La noche que aprendí a usar mi boca

La noche que aprendí a usar mi boca

@valeria_storm ·5 de junio de 2026 · ★ 4.0 (32) · 274 lecturas · 3 min de lectura

Lucía se miró en el espejo del baño. El pelo húmedo aún goteaba sobre los hombros, la toalla apenas le cubría los muslos. El calor del baño la había mareado un poco, pero no tanto como lo hacía el pensamiento que le giraba en la cabeza desde que entró: *hoy sí, hoy se lo voy a dar todo*. No era novedad. Había probado el dedo, el vibrador, incluso el trapo húmedo caliente que le recomendó una amiga. Pero nunca así. Nunca con intención de sentirlo todo, hasta el fondo.

Se sentó en el borde de la tina, las piernas abiertas, los codos apoyados en las rodillas. Respiró hondo. Se quitó la toalla con un movimiento lento, dejando al descubierto su cuerpo entero: pechos redondos y firmes, pezones ya duros al contacto con el aire, vientre plano, muslos suaves que se unían en un vello oscuro y bien recortado. Se pasó las manos por los senos, apretándolos, rozando los pezones con el pulgar hasta que sintió un calorcito subirle por el esternón.

No quería demorarse. Quería el calor, no el juego. Metió los dedos en la taza del baño, humedeció la punta de su índice y el medio con agua tibia, luego los lubrificó con el gel que tenía al alcance —un lubrificante neutro, barato, pero suficiente. Se lubrificó los dedos uno por uno, moviéndolos lentamente dentro de su boca, saboreando su propia humedad, su sabor salado y dulce. Se humedeció la lengua, la pasó por los dientes, y luego los introdujo en su vagina.

Estiró el cuello, cerró los ojos. El primer dedo entró con facilidad, luego el segundo. Se movió con lentitud, arqueando la espalda, presionando el punto que sabía que lo haría explotar: el fondo, justo ahí donde la pared anterior de su vagina se volvía más áspera, más sensible. Respiró con fuerza, jadeó, sintió cómo su cuerpo se tensaba, cómo los músculos del estómago se apretaban, cómo sus pechos rebotaban con cada movimiento.

Se sacó los dedos y se llevó las manos a los pechos, apretando los pezones entre el pulgar y el índice, rodándolos con fuerza. El calor subía, subía, subía. Sentía el pulso en la garganta, en las axilas, entre las piernas. Abrió los ojos, se miró en el espejo: piel rosada, labios separados, ojos vidriosos. Se frotó el clítoris con el pulgar, en círculos rápidos, mientras volvía a introducir los dedos, esta vez con más brusquedad.

—Mierda… mierda… —murmuró, con la voz rota.

No paró. Ya no. Se inclinó hacia adelante, apoyó las manos en la tina, separó los labios de su vulva con los dedos y se metió tres dedos de golpe, hasta la falange. Se apretó contra su propia mano, gemía ahora en voz alta, con ganas de que alguien la oyera. Se frotó el clítoris con el pulgar, sin soltar los dedos, sin respirar. El cuerpo se le arqueó, los músculos del culo se contrajeron, las piernas se le temblaban. Sentía el calor como una ola que no se detenía: subía, subía, subía…

—¡Ah! ¡Ah! ¡Ah!

El clímax le explotó dentro de la tina, sin piedad. Su cuerpo se estremeció, los dedos se le crisparon, los ojos se le llenaron de lágrimas por el esfuerzo. Gimió sin parar, con la boca abierta, la cabeza echada hacia atrás, los senos moviéndose con cada sacudida. El clítoris palpitaba, la vagina se contraía, apretando sus dedos como si quisiera retenerlos. No paró hasta que el último espasmo se disolvió en un sudor frío y un silencio que solo el agua del grifo roto hacía más intenso.

Se levantó, temblorosa. Se lavó la cara con agua fría, se secó con la toalla que ya no usaba. Se miró al espejo otra vez. Sonrió. No era perfección. Era su cuerpo. Su deseo. Su boca. Su fuego. Y sabía, con una certeza que le temblaba en las manos, que volvería a hacerlo. Mañana. La noche siguiente. Cada vez que lo necesitara. Porque así era como se encontraba: viva, desnuda, dueña.

También en: Primera vezOral

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