La noche que el vecino llamó a la puerta
La luz del corredor se colaba por la rendija de la puerta entreabierta, iluminando el suelo de loseta fría mientras Natalia ajustaba la correa del camisón de seda negra que apenas cubría sus muslos. Eran las once y veinte de la noche, y el silencio del edificio apenas se rompía con el murmullo de fondo de la ciudad. El timbre sonó.
—¿A esta hora? —murmuró, sin apuro, dejando el vaso de tequila en la mesa de centro.
Abrió. En el umbral, Diego —el vecino del cuarto piso, el que siempre saludaba con una sonrisa tímida y los ojos un poco más tiempo del necesario— sostenía una botella de mezcal artesanal y una sonrisa que ya no era tan tímida.
—Oye, ¿te parece si te lo traigo a la mano? —dijo, con esa voz ronca que ahora Natalia asociaba al calor del cuerpo y a la promesa de algo prohibido—. Se me quemó el pastel en el horno… y no quise que se fuera a la mierda solo.
Ella sonrió, apenas, y se hizo a un lado. Diego entró sin pedir permiso, como quien se mete a su casa. Y lo era, en cierto modo: desde que se mudaron juntos al mismo piso, las miradas se habían cargado de significado, los “buenas noches” se habían vuelto más lentos, los roces en el elevador más reales. Hasta que ayer, en el super, él le había pasado el celular con una foto: *¿Quedamos en que si algo se quema… se comparte?*
Natalia cerró la puerta. El silencio pesaba más que el aire acondicionado.
—Me dijiste que venías con tu esposa —dijo ella, poniéndose frente a él, las manos en la cintura, el camisón abierto por el costado, dejando ver la curva de su muslo.
—Vinimos juntos. Pero ella se fue a dormir. No quiso subir —respondió Diego, ya dentro, con la botella en la mano, la mirada fija en sus ojos—. Dijo que nos dejara… que si esto iba a pasar, que pasara.
Natalia avanzó un paso. Cerca. Tan cerca que sintió el calor de su pecho antes de tocarlo.
—¿Y tú qué dijiste?
—Le dije que sí. Que si ella quería jugar… entonces yo también quería.
La mano de Diego subió, lenta, hasta su nuca. La seda se deslizó hacia abajo, dejando al descubierto los hombros, el seno izquierdo apenas cubierto por la tela. Ella no se resistió. Solo lo miró, con los labios entreabiertos, el aliento entrecortado.
—¿Estás segura? —preguntó él, sin soltarla.
—¿Tú qué crees? —respondió ella, y tiró de su camisa.
Los botones saltaron uno a uno. Diego la tomó de la cintura y la empujó contra la pared, cerca de la ventana. La luna entraba de lado, dibujando sombras en su piel morena. Él besó su cuello, mordió su clavícula, y bajó hasta la punta de su pecho, donde su pezón ya estaba duro, tenso, como una pequeña verga palpitante.
—Chingada… —susurró Natalia, arqueando la espalda.
Él se rascó la barba con la mano libre, y le susurró al oído: —¿Quieres que te joda como quieres? ¿O que te chupe hasta que te olvides de tu nombre?
Ella no respondió. Solo le desabrochó el pantalón, y sacó su verga tiesa, grande y bien formada, envuelta en vello oscuro. Diego la tomó de la cadera, la giró, la inclinó contra la pared, y le abrió las piernas con una sola mano. Ya estaba mojada. Ya lo estaba desde que abrió la puerta.
—Chingaste… —dijo él, rozando su clítoris con el pulgar—. Estás toda mojada por mí.
—Sí —gimió ella, agarrando la pared con fuerza—. Sí, chingame ya, Diego. Que sepa a traición. A culpa. A *tequila y mezcal*.
Él entró. Lento. Profundo. Hasta el fondo. Natalia soltó un grito ahogado contra su hombro. Él la tomó de la nuca, la besó con fuerza, y empezó a moverse, con ritmo, con ganas, como si cada embestida fuera una disculpa, una confesión, una promesa rota que se volvía a romper.
—Te quiero así —murmuró él, entre jadeos—. Como una perra buena que solo quiere coger sin pensarlo.
Ella le mordió el labio, le arrancó un gemido, y le gritó: —¡Más fuerte! ¡Que sepa a pecado, Diego! ¡Que sepa a que no volveremos a ser los mismos!
Y él la cogió con más fuerza, con más ganas, hasta que ella se vino con un grito que no quiso callar, con el cuerpo temblando, las rodillas a punto de ceder, y Diego la siguió segundos después, sembrándole el fondo con un gruñido que sonó como una oración.
Después, se quedaron así: él dentro de ella, ella con la frente apoyada en la pared, las piernas temblando, la respiración entrecortada.
—¿Y ahora qué? —preguntó Diego, suave.
Natalia se giró, lo miró a los ojos, y le sonrió.
—Ahora… te quedas a dormir. Y mañana, si ella pregunta, le decimos que el pastel sí salió bien.
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