La noche que el vecino nos invitó a su terraza
7 minLa noche que el vecino nos invitó a su terraza
Nunca pensé que un viernes cualquiera terminaría conmigo sentado en una hamaca de mimbre, con las piernas abiertas y una botella de mezcal vacía a un lado, mientras Lucía me chupaba el pezón derecho con la boca humedecida por el aguardiente que nos sobró en el vaso. Todo empezó con un mensaje en el elevador, sutil, casi inocente: «Oye Emilio, ¿qué tal si un día de estos pasamos por tu casa?», firmado por el vecino del piso de arriba, el de los ojos verdes y la sonrisa que nunca decía nada, pero todo lo dejaba entrever.
Ellos —Lucía y él— vivían en el 4B, una pareja de esos que no parecen reales: ella, profesora de ballet, con piernas largas y una cintura que parecía hecha a mano para que alguien la rodeara con ambas manos; él, arquitecto, con las manos callosas de dibujar y el pelo canoso bien recortado, como si el tiempo hubiera respetado su estilo. Nos habíamos saludado por años con una sonrisa y una pregunta sobre el agua o el ruido de la lavadora, pero nada más. Hasta que la semana pasada, en la cola del super, ella me alcanzó una lata de cerveza que se me había caído, y sus uñas pintadas de rojo oscuro rozaron mi dedo índice. Fue tan breve que casi pareció un error. Pero yo lo sentí. Y ella lo supo.
Esa noche, el mensaje llegó: «¿Te parece si subimos esta noche? Traemos mezcal, limones, y ganas de hablar de todo menos de trabajo». Me dudó un poco. No por ellos, sino por mí. Porque mi vida, desde que me separé de Mariana, se había vuelto un monólogo sin coro. Pero sí, claro que sí. Claro que subimos.
La terraza del 4B era un milagro de concreto y luz. Tejas de barro, macetas colgantes con hiedra y dos hamacas entrelazadas por una cuerda de cáñamo. El aire olía a jazmín y a humo de copal, como si alguien hubiera encendido una vela sagrada antes de que llegáramos. Ellos ya tenían dos vasos listos, con sal en los bordes y un trozo de limón flotando. Me lo entregaron con una sonrisa que no necesitaba palabras.
—¿Te importa si usamos esto? —preguntó Lucía, señalando una manta azul pavo real tendida sobre el piso—. Es de mi abuela. Dice que protege de las malas energías… y de los resfriados.
Riendo, nos sentamos en círculo. El mezcal, fuerte y dulce, nos abrió la lengua. Hablamos de viajes que nunca hicimos, de libros que leíamos a escondidas, de cómo se siente cuando alguien te mira y tú ya sabés que no va a decir nada, pero igual quieres que lo haga. Yo las miraba de reojo, no con deseo aún, sino con curiosidad. Ella con el pelo suelto, los hombros descubiertos, y él con las manos siempre en movimiento, como si estuviera diseñando algo invisible en el aire.
Cuando el segundo frasco estuvo vacío, Lucía se puso de pie y empezó a bailar. No un baile de salón, ni de ballet. Algo más antiguo. Más lento. Una especie de movimiento circular de caderas, los brazos ondulando como si arrastrara seda por el agua. Yo no dije nada, pero mis ojos sí. Y ella lo supo. Porque cuando se detuvo, se acercó a mí y me ofreció la mano.
—¿Te animas?
No fue una invitación. Fue una certeza.
Le tomé la mano, y ella me tiró suavemente hacia atrás, hasta que quedamos recostados uno al lado del otro, la cabeza en la manta, los pies hacia la baranda. Él nos observaba desde la hamaca, con una copa en la mano, sin moverse. Sin prisas.
—No te apures —dijo—. A veces lo mejor es dejar que el tiempo se olvide.
Lucía me quitó la camisa sin romper el contacto visual. Sus dedos, fríos al principio, se calentaron al rozar mi piel. Me besó en el cuello, no con urgencia, sino con cuidado, como si estuviera leyendo algo escrito en mi piel. Luego bajó, lento, hasta la base del estómago, y me desabrochó el cinturón con una sola mano, mientras con la otra me acariciaba el muslo.
—¿Te gusta que te toque así? —susurró, sin mirarme, como si ya supiera la respuesta.
Asentí. No con palabras, sino con un leve arqueo de la espalda.
Fue entonces cuando él se levantó. Se acercó con calma, se sentó a mi lado, y puso su mano sobre mi pecho. No fue una invasión. Fue una confirmación.
—Tú no eres de los que corren —dijo—. Pero sí de los que se dejan llevar.
Y sí, era cierto. No corría. Me dejaba llevar. Lucía me desabrochó los pantalones, y yo sentí el aire fresco sobre la verga ya dura, como si el cuerpo me hubiera estado esperando esto desde siempre. Ella se inclinó, me lamió el glande con la punta de la lengua, lento, saboreándome como si fuera un postre que no quería terminar. Yo gemí. Bajo, gutural. Y ella sonrió, satisfecha.
Mientras ella me chupaba, él me acariciaba las nalgas, primero con suavidad, luego más fuerte, como si me estuviera marcando. Me pidió que me volteara, y lo hice. Él me besó en la nuca, y luego bajó hasta el pliegue de las nalgas, rozando con la punta de la lengua el ano, sin presionar, solo insinuando. Me miró por encima del hombro.
—¿Estás listo? —preguntó.
No dije nada. Solo asentí, y apreté los puños en la manta.
Lucía se incorporó y se sentó en el borde de la hamaca, las piernas abiertas, el vestido subido hasta la cadera, el slip de encaje negro ya deshecho por un lado. Él se acercó, se arrodilló entre sus piernas, y con un solo dedo, le rozó el clítoris. Ella gimió, como si él le hubiera sacado un suspiro del alma.
—Dime cómo se siente —le pidió él, sin dejar de tocarla.
—Como si me estuvieras chupando el corazón —murmuró ella.
Él sonrió, y entonces se inclinó, y empezó a chuparla, lento, con ternura, como si cada beso fuera una promesa. Yo los miraba, con la verga entre las manos, apretada, y sentí que algo dentro de mí se rompía suavemente. No por celos, ni por miedo. Por admiración. Por deseo puro, sin máquinas ni excusas.
Cuando Lucía se terminó, se levantó y se acercó a él. Lo besó, y en ese beso hubo todo lo que no habíamos dicho. Luego, ella se volteó hacia mí y me extendió la mano.
—Ven —dijo—. Que ya te he chupado lo suficiente.
Me puse de pie, y ella me tomó de la mano y me llevó hasta la hamaca. Él ya estaba acostado, con los ojos cerrados, los brazos abiertos. Lucía me ayudó a quitarme los pantalones por completo, y luego se acostó a mi lado. Nos miramos, y ella me susurró:
—Si no te gusta lo que vas a sentir… me detienes. Pero si no dices nada… es porque quieres más.
Y entonces, con la mano de él sobre mi cintura, y la de ella sobre mi muslo, nos entregamos.
No fue rápido. No fue ruidoso. Fue lento, cuidadoso, casi sagrado. Él me metió el dedo en el culo, con calma, hasta que sentí el calor crecer, y la presión se volvió placer. Lucía me tomó la verga, la untó con su humedad, y luego se subió sobre mí, sentándose poco a poco, hasta que sus nalgas tocaron las mías, y yo sentí su cuerpo entero sobre mí, como una manta caliente en invierno.
Ella se movía lento, de lado a lado, como bailando sobre mí, mientras él le acariciaba los senos, los pezones, el cuello. Y yo, con las manos en su cintura, con el corazón golpeando como un tambor de fiesta, la miraba a los ojos y le decía «sí», «así», «más», como si fuera una oración.
El aire se volvió denso, cargado de sudor, de mezcal, de jazmín. Las luces de la ciudad parpadeaban a lo lejos, como si también nos estuvieran mirando. Ella se inclinó hacia atrás, agarró mis manos y las puso sobre sus pechos. Yo apreté, y ella gimió, y yo sentí que algo dentro de mí se soltaba.
Y cuando ella se vino, lo hizo con los ojos cerrados, la boca entreabierta, el cuerpo temblando. Y yo la seguí, con un gemido que no reconocí como mío, con la verga palpitando dentro de su cuerpo, con él still acariciándome el pene, como si también estuviera dentro de mí.
No hablamos después. No había nada que
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