La noche que le chupé la verga a la esposa de mi mejor amigo

La noche que le chupé la verga a la esposa de mi mejor amigo

@sombra ·3 de julio de 2026 · 🔥 3.9 (17) · 52 lecturas · 6 min de lectura

La lluvia golpeaba con fuerza contra las ventanas del condominio de los Márquez, ese sonido de gotas aceleradas que hace que hasta el tiempo se trabe. Yo estaba sentado en el sofá, con una cervera Polar fría en la mano, viendo cómo Daniel —mi mejor amigo desde la prepa— jugaba a las Xbox con su esposa, Valeria. Ella llevaba un vestido negro ceñido que le marcaba las caderas y el culo como si lo hubiera diseñado a mano. Un vestido que, desde el primer momento, me hizo sentir un calor incontrolable en la entrepierna.

—¿Otra cerveza, Carlos? —me preguntó Daniel sin soltar el control.

—Sí, jefe —respondí, y me paré.

Valeria me pasó la caja al lado, y cuando se inclinó para alcanzarla, el escote del vestido se abrió como una promesa. Vi la curva de sus pechos, suaves y redondos, cubiertos por una copa de seda negra que apenas los contenía. Me demoré un segundo de más en mirar —necesité hacer un esfuerzo para no palparme la verga a través del pantalón— y cuando alzó la vista, me sonrió. No una sonrisa amable. Una sonrisa sabia. De esas que saben que ya viste, que ya sentiste, y que… ya decidiste que no te importa.

Daniel se rió al otro lado del cuarto, absorto en su juego, ajeno al fuego que se había encendido entre nosotros.

—Vámonos a dormir —le dijo Valeria, de pronto, con una voz más suave, más íntima—. Mañana nos toca madrugar.

—Aún no he acabado la partida —masculló él, sin mirarla.

—Entonces te chingaré yo sola —dijo ella, y me paró el corazón. No era una amenaza. Era una invitación disfrazada, hecha con una sonrisa que solo yo parecía entender.

Salimos al pasillo, y Daniel no se dio cuenta. Valeria me dejó pasar primero, y al hacerlo, su mano rozó la mía. Un roce breve, deliberado. Cuando llegamos a su habitación, cerró la puerta con llave. Yo ya no tenía la cerveza en la mano. La había dejado en la cocina, hace ya diez minutos. El corazón me latía en las sienes.

—¿Por qué no te quitas la camisa, Carlos? —me preguntó, de pie junto a la cama, desabrochándose el vestido por el lado.

No pregunté. No dudé. Me desabroché los botones con lentitud, dejando al descubierto el pecho, el vello, la tensión que ya llevaba horas acumulando. Ella se quitó el vestido por la cabeza y lo dejó caer al suelo como si fuera papel de desecho. Estaba sin sostén. Sus pechos eran pequeños pero firmes, con pezones morenos y hinchados. Me los comí con la vista, y cuando alzó la mano para tapármelos, no lo permití.

—Déjame verte —le susurré.

Se quitó el sujetador con un movimiento suave, y luego se acercó. No caminó. Se deslizó. Se detuvo frente a mí, a menos de un palmo. Pude sentir su aliento en la cara, un aroma a vainilla y sudor ligero, a sexo ya preparado.

—¿Te acuerdas de la fiesta de cumpleaños de mi hermana? —me preguntó, mientras con una mano me desabotonaba el pantalón.

—Claro que sí —respondí, con la boca seca.

—Estabas sentado en el jardín, tomando una cerveza y mirándome. Y cuando te vi, supe que era cuestión de tiempo.

Me bajó el pantalón y la ropa interior hasta las rodillas. Mi verga salió derecha, dura, hinchada, como si hubiera estado esperando solo eso: su mano, su boca, su lengua. Valeria se agachó, no con prisa, pero sin pausa. Me tomó la base con ambas manos, me apretó suavemente, y luego me rozó la punta con la punta de la lengua.

—Huele a ti, Carlos —dijo, sin soltarla—. A sudor, a deseo… a traición.

Me temblaban las manos cuando le pasé los dedos por el pelo, apartándole las hebras de la frente. Ella no me pidió permiso. Solo se inclinó más, me metió la punta en la boca, y me chupó con una fuerza que me hizo apretar los puños. Me lamía el glande con lentitud, con precisión, como si ya hubiera practicado mil veces. Y tal vez sí lo había hecho. En sueños. En fantasías. En el silencio de la madrugada, cuando Daniel dormía a su lado.

Me deslicé una mano entre sus piernas. La tacté por encima de la bragas. Estaba mojada. Ya. Ya lo estaba. Ya me estaba esperando. Le quité las bragas con un tirón suave, y cuando las tuve en la mano, se las lancé al suelo como si no fueran nada. Le separé las nalgas con las palmas, y vi su entrada, rosada, húmeda, con un pequeño poro que palpitaba al ritmo de mi respiración. Le rozó el clítoris con el pulgar, y ella soltó un quejido bajo, ahogado, como si le costara trabajo soltarlo.

—Quiero verte dentro de mí —me dijo, mirándome fijo, con los ojos húmedos.

Me levanté, me deslicé las bragas a los tobillos, y me puse frente a ella. La tomé de la cintura, la levanté como si pesara poco, y la senté sobre el borde de la cama. Me coloqué entre sus piernas, le abrí los muslos más, y con la punta de la verga le rozó la entrada. Ella gimió. Me miró. Me dio con la cabeza un pequeño empuje.

—Mete la verga, Carlos. Ya.

La empujé. Lento. Muy lento. Entró poco a poco, estirándola, llenándola. Se le encogieron los dedos de los pies. Me agarró de los hombros. No dijo nada. Solo me miró, con los ojos cerrados, y cuando ya la tenía toda, me soltó:

—Haces esto por miedo, ¿verdad? Porque no quieres ser solo el amigo. Porque quieres ser el que me coge.

—No —le mentí, y la empecé a sacar.

—No mientas —dijo, y me tiró de la corriente para meterme de nuevo—. Ya te conozco. Ya te he querido desde la primera vez que me viste.

La cogí con fuerza. Le agarré las caderas, le clavé las uñas en las nalgas, y empecé a entrar y salir, con un ritmo que no era de amor, ni de ternura. Era de necesidad. De castigo. De deseo prohibido. Cada entrada la hacía levantar las caderas, cada salida la dejaba con el cuerpo arqueado, con la boca entreabierta, con los ojos vidriosos.

—Chingada… —murmuró, cuando la agarré por las tetas y le apreté los pezones—. Ya no aguanto…

—Yo tampoco —le confesé, y le di un beso en la boca que sabía a sal y a llanto.

Me desplacé, le separé los labios con el pulgar, y me metí la lengua en su boca mientras seguía cogiéndola con fuerza. Ella se corrió en silencio, pero su cuerpo me lo dijo todo: el temblor, el apretón de sus músculos, el grito que no dejó salir. Yo la seguí cogiendo, con más fuerza, hasta que sentí que me iba. Le puse la mano en el culo, le clavé los dedos, y me corrí dentro de ella con un gemido que no pude contener.

—La chingé —le dije, mientras la verga me palpitaba dentro—. La chingé por primera vez.

No fue amor. No fue romance. Fue un acto de guerra contra la lealtad, contra la amistad, contra el silencio. Fue un acto de deseo que no se discute. Fue el momento en que yo, Carlos, dejé de ser el amigo y me convertí en el que la coge.

Al día siguiente, Daniel me abrazó en la puerta del aeropuerto, y yo lo abracé de vuelta. No dije nada. No necesité decirlo. Ella me miró desde la ventana del avión, con una sonrisa que solo yo entendía.

Y cuando el avión despegó, supe que volvería. Porque una vez que le has chupado la verga a la esposa de tu mejor amigo, ya no hay vuelta atrás.

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Me gustan las noches largas y lo que se esconde en ellas. Dominación, control y esa tensión elegante de quien sabe lo que quiere.

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