La mujer que me compró en la feria

La mujer que me compró en la feria

@el_marinero ·4 de julio de 2026 · 🔥 4.0 (24) · 381 lecturas · 7 min de lectura

La primera vez que la vi, estaba subiendo una lata de refresco vacía a la rueda gigante del feriado de San Juan, en Guadalajara. Ella —una mujer alta, morena, con el cabello recogido en un nudo alto y una falda plisada que le dejaba ver el contorno de sus muslos— me observaba desde el banco de madera a menos de dos metros. No sonreía. Solo me miraba, con una atención que no parecía casual. Yo tenía veintiséis años, trabajaba en un puesto de tamales en el paseo, y esa tarde hacía un calor que derretía hasta la paciencia de un santo. Me limpié el sudor con la manga y, por primera vez, sentí que alguien me veía *de verdad*.

A las siete, cuando el sol empezó a caer en espiral sobre el horizonte y las luces de la feria se encendieron una por una como luciérnagas electrificadas, ella se acercó. Llevaba sandalias de cuero trenzado, una blusa blanca abierta sobre una camiseta negra ajustada y un collar de plata con un pequeño llavero en forma de anzuelo. Me puso una mano en el hombro. Pesada. Segura.

—¿Te llamas Daniel? —preguntó, sin esperar respuesta.

Asentí. Me llamaba Daniel, sí. Y me costó más de lo normal tragar saliva.

—Tienes los dedos fuertes —dijo, señalando mis manos, que aún estaban manchadas de harina y salsa de chile.—. Buenas para sostener.

No supe qué responder. No porque no tuviera experiencia, sino porque nunca nadie me había hablado así. No con coqueteo, no con deseo abierto, sino con *posesividad*. Como si ya me hubiera elegido, y yo solo estuviera esperando que me lo dijeran.

—¿Quieres ganar algo? —Me tendió una ficha roja.

—Depende —dije—. ¿Qué hay que hacer?

—Ven.

No hubo pregunta, no hubo explicación. Solo su mano en mi muñeca, firme, con uñas cortas y bien cuidadas, y me arrastró hacia un pequeño carrito de feria, con cortinas de plástico transparente y un letrero que decía: *Juego del Dominio*. Dos sillas plegables, una mesa baja con una copa de cristal, un taponador de botellas, y una cuerda de nailon trenzada.

—Senta’t —ordenó—. Manos sobre la mesa.

Me senté. Ella se colocó frente a mí, cruzó las piernas con lentitud deliberada, y sacó una llave pequeña del bolsillo del pantalón. La dejó sobre la mesa, cerca de la copa.

—Me llamo Lucía —dijo—. Y hoy he decidido que necesito un esclavo por una noche.

No reí. No me paralizó el miedo. Me *ardió* la piel. Como si me hubieran puesto una mano caliente en el pecho y dejado allí la marca.

—¿Y si no quiero? —pregunté, bajando la voz, porque algo en mí sabía que eso era lo que ella quería oír: un desafío, no una negación.

Lucía sonrió, entonces. No una sonrisa dulce. Una sonrisa de caza cumplida.

—Entonces —dijo, levantándose—, saldrás caminando. Pero si te quedas… será porque ya has elegido.

Se inclinó hacia mí. Olía a vainilla quemada, a sal y a algo más antiguo, como cuero viejo y hojas secas. Me rozó el cuello con la punta de los dedos, y me di cuenta de que tenía las uñas pintadas de negro.

—¿Tienes miedo? —susurró.

—No —mentí.

—Mentira —dijo—. Pero el miedo no es malo. Es la primera parte del deseo. Y tú… tú lo llevas en la sangre.

Me ató las muñecas con la cuerda. No fue una sujeción brusca, sino un movimiento fluido, profesional. Me apretó la cuerda alrededor de la piel, justo hasta donde podía soportarla sin dolor. Me miró a los ojos mientras hacía el nudo final.

—¿Te gusta esto? —preguntó.

—Sí —dije.

—¿Estás seguro?

—Sí.

—Entonces respira.

Y así comenzó. No fue rápido. No fue caótico. Fue *lento*, intencional. Me quitó la camiseta con los dientes, porque quería que sintiera el roce de su boca antes que el de sus manos. Me desabotonó los jeans, pero no me los bajó. Me dejó con la tela atrapada en los muslos, con la vejiga llena y el deseo palpitando como un tambor en mis venas.

Me pidió que le besara los pies. No como castigo, sino como reconocimiento. Me arrodillé. Toqué sus tobillos, sentí la textura de su piel, la curva de sus huesos. Luego, con la lengua, le limpié el polvo de la falda de la sandalia. Ella me sostuvo la cabeza con una mano, suave, pero sin permitirme moverme.

—Tú no decides cuándo besas —dijo—. Yo decido cuándo lo haces. ¿Entendido?

—Sí —susurré.

Me levantó entonces. Me arrancó los jeans con un tirón. Me sentó en la silla, con las piernas separadas, las manos atadas a los brazos. Se arrodilló frente a mí. Me miró fijamente mientras se quitaba la blusa. Tenía pechos grandes, firmes, con pezones oscuros y elevados por el frío del aire acondicionado del carrito. Me los ofreció con la mirada, pero no con la mano.

—Tú no tocas —dijo—. Yo decido qué tocas.

Me incliné. Le besé un pecho. Lento. Cuidadoso. Sentí cómo su respiración cambió. Un leve temblor en los hombros. Me permitió un segundo. Luego me detuvo con una mano en la nuca.

—No tan rápido —dijo—. Quiero sentir cada segundo.

Le besé el otro pecho. Luego el cuello. Luego la oreja. Me dejó hacerlo mientras me acariciaba los muslos, con los dedos que subían, subían, hasta rozar el borde de mis testículos.

—Estás durísimo —murmuró.

—Tú me haces esto —repliqué.

Ella rió, baja, gutural.

—No, cariño. Tú *te dejas hacerlo*. Eso es lo que importa.

Me levantó entonces, me giró y me hizo arrodillarme frente a ella. Me desató una mano para que pudiera sostenerme. Me empujó la cabeza hacia abajo. Me metió los dedos en la boca.

—Chupa —ordenó.

Lo hice. No con avidez. Con entrega. Sentí su sabor, salado, terroso, humano. Me miraba mientras lo hacía, con una expresión que no era de placer… sino de *control*. Como si cada latido de mi corazón fuera un tic que ella anotaba en una lista mental.

Cuando me retiró los dedos, me pidió que me levantara. Me puso su falda entre los labios, me hizo estirar la cabeza hacia atrás y me introdujo dos dedos en la vagina. Yo sentí su humedad, su calor, su ritmo. Se la lamí, con la lengua, con los labios, con la garganta. Me permitió agarrarle las caderas, pero solo cuando ella lo decía. Me detuvo la cabeza cuando le besaba el clítoris. Me obligó a esperar.

—No te muevas —dijo, jadeando—. Ni un centímetro.

Luego, con un movimiento rápido, me dio la vuelta, me sentó en la mesa, me abrió las piernas con las suyas y se subió sobre mí. Me miró los ojos mientras se hundía, lenta, hasta el fondo. No gritamos. Solo nos miramos. Ella se aferró a mis hombros, yo a la mesa, y nos movimos juntos, pero solo ella decidía el ritmo. Ella decidía cuándo subía, cuándo bajaba, cuándo se detenía para besar mis pezones, cuándo inclinaba el cuerpo para que su vagina rozara mi perineo.

—Dime qué sientes —susurró.

—Tú —dije.

—Más.

—Tú me dominas. Tú decides. Yo solo sigo.

Me besó entonces, con fuerza, con lengua, con dientes. Me mordió el labio. Me hundió más, más, hasta que sentí que me rompía por dentro. Me soltó la mano derecha. Me pidió que le tocara los pechos. Le apreté los pezones. Ella gimió. Por primera vez, su respiración se desbocó.

—Ahora —dijo—. Ahora sí.

Y yo la tomé por las caderas, por primera vez sin permiso, y la empujé hacia abajo, hasta el fondo, con todo lo que tenía. Ella se derritió sobre mí. Me besó el cuello. Me mordió el hombro. Y cuando se corrió, lo hizo con los ojos cerrados y una sonrisa de victoria.

Después, se levantó. Se puso la blusa. Me desató las manos. Me dio una toalla húmeda. Me ofreció una botella de agua.

—¿Te gustó? —preguntó.

—Sí.

—¿Volverás?

—Sí —dije—. Si me permites.

Ella sonrió, se puso el collar del anzuelo y me lo puso al cuello.

—Mañana, a la misma hora. Trae tus manos fu

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