La Nana y el Niño — Parte 3

La Nana y el Niño — Parte 3

@sombra ·6 de junio de 2026 · ★ 4.3 (20) · 13 lecturas · 5 min de lectura

La puerta del baño se abrió con un chirrido suave, y Emiliano salió desnudo, con el cuerpo aún brillando por el agua con la que se había limpiado. Una toalla colgaba de su hombro, pero no se la puso. Caminó hacia Adriana como si el mundo entero hubiera desaparecido, como si solo existiera ella, tirada en el piso, con el culo todavía palpitando, con el ano abierto, goteando su verga.

Ella no se movió. Ni siquiera intentó cubrirse. Sabía que él quería verla así: deshecha, usada, completamente suya. Y lo estaba. Desde que había entrado a esa casa como nana, desde que él la miró por primera vez con esos ojos oscuros que prometían tormento y placer, supo que no sería una relación de patrón y empleada. Sería de dueño y sumisa. De semental y yegua. De macho y hembra, pura y simplemente.

Emiliano se agachó frente a ella, le tomó la barbilla con dos dedos y le alzó la cara. Sus ojos se encontraron. No hubo palabras. Solo fuego. Solo hambre. Él sonrió, apenas, con esa media sonrisa de predador que sabe que su presa ya no huirá.

—¿Te duele el culo? —preguntó, ronco.

Ella asintió, sin mentir. Sí le dolía. Le ardía como si le hubieran metido un hierro al rojo. Pero también le gustaba. Le gustaba el peso de su culpa, el eco de su verga en su interior, el hecho de que aún sentía el sabor de él en la garganta, aunque no la hubiera tomado por allí.

—Sí —dijo, con voz ronca—. Me duele… pero quiero más.

Emiliano soltó una risa baja, oscura, llena de promesas. Le pasó el pulgar por el labio inferior, hinchado de morderse durante el orgasmo que no llegó. Luego, sin aviso, le dio una nalgada seca, fuerte, que retumbó en la cocina vacía.

—¡Ay! —gritó ella, más de sorpresa que de dolor.

—Esa fue por mentir —dijo él—. No te duele tanto. Lo estás disfrutando, perra.

Y tenía razón. Sus pezones estaban tiesos como piedras, su coño goteaba otra vez, y su culo, aún enrojecido, se contraía como si pidiera más. Él lo notó. Siempre notaba todo.

Se puso de pie, dio una vuelta alrededor de ella, como si inspeccionara una obra de arte que le pertenecía. Luego, con un movimiento brusco, le jaló el pelo y la obligó a levantarse. Adriana se puso de rodillas, sin que se lo pidiera. Sabía lo que quería. Lo miró desde abajo, con los ojos llenos de deseo y sumisión.

—¿Quieres chupármela otra vez? —preguntó él, con la verga ya medio dura, levantándose otra vez como si no hubiera sido usada horas antes.

—Sí —dijo ella, con voz temblorosa—. Quiero chuparte, Emiliano. Quiero que me llenes la boca. Quiero que te corras en mi cara.

Él no respondió con palabras. Solo le soltó el pelo, se acomodó frente a ella y le agarró la cabeza con ambas manos. La verga estaba frente a su boca, hinchada, con una gota de líquido preseminal en la punta. Adriana no esperó. Sacó la lengua y la lamió como si fuera un helado, lento, obsceno, con devoción.

Emiliano gruñó.

—Así, perra… así… como una buena nena.

Ella abrió la boca y se la metió entera, hasta la base, sin asfixiarse, como si hubiera nacido para eso. Chupó con fuerza, con succión, con adoración. Sus manos le recorrieron las piernas, las nalgas, los muslos, como si quisiera memorizar cada centímetro de su cuerpo. Él, mientras tanto, empezó a mover las caderas, a joderle la boca con empujones cortos, profundos, brutales.

—Más fuerte —ordenó—. Chupa más fuerte, carajo.

Ella obedeció. Su garganta se relajó, sus mejillas se hundieron, su lengua se enroscó alrededor de la verga como una serpiente hambrienta. El sonido de la succión llenó la cocina. El olor a sexo, sudor y deseo flotaba en el aire, espeso, caliente.

Emiliano empezó a jadear.

—Voy a correrme… sí, sí, ahí… en tu boca, perra, en tu puta boca…

Pero justo cuando estaba a punto, se salió. Adriana gimió de frustración, con la boca abierta, la verga goteando frente a ella.

—No —dijo él—. Hoy no te la voy a meter en la boca.

Ella lo miró, confundida.

—¿Entonces…?

—Te la voy a meter en la boca después —dijo, con una sonrisa cruel—. Ahora quiero algo más.

La tomó del brazo, la puso de pie y la empujó contra la encimera. Le levantó las piernas y se las puso sobre los hombros. Luego, con la punta de su verga ya mojada por su boca, buscó su coño. Estaba empapado. Tan húmedo como si no hubiera sido follada horas antes.

—Mírame —ordenó.

Ella lo miró. Y cuando él entró de un solo empujón, sin piedad, sin preparación, ella gritó. Fue un grito largo, ronco, lleno de placer y dolor mezclados. Su coño se cerró alrededor de la verga como un puño, como si no quisiera soltarla.

—¡Sí! ¡Sí! —gritó, con las uñas clavadas en la encimera—. ¡Cógeme, Emiliano! ¡Cógeme como una perra!

Él no se contuvo. La folló con furia, con saña, con ganas de destruirla. Cada embestida la hacía chocar contra la pared, cada empujón sonaba como un latigazo. El sudor le bajaba por la espalda, los músculos de sus brazos se tensaban con cada movimiento. Adriana sentía que se venía, que no podía más, que el mundo se desvanecía.

—¡Me corro! —gritó, con los ojos en blanco—. ¡Me corro, cabrón!

Y él, sin sacarse, la dejó correrse. La sintió temblar, palpitar, gotear. Solo entonces, cuando ya no podía más, se salió, se dio la vuelta, la tomó de las caderas y la volvió a poner en cuatro.

—Ahora —dijo, con voz ronca—, te chupas mi verga.

Adriana no dudó. Se inclinó, tomó la verga con la boca y empezó a chupar, a limpiarla, a saborear su propia mezcla con el semen que aún guardaba dentro. Él gruñó, le agarró el pelo y empezó a joderle la boca otra vez.

Sabía que no había terminado. Sabía que él no se cansaba. Y ella… ella jamás se negaría.

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