La noche que el vecino trajo a su prima

La noche que el vecino trajo a su prima

@joaquin_noche ·5 de junio de 2026 · ★ 4.0 (18) · 18 lecturas · 7 min de lectura

La casa del final de la calle, la de paredes de ladrillo visto y toldo roto, vibraba con el bajo del carnaval que no había ido a celebrar. Joaquín —el vecino— había invitado a su prima Luz a pasar la noche. No era la primera vez, pero sí la primera vez que iban a hacerlo *juntos*.

—¿Segura que no te da pena? —le preguntó Joaquín, ya en camiseta, con el pelo húmedo del baño y el olor a jabón de hierbas pegándosele al cuerpo.

Luz, sentada en el sofá, se quitó los zapatos de tacón y se estiró los pantalones ajustados. Tenía las piernas largas, el culo redondo y bien cargado, como le decía su mamá desde niña: *“ese culito no te va a sacar de pobre, pero sí de apuro”*. Sonrió, un poco pícara, un poco desafiante.

—Pues si no me da pena, ¿qué me va a dar? —dijo, apartándose el pelo de la frente con una mano—. Y encima, vos me dijiste que era seguro. Que él es un caballero.

—Sí, pero no es como si fuera mi novia —respondió Joaquín, acercándose y sentándose a su lado. Le pasó una mano por la rodilla, subiendo lento—. Es que es mi amigo, Luz. El de la moto negra. El que siempre te mira cuando venís a casa.

Ella no negó nada. Sí, lo había notado. El tipo se llamaba Raúl, era más alto, más musculoso, con brazos de trabajador y una sonrisa que parecía de maldición. Lo había visto dos veces antes: una vez, cuando había ido a prestar un clavero roto, y otra, cuando Joaquín lo había invitado a una cerveza en la terraza. En ambas, Luz había sentido el peso de sus ojos, no agresivos, pero sí *hambrientos*.

—Entonces, ¿qué esperamos? —dijo ella, ya con las piernas abiertas un poco, como si no tuviera prisa, pero sí una urgencia interna que le hacía palpitar el centro del cuerpo.

Joaquín se puso de pie, le tomó la mano y la levantó. La llevó hasta la habitación. La cama estaba hecha, pero sin sábanas encima, solo el colchón, con una toalla roja doblada al pie. Joaquín cerró la puerta con llave, como si temiera que alguien los interrumpiera —o como si le gustara esa idea de estar atrapados, a merced del deseo.

—Vas a esperar aquí —le dijo, sin quitarle los ojos de encima—. Cuando él llegue, te va a mirar como si te quiera comer. Y vos vas a dejar que lo haga. ¿Entendiste?

Ella asintió, con la lengua rozando el interior de sus labios. Joaquín le acarició una mejilla, luego bajó el cuello de la camiseta de ella, descubriendo un hombro. Le dio un beso en la piel, luego otro en el cuello, y se apartó.

—Mejor espero acá —dijo, y se sentó en la cama, con las piernas separadas, las manos sobre las muslos, esperando.

El timbre sonó a los veinte minutos. Raúl no se disculpó por la hora. Entró con una botella de ron y una sonrisa tranquila.

—Perdón la demora —dijo, con voz grave, como si cada palabra la hubiera medido antes de soltarla.

—No te preocupes —respondió Joaquín—. Estábamos esperándote.

Raúl lo miró, luego a Luz, y se acercó. No la abrazó, no la tocó. Solo se puso frente a ella, la miró de pies a cabeza, y luego se inclinó un poco.

—Sos hermosa —dijo, sin apuro, sin fuerza forzada, pero con algo de amenaza en el tono.

—Gracias —respondió Luz, con voz suave, pero firme.

Joaquín se levantó, se acercó y le quitó la camiseta de un jalón suave. Le dejó el sujetador de encaje negro, con los bustos llenos, los pezones duros ya, por el calor y el miedo bueno. Raúl se acercó más, le pasó una mano por la cintura, luego por la cadera, y se detuvo en el culo. Lo apretó, lento, como si lo estuviera midiendo.

—Qué rico —dijo, y Luz jadeó sin querer.

Joaquín le quitó el sujetador, y los pechos de Luz salieron, redondos, altos, con los pezones que se erizaban con el aire. Raúl se agachó, le chupó uno, lento, con la boca abierta, y luego pasó a la otra. Luz lo miró, sin pestañear, sin moverse, como si supiera que era su turno de dominar.

—Me gusta cómo te quedó —dijo Joaquín, y se puso frente a ella, le separó las piernas con una rodilla, y le pasó la mano por dentro del pantalón.

Ella no dijo nada. Joaquín le desabrochó el cierre, bajó la cremallera, y le sacó los pantalones, con la ropa interior. Luz estaba completamente desnuda, con el vello púbico oscuro, el culo bien cerrado, los pechos aún hinchados por el ron y el calor. Raúl la tomó por la cintura y la levantó como si fuera una pluma, la llevó a la cama y la tiró boca abajo. Luz no se resistió. Joaquín se acercó por detrás, le separó las nalgas con las manos, y le lamió el ano, lento, con la lengua plana, hasta que ella gimió, sin poder evitarlo.

—Está listo —dijo Raúl, ya con los pantalones bajados, el pito tieso, grueso, con la punta brillante de pre-cum.

Joaquín se levantó, se acercó, y le pasó una mano por la espalda a Luz.

—Vas a sentir su pito en el culo, pero no por mucho. Va a entrar, y yo te voy a mamar. ¿Entendiste?

—Sí —dijo ella, con la boca entreabierta, los ojos cerrados.

Raúl le untó un poco de salvia con aceite en el ano, y luego le pasó un dedo, lento, hasta la segunda falange. Luz jadeó, pero no se movió. Joaquín se puso entre sus piernas, le separó los labios con los dedos, y empezó a chuparle el clítoris, con la boca cerrada, con suavidad, pero con fuerza.

—Joder… —dijo Luz, y se arqueó.

Raúl metió el segundo dedo, luego el tercero, y se puso entre sus piernas, con el pito en la entrada. Luz sintió el calor, el grosor, la dureza. Joaquín no dejó de mamarle el clítoris, con la lengua rodando, con los labios chupándole la piel.

—Ahora —dijo Raúl.

Joaquín se levantó, y Luz sintió el vacío del pito de Raúl en su culo. Pero enseguida lo sintió entrar: lento, firme, hasta la base. Ella gritó, pero no de dolor, sino de placer puro. Joaquín se puso frente a ella, le agarró los pechos, le chupó los pezones, y Raúl empezó a empujar, lento, con el cuerpo recto, con la mirada fija en Luz.

—Qué rico, qué rico… —murmuró Luz, con los ojos cerrados, las uñas clavadas en la cama.

Raúl no iba rápido. Iba lento, cada empujón era como una sentencia. Luz sentía su culo estirándose, su vientre moviéndose con cada golpe, y Joaquín, que seguía chupándole los pezones, metiéndole los dedos en la boca, para que ella los mordiera, los mordiera y no gritara demasiado.

—Voy a correrme —dijo Raúl, con la voz rota.

—Hazlo —dijo Joaquín—. En su culo. Que se sienta llena.

Y Raúl lo hizo. Empujó una última vez, hasta el fondo, y soltó el pito, lleno, caliente, con la leche saliéndole como una manguera rota. Luz sintió el peso, el calor, el llenado total. Joaquín se puso de rodillas, le pasó una mano por el pelo, y le dijo:

—Ahora es tu turno.

Y Luz se levantó, se puso frente a Raúl, que aún tenía el pito tieso, con el semen saliéndole por los costados, y le chupó la punta, lento, con la boca cerrada, con la lengua rozando el glande. Luego lo metió todo, hasta la base, y lo sacó, y lo volvió a meter. Raúl la miró, con los ojos cerrados, y Joaquín se sentó en el borde de la cama, con las piernas abiertas, y se tocaba el pito, con los ojos fijos en Luz.

—Está bien —dijo Raúl—. Estás bien.

Ella lo sacó, se puso entre sus piernas, y se lo metió otra vez. Y otra. Y otra. Hasta que Raúl le dijo:

—Dámelo.

Y Luz se puso sobre él, con el culo en alto, y Raúl le metió el

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