La noche que compartimos a mi mejor amigo

@adriana_v ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 7 min de lectura

Recuerdo el olor del vino barato, el de la lluvia que golpeaba suavemente contra las ventanas del departamento, y el silencio incómodo que se había instalado entre los tres después de la tercera copa. Yo, mi novia de dos años, y mi mejor amigo desde la universidad. Todo había empezado como una cena casual, una excusa para celebrar que él había terminado su tesis y yo había conseguido el trabajo de mis sueños. Pero luego, con cada sorbo de vino, cada mirada que se alargaba un segundo de más, cada carcajada que parecía más íntima, algo cambió en el aire.

—¿Te acuerdas cuando nos quedamos en la fiesta de fin de curso y… —Lucía dejó la frase colgando, con una sonrisa que no era solo nostalgia—. Qué tiempos.

—Sí —respondió Mateo, con los codos apoyados en la mesa, los ojos fijos en ella—. Especialmente cuando te viste de esa forma… no recuerdo bien cómo, pero me quedé helado.

Lucía se tocó el pelo con una carcañada leve, y yo sentí ese nudo en el estómago, el mismo que siempre me daba cuando ella hablaba con él de esas cosas. No era celos, no exactamente. Era más como si algo que siempre estuvo ahí, silencioso, empezara a moverse.

—Bueno —dije, intentando sonar casual—, si tanto les gusta hablar de esa noche… podríamos repetirla.

El silencio que siguió fue distinto. Más denso. Más caliente. Lucía me miró, y luego a Mateo. Él bajó los ojos, sonrió, y asintió apenas.

—Tú propón —dijo ella, y su voz ya no sonaba divertida. Sonaba seria. Deseosa.

Nos levantamos. Ella fue al baño a cambiarse. Yo fui al baño a lavarme la cara y asegurarme de que mi respiración volviera a ser normal. Mateo se quedó sentado, con las manos entrelazadas, los dedos tensos. Cuando ella reapareció, no era la misma que había entrado a la cocina. Se había quitado el vestido sencillo, y ahora llevaba un body negro, ajustadísimo, con una abertura en la espalda que dejaba ver su columna entera, y una falda corta de cuero que le subía hasta la mitad del muslo. Sus pechos, redondos y firmes, se marcaban bajo la tela fina. No me atreví a mirarle los pezones, pero sabía que ya estaban duros.

—Vamos al cuarto —dije.

Mateo se puso de pie, y por un instante, sus ojos se encontraron con los míos. Había algo ahí, una promesa no dicha, un pacto tácito. Nos seguimos. Ella fue la primera, caminando con paso lento, las caderas marcando cada movimiento. Yo iba detrás, viendo cómo el cuero brillaba bajo la luz tenue del pasillo, cómo se estrechaba alrededor de su culo, como si fuera hecho a medida. Mateo me rozó el brazo al pasar, y yo sentí el calor de su piel.

El cuarto estaba a oscuras, pero no apagamos del todo. Dejamos la luz del velador encendida, la suficiente para ver. Para sentir.

Ella se sentó en el borde de la cama, con las piernas abiertas un par de centímetros, las manos apoyadas detrás, los codos doblados. Se pasó la lengua por los labios y me miró.

—Ven —dijo, y esta vez su voz era una orden suave.

Me acerqué. Le quité la camiseta con una sola mano, sin desabrochar, tirando de la tela hacia arriba. Mis dedos rozaron su pecho, sus pezones ya duros, hinchados. Mateo se acercó por detrás, y yo sentí su aliento en el cuello de Lucía, que se estremeció. Entonces, Mateo me empujó suavemente hacia atrás, y yo caí sentado en la cama, con la espalda apoyada en la cabecera.

—Yo me encargo —dijo él, y por primera vez, su voz sonó grave, casi ronca.

Se arrodilló entre las piernas de Lucía. Ella se inclinó hacia atrás, apoyándose en las manos, y él le bajó la falda de cuero con lentitud, bajándosela por las caderas, por los muslos, hasta los tobillos. Se la quitó, la dejó tirada en el suelo, y luego, con las manos ya en sus muslos, le separó más las piernas. Entonces, bajó la cabeza.

Su lengua entró en ella de golpe, profunda, segura. Lucía soltó un grito ahogado, los dedos de sus manos se clavaron en el colchón. Mateo la lamía con furia, sin pausas, con una dedicación que no había visto nunca. Y yo… yo no sabía por dónde empezar. Así que me levanté, me acerqué, y le desabroché el jeans. Le bajó la cremallera con lentitud, y cuando le saqué el pene, estaba ya medio duro, grueso, la punta húmeda.

—Toma —dijo él, sin apartar los ojos de Lucía, que ahora se movía con los caderas, buscando más—. Tócame.

Le tomé el pene con la mano, sentí su calor, su textura, la venita que le subía por el costado. Lo acaricié con firmeza, con ritmo, y mientras lo hacía, Mateo siguió lamiendo, chupando su clítoris, metiendo dos dedos en ella, curvándolos, buscando algo que yo sabía que ella quería. Ella empezó a gemir, más alto, más descontrolada. Su cuerpo se arqueó, sus pechos se movieron con cada sacudida.

—Mierda… mierda… —decía, entre dientes—. Sí, así… sí, Mateo…

Yo lo miré. Lo vi a él, sus ojos cerrados, concentrado en su boca, en su lengua, en el sonido que ella soltaba. Me incliné y le besé el cuello, la oreja, el hombro. Le mordí suavemente, y él soltó un gruñido. Entonces, Lucía se giró, me jaló de la camisa y me besó. Su boca estaba húmeda, con el sabor de su propio jugo. Le pasé la lengua por los labios, y ella me abrió la boca, me metió la suya. Nos besamos con fuerza, mientras Mateo seguía con sus dedos, con su lengua, y yo sentía cómo mi pene crecía en mi pantalón.

—Ahora —dijo Lucía, cuando se separó de mí, jadeante—. Quiero sentirlos los dos.

Mateo se levantó, me hizo espacio, y se puso de rodillas a su lado. Yo me desabroché el pantalón, lo bajé junto con la ropa interior, y saqué mi pene, ya bien duro, la cabeza brillante, la piel tensa. Lucía me miró, me pidió con la mano que me acercara. Me senté entre sus piernas, y ella me tomó el pene, lo frotó contra su entraña, contra su humedad. Me puse de puntitas, para que mi pelvis rozara la suya, y entonces, lentamente, la empujé dentro.

Ella soltó un grito. Mateo, que me miraba desde atrás, con su pene aún en la mano, me dijo:

—Más fuerte.

Lucía me sujetó la cintura, me clavó las uñas en la piel. Yo empecé a moverme, con ritmo, con fuerza, entrando y saliendo de su cuerpo húmedo, con un sonido húmedo, espeso. Mateo se puso detrás de ella, le separó las nalgas con las manos, y me mostró su ano, ya dilatado, húmedo. Se pasó un dedo, luego dos, y mientras yo la penetraba, él se lubricó con la misma humedad que le salía a ella, y se puso frente a su trasero.

—Sí —gimió ella—. Sí, Mateo… ¡sí!

Él se empujó dentro. Lucía gritó, esta vez más alto, sus manos agarraron mis brazos, sus uñas se hundieron. Yo aumenté el ritmo, ella me pidió más, más fuerte, y Mateo comenzó a moverse con él, con su cadera, con su cuerpo, entrando y saliendo de su ano con una fuerza que hacía que su cuerpo temblara.

Yo la miré a la cara. Sus ojos estaban cerrados, su boca entreabierta, los labios hinchados. Su cuerpo sudaba, sus pechos subían y bajaban con cada embestida. Mateo le tomó uno de los pechos, le dio un pellizco fuerte, y ella se estremeció como si le hubieran dado una descarga eléctrica.

—Voy… —dijo ella, y su voz se quebró—. Voy a venir… ¡ya!

Yo sentí cómo su cuerpo se contrajo, apretando mi pene, su vagina encogiéndose como un puño, y entonces Mateo empujó fuerte, hasta el fondo, y soltó un gruñido gutural, tensando su cuerpo. Yo sentí cómo él se desbordaba dentro de Lucía, y yo, sin poder evitarlo, seguí empujando, empujando, hasta que también me llegué, llenándola con todo, con cada gota.

Nos quedamos ahí, por un momento, sin hablar, sin mover casi. Ella, con Mateo dentro de su trasero, yo dentro de su vagina,

También en: ParejaInfidelidadOral

¿Te ha gustado? Valóralo

0.0 · 0 votos
Reportar
Compartir

También en Tríos