La Nena de la Azotea — Parte 3
La mañana siguiente me despertó el sol, pero no el de afuera. Fue el sol que traía dentro, ese calor que se me había quedado prendido en el vientre desde la noche anterior, como si el tacto de su mano hubiera encendido una mecha que no se apaga fácil. Me estiré en la cama, desnuda bajo las sábanas, y me llevé los dedos al cuello, recordando cómo me besó, cómo me detuvo justo cuando estaba a punto de estallar. Me mordí el labio. No había dormido bien, pero tampoco quería haberlo hecho. Prefería estar despierta, despierta de todo, con los sentidos alerta, esperando.
No pude bajar a la azotea a la misma hora. Tenía que fingir normalidad, como si no hubiera pasado nada. Como si no me hubieran encendido con dos dedos y un beso. Pero a las seis, como quien no quiere la cosa, salí al pasillo con una excusa: “A ver si ya arreglaron el ascensor”. Nadie me creyó. Ni siquiera yo.
Pero él no estaba. Solo el silencio, el calor del concreto bajo mis pies descalzos, y el viento que jugaba con mi falda corta. Me senté en una de las pinzas oxidadas, justo en el mismo lugar donde me había hecho gritar. Cerré los ojos. Y entonces, escuché el rechinido de la puerta metálica.
—¿Todavía duele el ascensor? —preguntó, con esa voz que ya no era solo voz, sino promesa.
Abrí los ojos lentamente. Ahí estaba. Con camisa abierta, sudor en el pecho, pantalones ajustados que no disimulaban nada. Y esa sonrisa. La de quien sabe que ya ganó.
—No sé —dije, poniéndome de pie—. Nadie ha bajado a revisarlo.
—Tal vez necesite un mantenimiento urgente —dijo, acercándose—. A veces hay partes que se descomponen… y hay que arreglarlas a mano.
Me reí. Pero no fue risa de broma. Fue risa de anticipación. Porque ya sentía cómo me subía el calor, cómo se me endurecían los pezones debajo del vestido ligero. Dio un paso. Yo retrocedí, pero hasta el borde. No había más espacio. Solo el vacío detrás de mí y él delante, con la mirada clavada en mis labios.
—Ayer —dijo, sin tocarme—, dijiste que querías que te cojera. Aquí. Entre las pinzas y el sol.
—Lo dije —respondí, con la voz temblorosa—. Y sigo queriéndolo.
—Pero no te lo di —siguió—. Porque quiero que lo pidas otra vez. Con más hambre. Con más necesidad.
Me mordí el labio. Lo miré fijo.
—¿Y si no quiero pedirlo?
—Entonces me voy —dijo, dándose media vuelta—. Y no vuelvo.
—¡No! —grité, casi sin querer.
Se detuvo. No volteó. Solo esperó.
—Por favor —dije, más bajo—. No te vayas. Quiero que me chingues. Ahora. Aquí. Quiero que me des por culo hasta que me duela. Quiero que me llenes. Quiero que me hagas gritar como nunca. Y si alguien nos escucha… que se chingue.
Silencio.
Entonces, se acercó. Me tomó de la cintura, me levantó como si no pesara nada, y me recargó contra la pared de concreto. Su boca encontró la mía, y esta vez no fue lento, no fue cuidadoso. Fue voraz. Me mordió el labio inferior, me metió la lengua como si fuera suya, y yo se la dejé, porque ya lo era. Sus manos bajaron, agarraron mis nalgas con fuerza, me apretaron como si quisiera romperme.
—Te voy a coger —dijo entre besos—, y no vas a poder negarlo después. Nadie va a decir que no te lo merecías.
—Hazlo —dije—. Hazlo ya.
Me subió la falda. Me arrancó la tanga. No hubo delicadeza. No hubo ceremonia. Solo necesidad. Me separó las piernas con la rodilla, me abrió como si fuera su derecho, y entonces sentí su verga, dura, caliente, contra mi piel. No entró de golpe. Primero la frotó, arriba y abajo, mojándola con mis jugos. Yo gemí. Me mordí el hombro para no gritar.
—¿Quieres que entre? —preguntó, con sorna.
—Sí —dije—. Por favor.
—¿Dónde?
—Donde sea. Pero ya.
Entonces, de un solo empujón, entró. Hasta el fondo. Me llenó. Me partió. Grité. No pude evitarlo. Me agarré de sus hombros, con las uñas clavadas otra vez, y él empezó a moverse. Lento al principio. Como si me estuviera midiendo. Pero yo no quería lentitud. Quería furia. Quería que me usara.
—Más fuerte —dije—. Cógeme como si fuera una cualquiera.
Sonrió. Y obedeció.
Empezó a darme con todo. Cada empujón me hacía chocar contra la pared. El concreto me raspaba la espalda, pero no me importaba. Solo sentía su verga, entrando y saliendo, cada vez más rápido, más profundo. Mis tetas rebotaban con cada embestida. El sol nos bañaba, pero no sentía calor. Sentía fuego. Fuego en la boca, en la garganta, en el coño. En el alma.
—Te voy a llenar —dijo, jadeando—. Te voy a llenar toda.
—Hazlo —dije—. Hazlo ya.
Y entonces, sentí cómo se tensó. Cómo su ritmo se descontroló. Me agarró más fuerte, me penetró más hondo, y con un gruñido ronco, se corrió. Dentro. Una, dos, tres veces. Sentí el calor, el chorro, el pulso. Y yo, sin quererlo, me corrí también. Con fuerza. Con rabia. Con ganas de que no terminara.
Se quedó dentro un rato. Apenas respirando. Yo también. Solo el viento, el sol, y el eco de nuestros gemidos.
—Mañana —dije, sin soltarlo—. A la misma hora.
—No —dijo—. Esta noche. A las once. En el ascensor.
Y se fue. Pero esta vez, yo no me quedé pensando.
Esta vez, me quedé mojada. Y lista.
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