La noche que intercambiamos a Clara
7 minLa noche que intercambiamos a Clara
Yo soy Joaquín. No tengo una historia bonita de amor libre ni una ética compleja. Solo tengo una certeza: cuando Clara me miró por primera vez en la fiesta de los Vargas, supe que íbamos a acostarnos juntos. No conmigo, claro. Con mi mujer.
Era viernes. Agosto. El calor pegaba fuerte en la Ciudad de México, pero dentro del loft de los Vargas, el aire acondicionado a plena potencia y el vino blanco helado nos daban una especie de ilusión de invierno. Clara, mi esposa, iba vestida de negro: falda plisada hasta las rodillas, blusa de seda negra abierta hasta el ombligo, zapatos de tacón alto que le apretaban los tobillos y le hacían arquear la espalda cuando caminaba. No era la primera vez que la veía así, pero esa noche tenía algo distinto. Una tensión en la mandíbula, una sonrisa que no llegaba del todo a los ojos. Sabía que estaba lista.
Y yo también.
Llevábamos tres meses yendo a estas fiestas. No como principiantes, pero tampoco como veteranos. No teníamos reglas estrictas, solo un acuerdo tácito: nadie forzaba nada, nadie se sentía atrapado, y si alguien se sentía incómodo, decía *basta* y se iba. Pero en las fiestas de los Vargas, el *basta* rara vez se decía.
Clara me acercó su vaso, los dedos rozando los míos. Me susurró al oído, con voz apenas audible sobre la música ambiental:
—Ese hombre de ahí, el de la camisa blanca abierta… Me está mirando desde hace diez minutos.
Lo vi: alto, moreno, barba recortada, músculos definidos pero no exagerados. Tenía las manos grandes, los hombros anchos, y el tipo de mirada que no pedía permiso. Lo conocía de vista: se llamaba Diego, era arquitecto, y venía siempre solo. Nadie sabía si tenía pareja. Nadie preguntaba.
—¿Y qué quieres hacer con él? —le pregunté, sin mirarlo. Ya sabía la respuesta.
Clara sonrió, pero esta vez sí llegó hasta los ojos. Me besó la oreja, lento, con la lengua apenas rozándola.
—Quiero que me veas hacerlo. Quiero que me tomes cuando él me esté follando. Quiero que me agarres de los pelos y me digas que soy suya. Quiero que me mires como si me estuvieras robando.
No dije nada. Solo asentí, le di un trago a mi vino, y la dejé ir.
Diego se acercó cuando Clara se alejó a hablar con otra mujer. Se paró frente a mí, me tendió la mano.
—Soy Diego. Vi que estabas con la rubia del vestido negro.
—Joaquín. Sí, esa es mi mujer.
—Vaya mujer. Me ha estado mirando también.
—Ya lo sé.
Se rió, bajo, con confianza. Me ofreció otro vino, lo acepté. Hablamos de arquitectura, de viajes, de libros que nadie había leído. Todo era fachada. Pero entre líneas, entre las pausas, sentí la pregunta que no se hacía: *¿Estás dispuesto a compartirla?*
Clara regresó, se paró a su lado, la mano en su brazo. No como poseída, sino como una invitación.
—Joaquín, Diego me invitó a ver sus planos. Dijo que tiene un proyecto en la Roma… ¿Te molestaría si lo acompañamos al departamento?
La miré. Ella me devolvió la mirada con una sonrisa pícara, los labios entreabiertos. Ya no era mi esposa la que me hablaba. Era una mujer que me ofrecía su cuerpo a cambio de mi permiso.
—Claro —dije—. Yo los espero en el auto.
No fue cierto. No los esperé. Subí a mi departamento, dos pisos arriba, abrí la puerta, y me senté en el sofá con una botella de tequila. No bebí. Esperé. Conté los minutos. Cinco. Diez. Quince. Veinte. Cuando escuché las llaves en la puerta, ya sabía lo que iba a encontrar.
Clara entró sola. Llevaba el cabello despeinado, los labios más rojos, la piel brillante. El vestido estaba arrugado, la cintura torcida, una mano agarrando su bolsa como si temiera que se le cayera.
—¿Se fue? —le pregunté.
—Sí. dijo que tenía que regresar a su oficina. Pero… —se acercó, se quitó el vestido con un movimiento lento, dejando caer la ropa interior negra al suelo—. Me tocó mucho antes de irse.
Me puse de pie. La tomé de la cintura, la levanté sin esfuerzo y la senté sobre la mesa de centro, justo donde había estado mi vaso. El cristal frío contrastó con su piel caliente.
—¿Te tocó dónde? —pregunté, mientras con una mano le abría el sostén y le sacaba los pechos. Le tocaba, sí, pero no como yo le tocaba. No como yo quería tocarla.
—Me lamía el clítoris con los dedos… me metió dos dentro, mientras me besaba el cuello. Me dijiste que no me moviera… pero yo me moví. Me dejé llevar.
Me puse de rodillas frente a ella. Le separé las piernas con las manos, le bajó los muslos con fuerza. Vi su vulva, hinchada, brillante, el pequeño labio interno ya abierto, como una boca que aguardaba ser comida. La olí. Huele a Clara, pero con un sabor nuevo: sudor, lubricante artificial, y algo salado, de Diego.
—Mueve la cadera —le ordené—. Como si lo hicieras con él.
Ella obedeció, lento, con los ojos cerrados. Yo le pasé la lengua por el clítoris y ella soltó un grito ahogado, las uñas clavándose en mis hombros.
—No te muevas —le dije—. Si te mueves, te detengo.
Ella asintió, jadeante. Le separé los labios con los dedos, le metí dos dentro, y moví la lengua con más fuerza, como si estuviera follando su boca con ella. Me lamió el cuello, me mordió la oreja, me susurró al oído:
—Me hice agua encima cuando me dijo: “Dile a tu marido que me dejó hacerlo”.
La saqué de la mesa, la tomé de la cintura, la giré, y la puse de rodillas frente a mí. Me desabroché los pantalones, saqué mi pene, ya duro, gordo, con los vasos hinchados. Le pasé la mano por la frente, le obligué a abrir la boca.
—Métetelo.
Ella lo hizo. Lo lamía, lo chupaba, lo tragaba hasta la raíz. Le pasé los dedos por el pelo, le apreté la nuca, y le dije:
—No quieres a Diego. Quieres a mí. Quieres que te folle como si no hubiera nadie más en el mundo.
Ella asintió contra mi pene, con la boca llena, y me chupó con más fuerza. Le bajé las manos, le dije que se levantara. La tomé de la cintura, la llevé a la habitación, la lancé sobre la cama. Ella rodó sobre sí misma, se puso boca arriba, con las piernas abiertas. Me acerqué, le froté el pene en la vulva, la rozó con la punta, la empujé dentro con un solo movimiento.
Clara gritó.
—¡Joaquín!
—Calla —le dije—. No digas mi nombre. Dice el nombre de Diego cuando te follo.
Le clavé los dedos en los muslos, la agarré por las caderas y empecé a meterla y sacarla, lento, firme, hasta que ella me pidió más. Entonces le di más. La tomé por el pelo, le obligué a levantar la cabeza, y la follé con fuerza, con la mirada fija en sus ojos. Ella me devolvía la mirada, jadeante, los labios entreabiertos, la lengua asomando.
—¿Te gusta que te folle tu marido? —le pregunté.
—Sí —gimió—. Sí, sí, sí…
—¿Le dijiste que lo haríamos?
—Sí… me dijo que me mirara en el espejo… que me dijera que era suya… y yo lo repetí… *soy suya*… *soy suya*…
La empujé con más fuerza, la agarré por el pelo con ambas manos, y le dije:
—Ahora dile que es mía.
—¡Es mía! —gritó—. ¡Es mía, Joaquín!
—No digas mi nombre —le ordené—. Di *es mía*.
—¡Es mía! —repitió—. ¡Es mía! ¡Es mía!
Le di un último empujón profundo, y sentí cómo su cuerpo se estremecía, cómo su vagina se cerraba alrededor de mí, cómo su clítoris se hinchó y palpitó. Me dejé llevar, me corrí dentro de ella, con los ojos cerrados, con la boca llena de su nombre, pero sin decírselo.
Me retiré, me senté a su lado, y la tomé en brazos. Ella se aferró a mí, con los ojos llorosos, con la boca temblando.
—¿Te duele?
—No —dijo—. Me siento… usada.
—Bueno —dije—. Lo eres.
Se rió, un poco nerviosa, un poco aliviada.
—¿Volveremos a hacerlo?
—No sé —respondí—. Pero si vuelves a mirar a alguien, te prometo que no será conmigo sentado viéndote. Seré yo quien te folle hasta que no puedas caminar.
Clara me besó, lento, con los ojos cerrados. Me susurró al oído:
—Mañana voy a volver a la fiesta.
No dije nada. Solo la apreté más contra mí, y sentí su corazón latiendo contra mi pecho, como si aún estuviera follando con Diego.
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Cuerdas, órdenes y la confianza de soltarse. Escribo dominación y sumisión consentidas, donde perder el control es ganarlo todo.