La noche del brindis en El Retiro

@el_forastero ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

Yo nunca creí que algo así me fuera a pasar. Y no digo por la emoción, que también, sino por lo raro que se siente contarle a uno mismo lo que pasó, como si fuera un sueño que todavía no se asienta en la cabeza. Todo comenzó en una de esas cálidas tardes de mayo en Medellín, cuando el sol se cuela entre los cerros y el aire huele a flores regadas y a asfalto caliente. Llevaba yo una semana sin ver a Yina, mi mujer, porque andaba en un congreso en Cali. Y como no soy de los que se queda mirando paredes, me invité a mí mismo a una copa en El Retiro, un lugar discreto, de esos que no aparecen en las guías turísticas, pero que sabes que si llegas con la ropa adecuada y el gesto tranquilo, te abren puertas que no están en el menú.

El sitio no dice nada por fuera. Una reja verde, una campana de hierro, y un tipo con pinta de exfutbolista que te mira de arriba abajo antes de asentir. Yo llevaba el traje de lino beige que a ella le gusta, el que me hace ver más delgado, más viajado. Y el perfume que me regaló hace dos años en Cartagena: vainilla con un toque de sal. Cuando entré, el aire acondicionado me recibió como un susurro. Música suave, copas de cristal fino, risas bajas. Y en una mesa al fondo, dos ojos que me clavaron el alma.

Era ella. Alta, morena, pelo ondulado hasta los hombros, labios gruesos que parecían hechos para decir cosas al oído. Llevaba un vestido rojo que no tapaba mucho, pero que no hacía falta tapar. A su lado, un hombre. Moreno también, de esos que se cuidan sin parecer vanidosos. Camisa abierta dos botones, brazos fuertes, mirada tranquila. Me miró, asintió. Yo hice lo mismo. No hubo palabras, pero se entendió todo.

Nos sentamos a charlar. Ella se llamaba Carla, él, Santiago. Hablaban bajito, con ese acento bogotano que suena serio pero que, cuando se relaja, se vuelve meloso. Nos contaron que hacía un año que venían al lugar, que para ellos no era raro compartir, pero que todo tenía que ser bonito, lento, con respeto. “No es tirar por tirar”, dijo Santiago, “es como abrir una puerta que uno solo no puede empujar”. Y yo asentí, como si ya supiera de esas puertas.

Tomamos vino blanco, de esos que pican la lengua. Carla me miraba sin miedo, pero sin prisa. Y yo, que no soy de los que se achica, le sostuve la mirada. En un momento, me dijo: —Tú tienes cara de hombre que sabe lo que quiere. —Y tú —le respondí—, de mujer que lo da todo cuando se entrega.

Santiago soltó una risa corta, de esas que salen del pecho. —Ese es el punto —dijo—. Que se entregue todo.

Y así, sin más, quedamos en subir. No hubo apuro. Primero, un brindis. “Por lo que venga”, dijo Carla, levantando su copa. “Por lo que ya está pasando”, respondí yo. Subimos por una escalera de madera oscura, con cuadros de paisajes antiguos en las paredes. La habitación era amplia, con una cama grande, de esas con dosel, y luces bajas, de velas falsas que parpadean sin quemar nada. El aire olía a jazmín.

Carla se quitó los tacones despacio, como si estuviera desafiando el tiempo. Santiago encendió un cigarro, se sentó en un sillón de cuero. Me miró. —¿Te gusta lo que ves? —me preguntó. —Mucho —dije—. Pero más me gusta saber que ella también quiere.

Carla se acercó. Me puso una mano en el pecho. —¿Puedo? —preguntó, señalando mi camisa. —La ropa está para quitarse —le dije—, más si hay quien la merezca.

Me desabotonó con calma, uno a uno. Yo cerré los ojos un segundo. Sentí sus uñas en el pecho, su aliento cerca del cuello. Luego, bajó las manos, me desabrochó el cinturón. No me miró al hacerlo. Lo hizo con devoción, como si estuviera desvelando un secreto. Cuando sacó mi pito, lo tomó despacio, con los dedos largos, sin apretar. —Está rico —dijo—. Firme, bonito.

Santiago se acercó, me dio un beso en la boca. No fue violento, fue como un reconocimiento. Luego, se arrodilló frente a Carla, le levantó el vestido. Llevaba unas bragas negras, de encaje. Él las bajó con los dientes. Yo vi su culo, redondo, prieto, como de estatua. Carla me miró. —¿Quieres probar? —dijo. —Si ella quiere —dije—.

Santiago se apartó, se sentó otra vez. Carla se acostó en la cama, boca arriba, abrió las piernas. Tenía el vello recortado, la rajita húmeda. Me acerqué. Me agaché. Empecé a lamerla despacio, desde el culo hasta el clítoris. Ella gemía bajo, como si no quisiera gastar las palabras. Sentí su sabor, dulce y salado, como si hubiera estado pensando en esto todo el día.

—Más —dijo—, más fuerte.

Y yo, que no soy de los que se queda corto, le metí dos dedos mientras seguía lamiendo. Santiago se acercó, se paró frente a mí. Me ofreció su pito. Lo tomé sin dudar. Era grueso, largo, con venas que se marcaban al sol. Lo mamé como si fuera el último, con devoción, con ganas. Carla se incorporó un poco, nos miraba a los dos. —Qué bonito se ve —dijo—. Dos hombres que no tienen miedo.

Volvió a acostarse. Yo me puse de pie, me sequé la boca con el dorso. Santiago me abrazó por atrás, me puso las manos en el pecho. Carla se acercó, tomó mi pito otra vez. —Ahora quiero que me la metas —dijo—. Pero lento.

Me acosté encima de ella. La besé en la boca, con lengua, con hambre. Luego, empujé despacio. Estaba caliente, húmeda, apretada. Gemí. Ella también. Santiago se acostó a un lado, nos miraba, se acariciaba el pito. —Síguele —dijo—. Dale todo.

Y yo le di todo. Empujé con calma, con ritmo, sin perder el contacto con sus ojos. Ella me clavaba las uñas en la espalda, me decía cosas al oído: “más”, “rico”, “así”, “no pares”. Santiago se acercó, me besó otra vez. Luego, se puso detrás de Carla, le separó las nalgas. —¿Puedo? —preguntó. —Sí —dije—. Si ella quiere. —Sí —dijo ella—. Quiero que me llene los dos lados.

Y así fue. Mientras yo seguía dentro de ella, Santiago le metió el pito por atrás. Ella gritó, pero de gusto, de plenitud. Yo sentía cómo se contraía, cómo se agarraba de las sábanas. El cuarto se llenó de gemidos, de sudor, de olor a sexo y jazmín. Nadie hablaba ya. Solo el sonido de cuerpos que se encuentran, que se reconocen.

Cuando terminé, salí despacio. Santiago también. Nos acostamos los tres juntos, enredados, sudados, respirando fuerte. Carla se acomodó entre los dos, nos besó a cada uno en la boca. —Gracias —dijo—. Fue chimba.

Y lo fue. No por el sexo, que estuvo rico, sino por lo otro: por la confianza, por la lentitud, por saber que todo fue consensuado, que nadie se quedó con ganas de decir no. Bajamos más tarde, con el alma tranquila. Nos despedimos con un abrazo largo. No hubo promesas, ni celos, ni preguntas. Solo un “hasta luego” que sonó como un “gracias por hoy”.

Yo salí a la calle, con el aire de Medellín en la cara. El sol ya se iba. Y yo, con el corazón más liviano, pensando que a veces, abrir una puerta con otro hombre y una mujer no es traicionar, sino ampliar. Y que hay noches que no se olvidan, no por lo que se hace, sino por cómo se siente.

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