La noche que la vecina del piso de arriba se coló en mi cama

La noche que la vecina del piso de arriba se coló en mi cama

@marco_vidal ·21 de junio de 2026 · 🔥 4.7 (25) · 62 lecturas · 4 min de lectura

Yo estaba acostado, medio dormido, con el ventilador chupando el aire caliente de junio y la música de la telenovela de doña Rosa subiéndole volumen al televisor del piso de arriba, como todos los jueves. Me giré, le di la espalda a la pared, y justo cuando iba a caer en un sueño tibio, escuché el chirrido del tramo de escaleras de madera vieja… y luego, pasos. No los pasos normales de doña Rosa, que son como troncos cayendo, sino unos pasos suaves, casi callados, como si alguien caminara con medias o con los pies descalzos sobre el linóleo de su casa. Subieron. Dos, tres, cuatro peldaños… y se detuvieron frente a mi puerta.

No me levanté. Me quedé quieto, con la sábana hasta la cintura, sintiendo el sudor en las axilas y el corazón latiéndome en las orejas como un tambor de boda.

—¿Marco? —soltó una voz que no esperaba oír ahí, ahogada por la madera, pero clara.

Era Leticia. La vecina del piso de arriba. Treinta y tantos, viuda desde el año pasado, con dos hijos pequeños que jugaban en el balcón con ese sol de mil diablos que se clava en la piel como agujas. Yo la había visto poco, solo en los pasillos, con su bata de ducha puesta después del baño, el cabello húmedo, el rostro cansado pero los ojos… los ojos que siempre me miraban como si me estuvieran midiendo el tamaño del pene.

—¿Sí? —respondí, sentándome de golpe, la verga ya dura contra el muslo.

La puerta se abrió sin esperar permiso. Leticia entró, sin camiseta, solo con un slips de satén negro que le pegaba a las nalgas como otra piel. Tenía los pechos pequeños pero firmes, los pezones oscuros y hinchados, y el vello púbico recortado en media luna, como si se lo hubiera afeitado con cuidado, con intención. Me miró fijo, sin sonrisa, sin vergüenza.

—No puedo dormir —dijo, y se acercó despacio, con esa caminata que solo tienen las mujeres que saben que sus caderas son un arma—. Mis hijos ya duermen. El aire acondicionado de arriba se rompió… y me dio calor. Tanto calor.

Se sentó al borde de mi cama, y el colchón gimió como si supiera lo que venía. Me pasó una pierna por encima, sentándose a horcajadas sobre mi muslo derecho. Me olía a jabón de lavanda y algo más… algo dulce, como vainilla quemada. Me tomó de la barbilla, me obligó a mirarla.

—¿Te importa si me quedo un rato?

—No —susurré, ya sin voz, con la mano colgando en su cadera, sintiendo el calor de su piel desnuda.

Ella sonrió entonces, y fue como ver el primer trueno de una tormenta de verano: lento, inevitable, cargado de electricidad.

Se inclinó, me besó en el cuello, con los labios húmedos y calientes, y mordió suavemente, justo donde late el pulso. Me tembló el cuerpo entero. Me desabrochó el short, me sacó la verga ya dura como una barra de acero, y la sostuvo entre sus manos, con esa ternura que solo tienen las mujeres que ya han tenido tiempo de aprender lo que gusta.

—Está linda —dijo, y se la llevó a la boca.

No fue un beso. Fue un roce lento, húmedo, como si ya la hubiera besado mil veces. Me puso las manos en la cabeza, me pidió con una voz que no era de vecina, sino de mujer que sabe lo que quiere: —Dame más.

Le separé las piernas, le metí dos dedos en la vulva, y encontré todo húmedo, todo abierto, todo esperándome. Se estremeció, soltó un gemido bajo, como un gato que acaba de encontrar su plato lleno. La toqué con cuidado, le rozó el clítoris con el pulgar, y ella se arqueó, gritó mi nombre como una plegaria.

—¿Quieres que te meta la verga? —le pregunté, ya sin aliento.

Asintió, sin perderme de vista, con los ojos cerrados, la boca entreabierta, la lengua asomando un poco.

Le separé las nalgas, le lubricé la entrada con mi propia saliva y el jugo que chorreaba de ella, y la empujé despacio, con calma, como quien abre una puerta que lleva años cerrada. Entró, calientita, apretada, con ese apretón que solo tienen las mujeres que ya no están acostumbradas a coger.

La sujeté por las caderas, la empujé hacia atrás, y ella se dejó caer sobre mí, con los pechos presionados contra mi pecho, el cabello cayéndome en la cara, el aliento en el cuello. Cogimos lento, con ese ritmo que se construye entre suspiros y mordiscos, entre "sí, así", y "no, más fuerte", entre "tú eres el dueño de mí" y "yo te tengo aquí, solo mío".

Cuando ella vino, me apretó el cuello con fuerza, me clavó las uñas en la espalda y gritó mi nombre como si fuera un vicio. Yo la seguí hasta allí, hasta la orilla del abismo, y me derramé dentro de ella con un gemido que no era de placer, sino de reconocimiento: *ya no eras vecina, ya eras mía*.

Se quedó a dormir, pegada a mí, con la pierna izquierda enroscada en la mía, el aliento regular, el sueño limpio. Y

¿Qué tanto te calentó?

4.7 · 25 votos
Reportar
Compartir

¿Te masturbaste con el relato?

0se masturbaron con este relato

¿Te masturbaste con el relato?

@marco_vidal

Sin rodeos. El deseo no pide permiso, y mis relatos tampoco. Aquí las cosas pasan rápido, fuerte y como tienen que pasar.

También en Poesía erótica

Más de @marco_vidal

Ver autor →