La noche que intercambiamos vecinos
7 minLa noche que intercambiamos vecinos
Nunca pensé que el silencio de mi vecina fuera tan cargado de promesas.
Elena vivía en el departamento del fondo, el que tiene la ventana con persianas de madera que nunca cerraba del todo. Yo, desde mi balcón, había visto más de una vez su silueta tras la tela fina de sus camisetas, el contorno de sus pechos al inclinarse sobre el lavaplatos, la curva de sus caderas cuando caminaba hacia el supermercado con sandalias y una bolsa de tela. Nunca habíamos cruzado más que un “buenos días” seco, un gesto leve con la mano. Ella era reservada, callada, como si guardara un secreto que solo ella conocía. Hasta que un jueves de lluvia, cuando el agua golpeaba el cristal como si quisiera entrar, todo cambió.
Me había quedado atrapado en su portal por el aguacero. Estaba mojado, con la camisa pegada a la espalda, cuando escuché el portón abrir. Ella apareció con un paraguas grande, negro, y me miró sin esconder la sonrisa que ya llevaba tiempo preparando en sus ojos.
—¿Te ofrezco refugiarte un rato? —dijo, y su voz era más baja de lo que imaginaba, cálida, como miel derretida.
No dudé. Entré.
Su departamento olía a canela, café recién hecho y algo más: algo floral, pero oscuro, como lirios abandonados en una sombra. El salón era minimalista: muros blancos, un sofá bajo de cuero oscuro, una lámpara de pie que proyectaba círculos anaranjados en el techo. Ella cerró el portón con lentitud, como si el mundo al otro lado ya no existiera.
—¿Vino? —preguntó, ya hacia la cocina.
—Sí —respondí, y no sabía si decía sí al vino o a la espera de lo que vendría.
Me senté en el sofá, con las manos apoyadas en las rodillas, los pies mojados manchando ligeramente la tapicería. Ella volvió con dos copas de vino tinto, una botella aún abierta y una toalla. Me la tendió sin mirarme directamente, y cuando mis dedos rozaron los suyos, sentí un impulso eléctrico que subió por el brazo y se detuvo en la base de la columna.
—Gracias —dije, secándome el cabello.
—No es común que te quedes aquí —murmuró—. Siempre te veo con tu hija los domingos.
—Sí —asentí, con una punta de vergüenza—. Pero hoy… no vinimos.
—¿Por qué no? —preguntó, y esta vez me miró de frente, sin disimulo.
Y entonces supe que ella también me había estado observando.
No hablamos de mi hija. Hablamos de libros, de viajes que nunca hicimos, de películas que nos avergonzaba reconocer que habíamos llorado en secreto. Su risa era suave, sin estridencias, pero cuando se reía de verdad, los ojos se le humedecían y su cuello se inclinaba un poco hacia atrás, como si el aire le permitiera expandirse.
—¿Te gusta la danza? —preguntó de pronto.
—No mucho —mentí—. Pero me gusta verla.
—Entonces cálmate —dijo, y puso una canción en el celular: un tema lento, de piano y cuerdas, con una melodía que se arrastraba como un suspiro.
Se puso de pie, me tendió la mano.
—Baila conmigo.
No era una invitación. Era una orden suave, casi una confesión.
Me levanté. Me tomó de la muñeca, y su piel era seca, cálida, con una textura que recordaba al papel de arroz mojado. Me acercó lentamente, hasta que sentí el calor de su cuerpo a través de la tela mojada de mi camisa. Sus pechos rozaron mi pecho, y yo sentí el latido de su corazón a través de la fracción de centímetro que nos separaba. Su cabeza descansó en mi hombro, y sus dedos se entrelazaron con los míos, con una firmeza que no esperaba.
—Sé que tú también me miras —susurró.
—Sí —confesé, sin vergüenza.
—Mi esposo no me mira así —continuó, y su voz se volvió más aguda, más vulnerable—. Ya no.
No dije nada. No era necesario.
La música terminó, pero no nos soltamos. Ella levantó la cabeza, y esta vez fue ella quien me besó.
Fue un beso lento, explorador, como si estuviera aprendiendo un idioma nuevo con los labios. Su boca era pequeña, roja por el vino, y su lengua rozó la mía con una timidez que me hizo temblar. Sentí cómo su pecho subía y bajaba más rápido, cómo sus dedos se apretaban contra mis brazos, cómo su rodilla se deslizaba entre las mías, como si buscara un apoyo.
—Vamos al cuarto —dijo, rompiendo el beso apenas para exhalar las palabras contra mis labios.
El cuarto era oscuro, con luces bajas y sábanas negras. Ella se quitó la blusa primero, sin prisa, desabrochando cada botón como si fuera un ritual. Debajo llevaba un sujetador de encaje negro, con copas que apenas contenían sus pechos, redondeados, firmes, con pezones oscuros y hinchados por la anticipación.
Me deshice de la camisa y el pantalón, y cuando quedé en calzoncillos, ella se arrodilló frente a mí sin vacilar.
—¿Te gusta que te toque? —preguntó, mientras desabrochaba mi cinturón.
—Sí —respondí, con la garganta seca—. Pero quiero hacerlo a tu manera.
Ella sonrió. Me tiró suavemente de la cintura del calzoncillos, y mi pene salió, firme, húmedo ya por la excitación. No lo miró con vergüenza, ni con curiosidad. Lo miró como si lo hubiera estado esperando toda la vida.
Con una mano, acarició la base, lentamente, como si meditara su forma. Con la otra, pasó los dedos por mis testículos, rozándolos con delicadeza. Luego, con un movimiento lento, bajó la cabeza y me lamió la punta, con la lengua plana, cálida.
Sentí un estremecimiento que me subió por la espalda y me obligó a agarrarme al colchón.
—Dime qué sientes —susurró, mientras me tomaba el glande entre los labios.
—Que no puedo respirar… —murmuré, con los dientes apretados.
Elena se retiró y se puso sobre mí, montándose con una elegancia que me dejó sin aliento. Su vagina era húmeda, suave, con un vello oscuro y recortado que olía a tierra y a ella misma. Se bajó el sujetador, dejando sus pechos libres, y se inclinó hacia adelante, apoyando las manos en mi pecho, para que yo pudiera tomarlos.
—Tú primero —dijo, mientras suaves movimientos de cadera lo hacían deslizarse dentro de mí.
Ella no se dejó invadir de golpe. Se dejó penetrar con calma, como si cada centímetro fuera un juramento. Y cuando estuvo toda ella dentro, cuando su pubis rozó el mío y su clítoris quedó presionado contra mi vello, cerró los ojos y soltó un gemido bajo, casi una queja.
—Tú también… —dijo, y me empujó suavemente con las piernas, para que yo comenzara a moverme.
Fue entonces cuando todo se volvió realidad.
No fue rápido. No fue salvaje. Fue un vaivén lento, profundo, como un canto ancestral. Yo la tomaba de las caderas, sentía cómo su cuerpo se estremecía con cada embestida, cómo sus pechos rebotaban con la rhythmicidad de nuestro encuentro, cómo su respiración se volvía entrecortada, como si cada aire que inhalaran fueran una ofrenda.
—Sí… —musitaba—. Sí, así…
Y cuando me pidió que la girara, que la tomara por detrás, no dudé. La levanté con facilidad, apoyándola sobre el borde de la cama, y la entré desde atrás, con la mano que no sujetaba sus caderas acariciándole el pecho, rozando su pezón con la yema del pulgar.
—¿Te gusta que te toque aquí? —pregunté.
—Sí… —respondió, con la frente apoyada en las sábanas, la boca entreabierta—. Me gusta que me digas que te gusto…
Y entonces, cuando sentí que mi pubis rozaba su clítoris y su cuerpo se contraía en un espasmo incontrolable, yo también me dejé ir. Me embestí una última vez, profundamente, y sentí cómo mi semen se desbordaba dentro de ella, cálido y abundante, como si estuviera devolviéndole todo lo que me había dado.
Ella se volvió hacia mí, sudorosa, con los ojos brillantes, y me besó otra vez, esta vez con ternura, con una promesa silenciosa.
—¿Volverás mañana? —me preguntó.
—Sí —respondí,
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