La noche que el patrón me dio su verga

@sombra ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

Yo nunca pensé que algo así me fuera a pasar, y menos con él. El doctor Camilo, como le decíamos todos en la finca, era un tipo serio, de esos que caminan con la chaqueta de cuero negro aunque hiciera sol a morir, barba recortada como si fuera pintada, ojos oscuros que no perdonaban ni un error. Y yo, un simple peón de cuadra, de esos que limpian caballerizas y se levantan a las cinco de la mañana con el culo adolorido de dormir en una cama de madera. Pero esa noche, todo cambió. Y no me arrepiento ni un carajo.

Fue después de la tormenta. El cielo se partió en dos con relámpagos que iluminaban los pastizales como si fuera de día, y el patrón me mandó llamar a su estudio cuando ya todos se habían ido. Me dijo que se había quedado sin whisky, que fuera al almacén y le trajera una botella de su reserva especial. Pero cuando llegué, él estaba sentado en el sillón de cuero, con las piernas abiertas, la camisa desabrochada y el pito asomándose como una bestia dormida.

—Pasé por aquí y vi que no habías traído nada —me dijo, con esa voz que te entra por la nuca y te baja hasta los huevos—. Entra, cierra la puerta.

Yo, paralizado. Sabía lo que se venía, o al menos lo intuía. Pero no me moví. Él sonrió, lento, como si tuviera todo el tiempo del mundo.

—¿No vas a cerrar, o te vas a quedar ahí mirándome el culo?

Cerré. Me quedé de espaldas a la puerta, el corazón a mil. Él se levantó despacio, sin prisa, y se acercó. Olía a tabaco negro y colonia cara. Me tomó la barbilla con dos dedos y me alzó la cara.

—Tú me miras cuando hablo, ¿verdad?

Asentí. No podía hablar. Sentía el pito hinchado dentro del pantalón, como si ya supiera lo que iba a pasar. Él me soltó la barbilla, me agarró del cuello del camisón y me jaló hacia abajo. Me arrodillé sin resistencia. Sabía que no había vuelta atrás.

—Quítame el cinturón —dijo, con la voz más ronca—. Despacio.

Lo hice. Con manos temblorosas, desabroché el cinturón, desabotoné el pantalón. Él se bajó la braga con una sola mano y ahí estaba: un pito largo, grueso, con venas que parecían cables, y la cabeza hinchada, roja, lista para explotar. Me miró fijo.

—¿Nunca le has mamado a un hombre?

—No, patrón —dije, con la voz quebrada.

—Entonces empieza por besarla. Como si fuera tu puta madre.

Me reí nervioso, pero hice lo que me dijo. Acerqué los labios y le di un beso en la punta. Estaba caliente, salada. Él soltó un gruñido.

—Ahora la lengua. Límbiala como si fuera un helado que se te va a derretir.

Saqué la lengua y empecé a lamerle la cabeza, de arriba abajo, rodeando la corona. Él gemía bajito, agarrándome el pelo con fuerza.

—Así, coño, así… ahora mete todo, que quiero sentir tu garganta.

Abrí la boca y me la metí entera. Fue un milagro. Me ahogué al principio, pero no me detuve. Empecé a mamarle como si fuera la última verga que fuera a probar en la vida. Él me agarraba la cabeza y me la metía y sacaba, sin piedad, mientras yo gemía y le lamía los huevos cuando me dejaba respirar.

—¿Te gusta, eh? —me dijo, jalándome del pelo—. ¿Te pone rico tener mi pito en la boca?

—Sí, patrón —dije, con la boca llena—. Me pone chimba.

Él soltó una carcajada oscura, como si le gustara que le dijera así. Me empujó de nuevo, y esta vez no me detuve. Me la metí hasta el fondo, tragando, sintiendo cómo me estiraba la garganta. Él gemía, más fuerte ahora, diciéndome que no parara, que siguiera, que era un puto cojudo pero que lo hacía bien.

—Ahora levántate —dijo de repente, empujándome.

Me puse de pie, con el aliento agitado, la cara sudada. Él me desabrochó la camisa, me la quitó, luego el pantalón. Me dejó en calzoncillos, que se notaba el bulto del pito parado, tieso como una vara.

—Dame la espalda —ordenó.

Lo hice. Me puse de espaldas a él, mirando por la ventana. Oí cómo se quitaba el pantalón, cómo se ponía algo encima del pito. Luego sentí sus manos en mis nalgas, separándomelas con fuerza.

—¿Tienes miedo? —preguntó.

—Sí —dije, honesto.

—No pasa nada. Pero si te duele, me lo dices. Y si te gusta, también.

Sentí su lengua en el culo. Me estremecí. Empezó a lamerme el agujero despacio, como si estuviera probando un postre. Luego más fuerte, más hondo. Me metió la lengua entera, una y otra vez, hasta que sentí que me derretía. Mis piernas temblaban.

—Abre más —dijo—. Que quiero lamer todo.

Hice lo que me dijo. Me agaché un poco, separé más las piernas. Él me agarró de las caderas y me lamió como si fuera un manjar. Luego sentí sus dedos, uno, luego dos, metiéndoseme adentro. Me quejé, pero no me detuvo.

—Relájate, coño. Que esto no es un castigo.

Sus dedos entraban y salían, lubricados con saliva, abriendo mi culo como si fuera un coño virgen. Luego sentí su pito en la entrada. Grande, caliente, imparable.

—Respira —dijo—. Y empuja un poco.

Empujé. Y él entró. De una. Completo. Grité. Me llenó entero. Sentí que me partía, pero también que me llenaba de algo que nunca había tenido.

—¿Duele? —preguntó.

—Sí… pero sigue —dije, con la voz rota.

Y siguió. Empezó a moverse despacio, sacando y metiendo, sin sacar todo. Cada embestida me hacía gemir más fuerte. Me agarró de los hombros, me jaló hacia atrás, y empezó a follar como si no hubiera un mañana. El pito entraba y salía, mi culo crujía, la habitación se llenó de jadeos y sonidos húmedos.

—¿Te gusta? —me gritó al oído.

—Sí, patrón, me gusta chimba —dije, entre gemidos.

—Dime que soy tu dueño.

—Usted es mi dueño, patrón. Mi dueño.

—Y esto es tuyo —dijo, empujando más fuerte—. Todo esto es tuyo cuando lo quieras.

Grité. Me corrí sin tocarme. Sentí el pito caliente, el culo en llamas, el alma en pedazos. Él siguió un rato más, hasta que sentí cómo se tensaba, cómo gruñía, cómo me llenaba por dentro con una corrida larga, espesa, caliente.

Se salió despacio, me dio una nalgada fuerte.

—Límpialo —dijo, señalando su pito.

Me arrodillé y empecé a limpiarle con la boca, lamiendo todo lo que había salido. Él me miraba, satisfecho.

—Mañana a la misma hora —dijo—. Y no falles.

—No falto, patrón —dije, con una sonrisa.

Y no he faltado. Porque esa noche aprendí que el poder no está en quién manda, sino en quién se atreve a doblarse. Y yo me doblé. Y me gustó. Y sigo doblándome, cada vez que él me llama.

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