La Nana y el Niño — Parte 2
5 minLa Nana y el Niño — Parte 2
La noche se le hizo eterna a Adriana. Acostada en su cama, con las sábanas revueltas y el cuerpo aún caliente, no podía dejar de pensar en la verga de Emiliano hundiéndosele hasta el fondo, en el sonido de sus nalgadas, en cómo le había jalado el pelo mientras le chingaba la boca. Se tocó el cuello, recordando el tirón, y bajó la mano lentamente hasta el coño, ya mojado, palpitante. Separó los labios con dos dedos y se metió uno dentro, imaginando que era él, que volvía a entrar sin aviso, que la tomaba como si fuera su puta.
Gimió bajito, moviendo el dedo en círculos, rozando el clítoris con insistencia. Con la otra mano se pellizcó un pezón, fuerte, como si Emiliano estuviera allí, como si no hubiera parado de joderla. Se corrió rápido, con un espasmo que le subió desde los pies hasta la garganta, y se mordió el labio para no gritar. Pero no fue suficiente. Nada de eso fue suficiente. Quería más. Quería que la desgarrara otra vez.
A la mañana siguiente, Adriana se levantó temprano, con el cuerpo aún adolorido de deseo. Se puso un vestido corto, sin brasier, sin bragas, y bajó a la cocina a preparar el desayuno. Sabía que Emiliano la vería. Y lo quería. Lo quería viéndola, deseándola, quería que se le parara la verga al verla moverse con esa lentitud calculada, con el culo balanceándose en cada paso.
Cuando él entró, con el cabello alborotado y los ojos oscurecidos por el sueño, Adriana ya estaba sirviendo el café. No lo miró. Se inclinó un poco para tomar la leche del refrigerador, dejando que el vestido se le subiera hasta mitad de los muslos, que él viera el coño rapado, brillante de humedad.
—Buenos días, Emiliano —dijo, sin voltear.
Él no respondió. Solo caminó hacia ella, lento, decidido, y le puso una mano en la cintura. La otra, sin aviso, le agarró el culo con fuerza, apretando la nalgada como si fuera de su propiedad.
—¿Todavía te duele? —le preguntó al oído, ronco, caliente.
—Sí —susurró ella—. Pero quiero más.
Emiliano no dijo nada. La giró, la levantó de un solo movimiento y la sentó en la mesa de la cocina. El plato de pan se cayó al suelo, el café se derramó, pero a ninguno les importó. Él le subió el vestido hasta la cintura y se arrodilló frente a ella. Le separó las piernas con violencia, le metió la cara al coño y empezó a lamerla como si se fuera a morir si no lo hacía.
Adriana gritó. Se aferró a sus hombros, con las uñas clavadas en la piel, mientras él le chupaba el clítoris con furia, con hambre, con la lengua moviéndose en círculos, entrando y saliendo como si fuera su verga. No pasó ni un minuto cuando ya estaba a punto de correrse otra vez.
—No —dijo Emiliano, separándose—. No te vas a correr todavía.
La tomó del cabello, la bajó de la mesa y la puso de cuatro sobre el suelo. Le bajó el vestido de un jalón, dejándola desnuda de cintura para arriba, con el culo al aire, temblando de necesidad. Entonces se desabrochó el pantalón, sacó su verga, dura como piedra, y sin más preparación, sin más juego, le entró de un solo empujón.
—¡Ah, chinga! —gritó Adriana, con los ojos en blanco, con el cuerpo arqueado.
Él no se detuvo. Le agarró las caderas, la embistió con fuerza, con saña, con un ritmo que hacía que el culo de ella rebotara con cada envión. Las nalgadas empezaron a sonar como latigazos, una tras otra, rojas, marcadas, mientras él le decía al oído:
—¿Quién te crees que eres? ¿Quién te crees que puedes tentarme así? ¿Pensaste que no iba a verte el coño? ¿Pensaste que no iba a chingarte aquí, en la cocina, como una perra?
—¡Sí! —gritó ella—. ¡Como una perra! ¡Soy tu perra, Emiliano! ¡Lléname el coño, cabrón, llénamelo de verga!
Él no se contuvo. Le metió las dos manos a las nalgas, las separó más, y empezó a follarla con más fuerza, más profundo, hasta que el sonido de la carne chocando se volvió constante, obsceno, húmedo. El sudor le bajaba por la espalda, las gotas cayendo sobre el suelo, mezclándose con el café derramado.
Adriana sentía que se venía, que no podía más, que el coño se le cerraba en espasmos. Pero Emiliano, justo antes de correrse, se salió. Ella gimió de frustración, con las nalgas temblando, con el coño abierto, suplicando.
—No —dijo él—. Ahora te lo hago por atrás.
Adriana no se negó. Se quedó en cuatro, con la cara en el suelo, con el culo al aire, mientras él le escupía en el ano, una y otra vez, hasta que lo tuvo bien mojado. Luego, sin piedad, le metió la verga de un solo empujón.
Ella gritó, con dolor, con placer, con todo el cuerpo estremeciéndose. Pero no se quejó. Solo dijo:
—Sí… sí… cógeme… cógeme bien…
Y él lo hizo. La folló por el culo con una furia que parecía salida del infierno, con empujones que la hacían avanzar por el piso, con las manos clavadas en sus caderas, marcándola. El sonido era obsceno, brutal, carnal. El aire olía a sexo, a sudor, a verga y coño.
Cuando Emiliano sintió que ya no podía más, que la presión en los huevos era insoportable, se corrió dentro, con tres embestidas finales que la dejaron inmóvil, con la boca abierta, con el cuerpo temblando.
Él se salió, se puso de pie, y sin decir palabra, se fue al baño a limpiarse.
Adriana se quedó en el suelo, con el culo abierto, con la verga de él escurriendo por sus muslos, con el alma encendida.
Sabía que no había terminado. Sabía que él volvería. Y ella, más que nunca, estaría lista para que la chingara.
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