La noche que invitamos a Camila

La noche que invitamos a Camila

@el_forastero ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 7 min de lectura

La lluvia golpeaba suavemente contra las ventanas del departamento de Sofía y Mateo, como un susurro insistente que prometía prolongar la noche. Eran las nueve y media, y en el aire flotaba el aroma de café recién hecho, canela y algo más: la expectativa silenciosa de lo que venía. Camila llegaría pronto.

Sofía se ajustó la correa del delantal mientras movía los muslos con el ritmo de la música suave que salía de los altavoces ocultos. Mateo, de pie junto a la barra de la cocina, le ofreció una sonrisa cómplice antes de servir una copa de vino tinto para ella. Ambos sabían que no se trataba solo de una cena entre amigos. Camila no era cualquier amiga: era la vecina de piso superior, la que solía saludarlos desde el ascensor con una mirada que se detenía un segundo más de lo necesario, la que había empezado a invitarlos a tomar té en su apartamento —siempre él solo, siempre con un libro de poesía en la mesa baja—, y la que, hace dos semanas, había dejado caer, con una voz apenas audible, que le gustaría conocerlos mejor. “Como trio”, había dicho, y no había sido necesario aclarar nada más.

Mateo apoyó el cuello de la botella contra la mesa y se limpió las manos en una toalla. “Está lista”, dijo. Sofía asintió, se quitó el delantal con lentitud y lo colgó en el gancho de la puerta del comedor. Llevaba puesto un vestido sencillo: negro, de tirantes finos, sin escote, pero que dejaba entrever la curva de sus espaldas y la suavidad de sus brazos. Su cabello, castaño claro, estaba recogido en un moño bajo, con algunas mechas sueltas que le acariciaban la nuca.

El timbre sonó a las 10:03.

Camila apareció en la puerta con una botella de vino blanco y una sonrisa que empezaba en los ojos. Llevaba un suéter de lana color miel, pantalones de algodón y los pies descalzos. Apenas cruzó el umbral, Sofía notó cómo Mateo inhaló casi imperceptiblemente. Ella también sintió el mismo tirón: Camila tenía una presencia que no exigía atención, pero que la atraía como un imán.

—Hola —dijo ella, dejando el vino sobre la encimera y acercándose primero a Sofía para darle un beso en la mejilla, luego a Mateo con un abrazo breve pero apretado—. Disculpen que llegue un poco tarde.

—No importa —dijo Mateo, tomando la botella—. Acabábamos de servirnos algo.

Fue una cena tranquila, con risas suaves, historias de su infancia que nunca habían compartido entre los tres, y preguntas que iban explorando terreno nuevo con delicadeza. Camila habló de sus viajes solos, de cómo aprendió a nadar en el río de su pueblo natal, de la primera vez que se besó bajo una luna llena. Sofía escuchaba, no solo con los oídos, sino con la piel, observando cómo la luz del comedor se posaba en sus mejillas, cómo sus dedos movían el tenedor con un ritmo pausado, cómo su cuello se inclinaba cuando reía.

Al terminar, Mateo se levantó para recoger los platos, pero Camila lo detuvo con una mano suave en el antebrazo.

—Déjame ayudarte —dijo, y Sofía notó que su voz se había vuelto más grave, más íntima.

Juntos lavaron los platos en silencio, los cuerpos rozándose por accidente o por intención, sin prisas, sin apuro. Sofía los observó desde la puerta del comedor, con una copa de vino en la mano, y sintió un nudo en el estómago que no era de ansiedad, sino de anticipación. Camila secó los últimos vasos mientras Mateo los guardaba. Cuando se volvió, Sofía ya estaba frente a ella, con los ojos bajos y los labios entreabiertos.

—¿Te importa si me cambio? —preguntó Camila, sin mirar a Mateo, pero sí sabiendo que él la miraba.

—Claro —dijo Sofía—. Está en el baño del pasillo.

Camila asintió y se alejó, los pasos ligeramente más lentos de lo habitual. Dos minutos después, regresó con un vestido diferente: ahora era de seda, rojo oscuro, con una abertura lateral que dejaba ver una pierna larga y bronceada por el sol. Se había deshecho del suéter y los pantalones, y ahora su silueta parecía haber cobrado más densidad, más calor.

—¿Les gustó? —preguntó, girando lentamente frente a ellos.

Mateo no respondió. Solo asintió y tragó saliva. Sofía, en cambio, dio un paso hacia adelante y rozó con los nudillos la tela del vestido.

—Es hermoso —susurró—. Como tú.

No hubo beso al principio. Solo una mirada que se cruzó entre los tres, como un puente invisible que los unía, como si cada uno hubiera estado esperando ese instante desde siempre. Camila tomó la copa de vino que Sofía le ofrecía y la llevó a sus labios con lentitud, sin desviar la vista de Mateo. Luego, con el dorso de la copa, pasó el vino restante por su cuello, dejando un rastro húmedo y brillante que Sofía quiso besar.

Fue Mateo quien se acercó primero.

Se puso de rodillas frente a Camila, sin romper el contacto visual, y con una mano suave le quitó la copa. Luego, lentamente, llevó sus labios a la línea de su cuello, besando el vino, inhalando su perfume, sintiendo el temblor que recorrió el cuerpo de Camila como una descarga eléctrica. Sofía se acercó desde atrás, puso las manos sobre sus hombros y bajó los dedos por sus brazos hasta tomar sus manos. Las entrelazó con las de Camila y las apretó contra su pecho.

—Siente —dijo Sofía, y Camila cerró los ojos.

Mateo se levantó entonces, pero sin soltar la mano de Camila. La condujo hacia el sofá, donde ya había una manta desplegada, una botella de aceite de almendras y una vela encendida. Se sentaron juntos: Camila en el centro, Sofía a su derecha, Mateo a su izquierda. El silencio era espeso, pero no incómodo. Era el silencio de la espera consciente, de la confianza que se construye cuando ya no hay miedo a lo que vendrá.

Sofía inclinó la cabeza y besó el hombro de Camila, donde la seda se deslizaba hacia abajo. Mateo, al mismo tiempo, pasó los dedos por la línea de su columna, siguiendo el camino de una curva suave que terminaba en la cintura. Camila exhaló, y por primera vez, movió la cabeza hacia atrás, apoyándola en el hombro de Mateo.

—Sí —dijo, apenas audible—. Sí.

Sofía se deslizó hacia atrás, apartando suavemente la seda del hombro derecho de Camila, dejando al descubierto su piel. Con los labios y luego con la lengua, comenzó a trazar un sendero desde la clavícula hasta el seno, que quedaba suavemente cubierto por la copa del vestido. Mateo, por su parte, bajó la mano hacia la rodilla de Camila y la frotó con cuidado, como si aprendiera su textura, como si le estuviera pidiendo permiso una vez más.

Cuando Sofía se separó para desabrochar el resto del vestido, Camila ya no contenía su respiración. Se inclinó hacia adelante, apoyando las manos en las muslos, y dejó que el vestido se deslizara por su cuerpo hasta el suelo. Quedó entonces en ropa interior: negra, delicada, con encajes que se ajustaban a la curva de sus caderas. Pero nadie la miró como si fuera un objeto. La miraron como quien mira una pintura que ha estado esperando ser descubierta.

Mateo se quitó la camisa y se sentó frente a ella, ahora sin barreras. Le acarició el rostro, luego el cuello, y por fin, con la punta de los dedos, rozó el borde de su sostén. Camila inclinó la cabeza hacia adelante y besó su pecho, sosteniéndolo con ambas manos. Sofía los observó, sintiendo el calor de su propio cuerpo, el pulso acelerado en las muñecas, y se levantó.

Caminó hasta la mesa de la cocina, se sirvió un vaso de agua y lo tomó de un trago. Cuando regresó, Camila ya estaba recostada sobre el sofá, la cabeza apoyada en las piernas de Mateo, los ojos cerrados, los labios entreabiertos. Sofía se arrodilló a su lado y le acarició el vientre con la palma abierta, sintiendo cómo la piel respondía, cómo el músculo se tensaba y luego se relajaba bajo su toque.

—¿Te gustaría que yo también estuviera allí? —preguntó Mateo, sin mirar a Camila, sino a Sofía.

Ella asintió y tomó su mano.

—Sí —dijo Camila, abriendo los ojos y mirando a ambos—. Quiero que estés allí.

Fue entonces cuando Mateo se inclinó y besó a Camila, primero suav

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