente para que él sintiera su aliento, cálido, a menta y chocolate, contra el cuello. Raúl tragó saliva. Y asintió.
El sótano era un espacio vasto, sin divisiones, con techos altos y tuberías colgando como venas expuestas. En el centro, una silla de cuero vieja, con clavos oxidados y un cojín agujereado. Junto a ella, una mesa baja de madera maciza, sobre la que reposaba una botella de mezcal con dos vasitos, una servilleta de papel y un cuchillo de cocina, limpio, afilado. Raúl se quitó la chaqueta y la dejó sobre una caja de cartón. Se desabrochó la camisa con lentitud, como si cada botón fuera una promesa que no quería romper demasiado rápido.
—¿Y si alguien entra? —soltó Elena, pero no sonaba como una objeción. Sonaba como un reto disfrazado de duda.
—El edificio está sellado. El sistema de alarmas está apagado. El guardia de seguridad… —Raúl sonrió—, se fue a comer hace una hora, y le dije que no lo llamara hasta las once. Son las diez y cuarenta y siete.
Elena dio un paso adelante. Se quitó los tacones con un movimiento suave, dejando los pies descalzos sobre el concreto frío. Se desabrochó el primer botón de su blusa blanca, el que cubría la clavícula. Luego el segundo. No se apresuraba. Sabía que la espera era parte del sabor, que la tensión se construía con pequeños silencios y miradas que se deslizaban como cuchillos por la piel. Cuando el tercer botón cedió, Raúl ya no podía mantener los ojos fijos en su cara. Se le humedecieron los labios. La respiración se le aceleró, pero no como por el esfuerzo de subir la escalera. Como por algo más antiguo, más animal.
—Vamos a hacerlo bien —dijo él, por fin—. Sin prisa. Sin vergüenza. Solo tú y yo, aquí, ahora.
Elena asintió. Se acercó. No a la silla, sino a él. Con las manos ya sobre su pecho, deslizó los dedos hacia abajo, rozando el borde de su pantalón. Raúl cerró los ojos. respiró hondo. Cuando los volvió a abrir, ella ya estaba de rodillas.
No fue un arrodillarse rápido ni torpe. Fue un descenso lento, controlado, como si bajara por una escalera invisible. Su pelo se desprendió del moño, cayendo en mechones oscuros sobre los hombros. Se ajustó la blusa sobre los muslos, como si se acomodara para una tarea delicada. Raúl no la detuvo. No dijo nada. Solo apoyó una mano sobre su cabeza, suaves, como si temiera romper algo frágil. Pero no era frágil. Era firme. Segura. Ella levantó la vista, lo miró directo a los ojos, y le sonrió. No era una sonrisa de coquetería. Era de desafío. De pacto.
—Dime si me paso —dijo ella.
—No te pases —respondió él—. Solo dime cuándo quieres que pare.
Elena soltó la corbata y se puso de pie otra vez, pero esta vez con las manos ya dentro de los bolsillos del pantalón de Raúl. Lo desabrochó. Lo bajó con lentitud, como si estuviera quitando una capa de pintura seca, cuidando que no se rompiera. Y entonces, allí estaba: la verga de Raúl, tiesa, hinchada, cubierta de una fina capa de humedad, la punta roja, brillante bajo la luz de la vela. No era enorme, pero estaba bien proportionada, firme, con un calibre que hacía que sus nudillos blancos se tensaran cuando ella la rozó con la punta de los dedos.
—Mierda —murmuró Raúl.
Elena no respondió. Se inclinó. No lo besó. No aún. Solo lo olió. Su olor: sal, cuero, sudor y algo dulce, como café quemado. Se le humedeció la lengua. Abrió la boca, poco a poco, como si estuviera probando el primer trago de una bebida fuerte. Su lengua rozó la punta. Raúl jadeó, su espalda se arqueó contra la pared. Elena sonrió contra su piel. Luego, con la mano libre, le apretó una nalgas, fuerte, hasta hacerlo gritar.
—Tú no mandas aquí —dijo ella, baja, lenta—. Yo mando aquí, Raúl.
Y entonces lo hizo. Lo tomó en la boca. No con fuerza. No con apuro. Con dominio. Con elegancia. La lengua trazó un círculo alrededor del glande, lamiendo la gota que ya se había formado. Luego bajó, suavemente, hasta la base, donde el vello era más oscuro, más espeso. Sus dedos le acariciaron los cojones, los sostuvo con ternura, pero con firmeza, como si los estuviera pesando, evaluando. Raúl se llevó una mano a la boca y se mordió el puño. Sus ojos se cerraron. Su respiración se volvió irregular. Ella lo sabía. Ella lo estaba *saboreando*. No era solo sexo. Era juego. Era poder. Era una danza antigua en la que ella llevaba la música y él solo seguía el ritmo.
Subió de nuevo, lentamente, hasta que la verga le rozó el paladar. Gagó, apenas. No por asco. Por placer. Por la sensación de tenerlo todo, de controlarlo todo. Bajó de nuevo, esta vez con más profundidad, hasta que sus ojos se llenaron de humedad. Lo sintió palpitando, fuerte, constante, como un tambor que no quería callar. Entonces, con un movimiento súbito, soltó la base con las manos y lo tomó con la boca solo hasta la mitad, y empezó a moverse: arriba, abajo, arriba, abajo. Lento. Sostenido. Como si estuviera tejiendo algo invisible, una red de deseo hecho hilo por hilo.
—Elena… —gimió Raúl, con la voz rota—. Estoy a punto.
Ella no se detuvo. Solo lo miró por el rabillo del ojo, con la verga aún entre sus labios, y soltó una risita ahogada.
—No te corras —dijo—. Yo te digo cuándo.
Y lo hizo con la boca vacía. Solo con la lengua. Lo lamía con fuerza, desde la base hasta la punta, con movimientos suaves pero firmes, como si lo estuviera puliendo, limando las últimas dudas que le quedaban. Raúl ya no podía mantenerse en pie. Se apoyó en la mesa. Los vasos temblaron. Una gota de mezcal se derramó sobre la servilleta. Elena no lo miró. Solo siguió, con la mirada fija en la pared, en un clavo oxidado, como si allí estuviera escrita su propia historia.
—Ahora —dijo ella, sin moverse.
Y él se corrió. No con un grito. Con un suspiro largo, profundo, que parecía salir de lo más hondo de su cuerpo. Su mano subió, le acarició la cabeza, pero ella no se apartó. Lo dejó terminar, con su boca, con su lengua, con su dominio. Y cuando todo terminó, cuando los espasmos se desvanecieron y Raúl ya no podía sostenerse, se dejó deslizar por la pared hasta sentarse en el suelo, con la cabeza entre las piernas.
Elena se puso de pie. Se limpió la boca con el dorso de la mano. Se recogió el pelo otra vez, con un elástico que sacó del bolsillo de la falda. Se arregló la blusa. Se puso los tacones. Y entonces, con una sonris
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