La niñera y el papá de su amiga
La casa de los Echeverri era una quinta de estrato seis en El Poblado, con jardín inglés, piscina techada y una seguridad que más parecía fortaleza. Allí, los sábados por la tarde, Valeria —diecinueve años, cadera ancha, pelo ondulado hasta la cintura y una boca que invitaba a morder— cuidaba a la niña de cinco años de Camila, la amiga del colegio. Pero ese sábado, Camila no llegó a recoger a su hija a las seis como siempre. Se retrasó. Y el papá, Sebastián, llegó temprano del trabajo.
Sebastián era de esos hombres que no necesitan esforzarse: metro ochenta, barba de tres días, ojos verdes y un cuerpo que se adivinaba bajo la camisa de lino. Soltero, separado hacía dos años, y con una mirada que a Valeria le subía la temperatura sin que dijera nada. Ese día, cuando entró en la casa con el maletín en la mano y la corbata aflojada, ella estaba en cuclillas recogiendo los juguetes del patio, con el short de jean ajustado y la franela blanca pegada al sudor.
—Gracias por esperar, Valeria —dijo él, dejando el maletín sobre la mesa del comedor—. Camila me llamó, se le complicó en Medellín y no llega hasta mañana.
Ella se enderezó, se limpió el sudor de la frente con el dorso y sonrió.
—No hay problema, don Sebastián. Yo ya iba a empezar a hacerle la cena a la niña.
—Llámame Sebas, por favor —dijo él, quitándose los zapatos—. Y mejor... si quieres, quédate a cenar. Pido algo de afuera.
Ella dudó un segundo, pero el aire entre ellos ya estaba cargado. No dijo que no.
Pidieron sushi. Pero cuando el repartidor llegó, la niña ya dormía. Se sentaron en la terraza, con el cielo nublado y el calor pegajoso del verano paisa. Una copa de vino blanco, risas, confesiones de juventud. Ella le contó que estudiaba psicología. Él, que extrañaba el sexo. Sin más.
—¿Y tú? —preguntó él, bajando la voz—. ¿Tienes novio?
—No —dijo ella, mirándolo fijo—. Solo follamigos. Nada serio.
Él sonrió, se acercó un poco más. El aire se espesó.
—¿Y si te digo que te quiero ver sin esa franela?
Ella no se hizo rogar. Se la quitó. Solo con el sostén deportivo y el short, se paró frente a él. Él se levantó, la tomó de la cintura, la acercó y le mordió el cuello. Luego los labios. Un beso húmedo, profundo, con lengua y deseo acumulado.
—Quítame el short —susurró ella.
Él lo hizo. Lento. Le bajó el elástico por las caderas, le sacó el sostén y la empujó suave contra la pared. Ella abrió las piernas, él se arrodilló y le lamió el coño sin pedir permiso. Le abrió los labios con los dedos, le chupó el clítoris, le metió dos dedos y le mordió el culo. Ella gemía fuerte, con la cabeza echada hacia atrás, agarrándose del marco de la puerta.
—Métame el pito, Sebas —jadeó—. Ahorita, rico.
Él se paró, se bajó el pantalón y sacó un condón. Su pito era grueso, largo, con venas marcadas. Lo puso en la entrada de ella, que ya chorreaba, y de una embestida entró hasta el fondo.
—¡Ay, qué rico! —gritó ella, clavándole las uñas en la espalda—. Más, más fuerte.
Él la cogió contra la pared, con empujones certeros, sacando y metiendo todo el pito, mientras ella gemía en su oreja y le mordía el cuello. Luego la cargó como si fuera un costal, la llevó a la habitación de huéspedes, la puso boca abajo y le dio por detrás. Le separó las nalgas, le metió el dedo al culo y después el pito otra vez, más rápido, más duro.
—Dame por el culo —pidió ella—. Quiero sentirte todo.
Él dudó un segundo, pero no se negó. Le untó saliva, le masajeó el esfínter con el pulgar y, con cuidado, empujó. Ella gritó, pero de gusto. Fue lento, luego profundo. Le cogió el pelo, le jaló la cabeza hacia atrás y le dijo al oído:
—Te voy a llenar por dentro.
Ella se corrió gritando, con espasmos largos y fuertes. Él se salió, se sacó el condón, se lo puso en la boca y le dijo:
—Ábrele la boca.
Ella obedeció. Él se corrió en su lengua, en su paladar, en sus dientes. Ella tragó todo, sin bajar la vista.
Se quedaron abrazados en la cama, sudados, sin hablar. Al otro día, cuando Camila llegó, Valeria ya se había ido. Pero Sebastián, al recoger la ropa de la niña, encontró un short de jean doblado con una nota: *“La próxima vez, sin condón. Y por el culo sin saliva”*.
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