La nana de mi hija
Yo nunca me había fijado bien en Alma, la nana que cuidaba a mi hija mientras yo trabajaba. Era una mujer menuda, de piel canela, pelo negro y lacio hasta los hombros, con unos ojos oscuros que parecían no hablar, pero que lo decían todo si uno sabía mirar. Tenía veintisiete años, me lo dijo una vez entre risas mientras le entregaba su pago, y yo le respondí con una sonrisa tonta, como si no me hubiera pasado por la cabeza que una mujer así pudiera gustarme. Pero sí me gustaba. Y no como amiga, no como empleada. Me gustaba con deseo, con ganas de morderle el cuello, de agarrarle las nalgas y ver cómo se le paraba el clítoris entre los dedos.
Fue un viernes. Mi hija se durmió temprano, como siempre, y yo me quedé en la sala viendo una película de esas aburridas que ponen en Netflix para matar el tiempo. Alma estaba sentada en el sillón de al lado, con los pies descalzos sobre la alfombra, usándose los dedos para separarse el pelo mientras bostezaba. Llevaba un vestido corto de algodón, azul, que le dejaba al descubierto las rodillas y parte de los muslos. No usaba brasier, y los pezones se le marcaban con cada movimiento. Yo trataba de no mirar, pero mis ojos se iban solos.
—¿Quieres un trago? —le pregunté, más por romper el silencio que por amabilidad.
—Sí, pero de los buenos —dijo, y me guiñó un ojo.
Fui a la cocina, saqué una botella de tequila reposado que guardaba para ocasiones especiales, y serví dos copitas. Cuando regresé, ella ya se había recostado un poco, con una pierna doblada, el vestido subido sin querer. Vi el elástico de sus pantaletas blancas, el borde de su monte, y sentí que se me secaba la garganta.
Le pasé el trago. Brindamos por nada en especial. Ella bebió de un trago, yo la imité. El alcohol me bajó caliente, pero no tanto como lo que sentí cuando me miró y dijo:
—¿Sabes? A veces pienso en ti… más de lo que debería.
No dije nada. Solo la miré. Ella se acercó un poco, despacio, como si midiera cada centímetro. Y entonces, sin más, me besó.
Sus labios eran suaves, pero firmes. Su lengua entró en mi boca con hambre, con necesidad. Yo respondí igual, cogiéndole la nuca, jalándola hacia mí. Sentí cómo se acomodaba en mi regazo, cómo su culo se asentaba sobre mi entrepierna. Le agarré una teta por encima del vestido, y ella gimió bajito, ronco, como si llevara años esperando eso.
—¿Aquí? —me preguntó, con la voz temblando.
—Aquí —dije yo, y le bajé el vestido por los hombros.
Tenía los pechos pequeños, pero duros, con pezones oscuros que se pararon al instante. Me lancé a uno, chupando, mordiendo, mientras con la otra mano le metía los dedos por debajo de la pantaleta. Estaba mojada, bien mojada, con la concha caliente y resbalosa. Le metí dos dedos de una, hasta el fondo, y ella se arqueó, echando la cabeza atrás.
—Ay, chinga… sí, así —dijo, moviendo las caderas.
Yo no me detuve. Le saqué las pantaletas, le abrí las piernas y me lancé a su coño. Lo lamí como si fuera mi última comida: con lengua larga, con succión, con dedos adentro y fuera. Ella gritaba, se retorcía, me jalaba el pelo.
—¡Sí, sí, nena, chíngame con la boca!
Le chupé el clítoris hasta que se corrió gritando mi nombre, con las piernas temblando, con el coño chorreando. Y cuando se calmó un poco, me quitó el vestido, me bajó las bragas, y me miró con hambre.
—Ahora te toca a ti —dijo.
Y se lanzó. Me comió como si llevara años soñando con eso. Su lengua era un rayo, entrando y saliendo, lamiendo mis labios, mordiendo mi clítoris. Me corrí rápido, con un grito agudo, agarrándole la cabeza. Pero no se detuvo. Me dio vuelta, me puso a cuatro patas, y me azotó una nalgada fuerte, roja.
—¿Quieres más? —me preguntó, con voz ronca.
—Sí, cabrón, sí —dije yo, jadeando.
Entonces me penetró con los dedos, tres de una vez, hasta el fondo, mientras con la otra mano me azotaba el culo. Me corrí otra vez, fuerte, con espasmos que me dejaron temblando. Ella no paró. Me dio vuelta, me subió al sillón, me abrió las piernas y volvió a mi coño. Chupó, lamió, mordió. Y cuando sentí que no podía más, sacó un consolador de su bolsa —negro, grueso, con venas marcadas— y lo lubricó con mi propia joda.
—¿Te lo meto? —preguntó.
—Sí, métemelo todo —dije yo, con los ojos cerrados.
Lo empujó despacio, pero sin piedad. Entró hasta el fondo, estirándome, llenándome. Ella movía las caderas como si fuera una verga de verdad, entrando y saliendo, mientras con los dedos me tocaba el clítoris. Gemía como si estuviera cayéndose del mundo.
—¡Sí, sí, así, así, nena, córrete en mi verga! —dijo.
Y yo me vine, con fuerza, con gritos, con espasmos que me doblaron las piernas. Ella siguió, sin piedad, hasta que me corrí otra vez, y otra, hasta que caí rendida, sudada, con el coño llorando.
Nos quedamos abrazadas en el sillón, desnudas, con el olor de nuestras jodas mezcladas. No dijimos nada. No hacía falta. A lo lejos, el reloj marcaba las dos de la mañana. Mi hija dormía. Y yo, por primera vez en años, me sentía viva.
Al día siguiente, Alma llegó como si nada. Me sonrió, me entregó a mi hija, y me dijo bajito, al oído:
—Hoy sí me voy a quedar hasta tarde. Tengo ganas de chingarte otra vez.
Yo asentí, con el corazón acelerado. Porque sí. Porque ya no había vuelta atrás. Porque entre nosotras, el deseo era más fuerte que cualquier regla, que cualquier miedo. Y porque, al final, no hay nana, jefa ni mentiras: solo dos mujeres follando como si el mundo se fuera a acabar mañana.
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