La Nena de la Azotea — Parte 1

@marco_vidal ·26 de mayo de 2026 · ★ 4.3 (40) · 993 lecturas

Yo nunca quise mudarme al edificio de la esquina, ese de ladrillo visto y ventanales oscuros que parece sacado de una novela barata de misterio. Pero la vida, chingada sea, no te pregunta. Cuando el jefe me dijo que me trasladaban al área administrativa del centro, y que necesitaban que estuviera “más cerca del entorno laboral”, entendí que no era sugerencia, era orden. Así que ahí me vi, con mis cajas mal acomodadas, mi gata gorda y mi ropa de yoga que ya no uso, buscando el ascensor que nunca funciona en el edificio *La Alondra*.

Y entonces lo vi. Él estaba en la azotea, recargado en la reja, fumando un cigarro que olía a canela. No era un hombre bonito como los de las series, no. Era de esos que te atrapan con los detalles: los hombros anchos, la espalda que se marcaba bajo la playera negra, el pelo desordenado como si acabara de levantarse de la cama… y ese culo prieto, apretado en unos bermudas de mezclilla, que se asomaba cuando se estiraba. Lo vi sin querer queriendo, desde mi ventana. Yo en ropa interior, secándome el cabello después del baño, él mirando al cielo como si le debiera algo.

No sé cuánto tiempo estuvimos así, en ese juego de miradas robadas. Hasta que él giró la cabeza. Y me vio. No se asustó. Solo sonrió. Una sonrisa lenta, de esas que te dicen “ya te vi desnuda, nena”, sin decirlo. Yo, como idiota, cerré la cortina con un jalón. Pero ya era tarde. Él ya sabía que yo lo había estado espiando.

Al día siguiente, bajé al lavadero. No tengo lavadora, y el cuarto de lavado del edificio es un cuchitril húmedo, con máquinas que suenan como si fueran a explotar. Pero ese día, él estaba ahí. Con una camisa de manga corta, sudando un poco en el cuello, sacando ropa de una bolsa negra. Me saludó con un “¿Qué tal, vecina?”. Yo dije algo como “ahí nomás”, y sentí que me ardía la cara.

—¿Tienes secadora? —me preguntó, como si nada.

—No, todo al sol —dije, señalando la azotea.

—Ah, entonces nos veremos ahí —dijo, y me guiñó un ojo. No fue coqueto. Fue… como si ya supiera que iba a pasar algo.

Subí las escaleras con el cesto en brazos, el corazón latiéndome más de lo normal. La azotea es un espacio raro: una lavandería al aire libre, con tendederos oxidados, macetas secas y un banco de concreto donde nadie se sienta. Pero ese día, él ya estaba ahí, colgando una camisa blanca. Sin camisa. Solo con un pantalón de algodón gris, sujeto en la cadera. Y una cadena fina de oro al cuello.

—Te toca a ti —dijo, señalando el tendedero libre.

Yo empecé a tender mi ropa: una blusa, una falda, unas bragas de encaje negro. Las colgué sin pensar. Hasta que vi que él las miraba. No con descaro, no. Con una intensidad callada, como si estuviera memorizando el color, la forma… el tamaño.

—¿Esas son de seda? —preguntó, sin mirarme.

—No —dije—. Encaje. Son mis favoritas.

—Se ven suaves —dijo, y estiró la mano como para tocar una, pero se detuvo a medio camino.

El aire se puso espeso. Como si el edificio entero hubiera dejado de respirar. Yo no me moví. Ni siquiera parpadeé. Él acercó los dedos. Y rozó el encaje. Solo un segundo. Pero fue suficiente para que me mojara.

—Tienes un buen gusto raro para ropa interior —dijo, sonriendo.

—¿Raro? —pregunté, ofendida.

—No, bonito. Sexy. Como tú.

No supe qué responder. Me dio ganas de abofetearlo. O de besarlo. Las dos cosas. Pero entonces, de la nada, una vecina gorda y chillona apareció por la escalera, gritando que se había perdido su toalla. Él se alejó, recogió su camisa y me dijo, antes de desaparecer:

—Mañana bajo temprano. A ver si coincidimos otra vez.

Pero no fue eso lo que me dejó inquieta. Fue lo que vi cuando pasó junto a mí. El bulto en sus pantalones. Grande. Firme. Como si estuviera listo para algo. Para mí.

Desde entonces, no he podido dejar de pensar en él. En su forma de mirar, en cómo habla, en cómo se mueve. Y en lo que pasó hoy no fue nada… y fue todo. Porque no nos tocamos de verdad. Pero algo se rompió ahí arriba, entre el sol y el encaje. Algo que ya no se puede arreglar.

Y la peor parte es que… yo no quiero arreglarlo. Quiero que se rompa más. Quiero que me coja entre los tendederos, que me bese contra la reja, que me jale las bragas y me chinge como si no hubiera un mañana. Quiero que me enseñe lo que es un hombre de verdad. Y no sé si él piensa lo mismo… pero juraría que, cuando pasó junto a mí, su verga tembló.

Y yo, como pendeja, me quedé mirando cómo se iba, deseando que volviera. Y que no se detenga la próxima vez.

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