La mudanza del vecino del quinto

@marco_vidal ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

El edificio de la calle Zaragoza era viejo, de esos con rejas forjadas y ascensor que crujía como si estuviera a punto de colapsar. Pero tenía encanto, y sobre todo, privacidad. Nadie se metía con nadie, salvo doña Lucha, la portera, que vigilaba como si fuera la dueña. Ese viernes, el quinto piso, vacío desde hacía meses, volvió a encenderse. Una camioneta de mudanzas se estacionó frente al portón, y de ella bajó un tipo alto, de hombros anchos, con una camiseta negra ajustada que marcaba cada músculo. Se llamaba Iker, y llevaba el cabello rapado al lado y una mirada que no se detenía en los ojos.

Aurora, de treinta y dos, soltera, profesora de literatura en una prepatoria privada, vivía en el cuarto. Lo vio bajar cajas, sudando bajo el sol de la tarde. No dijo hola, pero le sostuvo la mirada un segundo más de lo normal cuando él le abrió la puerta del ascensor. Ella llevaba una blusa blanca de manga corta, botones hasta arriba, y un short de mezclilla que dejaba al descubierto unas piernas torneadas, bronceadas por el sol del DF. Él le miró el culo sin disimulo, y ella fingió no notarlo. Pero sí lo notó. Claro que sí.

Pasaron tres días. Nada. Ni un ruido, ni un saludo. Solo el rumor de pasos en el piso de arriba, música baja, tal vez jazz. Hasta que el miércoles, al regresar del cine con una amiga, Aurora escuchó un gemido. Suave, profundo. No vino de su televisor, ni de la calle. Vino del quinto. Del departamento de Iker.

Se quedó quieta frente a su puerta, la llave en la mano. El sonido se repitió. Una respiración entrecortada, como si alguien estuviera al borde. No era porno barato. Era real. Alguien se estaba follando a sí mismo, o a alguien, con deseo lento, contenido. Y entonces, una voz masculina, grave: *“Sí… así, más…”*.

Aurora sintió un calor entre las piernas. No se movió. Se quedó ahí, escuchando, mientras el sonido se intensificaba. No fue violento. Fue lento, como si el placer se estuviera deshaciendo en capas. Pensó en Iker, en su espalda ancha, en sus manos fuertes. Imaginó sus dedos en su cintura, bajando el short, abriéndole las piernas. Se mordió el labio. No se fue a su departamento. Se quedó ahí, contra la pared, hasta que el silencio volvió.

Al día siguiente, subió al quinto con una excusa tonta: si necesitaba azúcar. No lo necesitaba. Pero quería verlo. Abrió la puerta en calzoncillos, el torso desnudo, el vello del pecho húmedo. *“¿Azúcar? Claro. Pasa.”* Ella entró. El departamento olía a madera nueva y a hombre. No había mucho: una cama baja, una guitarra en la esquina, libros de filosofía en una repisa. Nada de fotos. Nada de pasado.

—¿Te mudaste solo? —preguntó ella, fingiendo interés.

—Sí. No tengo a nadie que me ayude —dijo él, sirviéndole el azúcar en un vaso—. Pero no me quejo.

Ella lo miró. Él le sostuvo la mirada. Hubo un instante en que el aire se espesó. Como si el deseo ya no tuviera que esconderse.

—¿Y tú? —preguntó Iker—. ¿Vives sola?

—Desde hace cinco años.

—Entonces sabes cómo es —dijo, bajando la voz—. A veces, uno se siente… demasiado consciente de su cuerpo.

Aurora no respondió. Pero su garganta se secó. Él dio un paso. No hacia ella, pero cerca. Lo suficiente para que ella percibiera su calor.

—¿Quieres un café? —preguntó él.

—No. Tengo clase temprano —dijo, pero no se movió.

Hubo un silencio. Largo. Cargado.

—¿Sabes qué escuché anoche? —dijo ella, sin titubear.

Él no se inmutó. Solo sonrió, lento, como si ya lo supiera.

—¿Y qué escuchaste?

—Gemidos. De placer. No fue fácil ignorarlo.

—No era mi intención que lo escucharas —dijo, sin bajar la mirada—. Pero tampoco me arrepiento.

Ella dio un paso hacia él. Casi sin darse cuenta.

—¿Y si no quería ignorarlo?

El aire cambió. Iker se acercó. Le tomó la barbilla con dos dedos. Ella no se apartó.

—¿Y si yo también te escuché? —dijo él—. La otra noche, cuando te duchaste. El agua, el vapor… tu respiración. Sabía que estabas pensando en mí.

Aurora no negó. No podía. Él tenía razón.

—¿Y qué harías si supieras que tengo ganas de cogerte ahora? —preguntó ella, desafiante.

Iker no respondió con palabras. Le quitó el vaso de azúcar, lo dejó en la mesa, y la empujó suavemente contra la pared. Le subió el short. Ella no lo detuvo. Le mordió el cuello. Él le agarró las nalgas, fuerte, como si quisiera marcarla.

—¿Y si te digo que llevo cinco días imaginando cómo se siente tu culo en mis manos? —susurró.

Ella jadeó. Él le bajó el short. Ella no llevaba ropa interior.

—¿Y si te digo que quiero chingarte hasta que no puedas caminar? —dijo, acariciándole el monte—. ¿Hasta que no puedas dar clases?

Aurora lo miró, con los ojos encendidos.

—Entonces hazlo —dijo—. Pero no aquí. En tu cama. Quiero ver cómo te mueves.

Iker la tomó en brazos, como si no pesara nada, y la llevó a la cama. La acostó boca abajo. Le abrió las piernas con cuidado. Le besó el lomo, bajó por la columna, llegó al borde de las nalgas. Le dio un beso profundo, húmedo, entre las nalgas. Ella gritó.

—No pares —dijo.

Él no paró. Le separó más las piernas, le acarició el sexo con la lengua, despacio, como si saboreara cada rincón. Ella se retorcía. Él le metió dos dedos, luego tres. Ella gritó su nombre.

—¿Quieres más? —preguntó él.

—Sí —dijo—. Pero quiero tu verga.

Iker se quitó los calzoncillos. Su pija era gruesa, larga, con una vena marcada que palpitaba. Aurora se dio vuelta. Lo miró. Se sentó en la cama. Le tomó el miembro con la mano, lo acarició, lo besó en la punta.

—¿Y si me dices que no estás lista? —preguntó él.

—Estoy lista desde que te vi bajar de la camioneta —dijo—. Desde que me miraste el culo.

Entonces, Iker la empujó otra vez sobre la cama, le abrió las piernas y entró de un solo empujón. Ella gritó. Fue profundo, completo. Como si hubiera estado esperando eso desde siempre.

Él no se movió al principio. Dejó que ella sintiera su tamaño, su calor. Luego empezó a moverse. Lento. Profundo. Cada embestida la hacía gemir. Ella le clavó las uñas en la espalda. Él gruñó.

—Dime qué quieres —dijo.

—Más —dijo—. Más fuerte. Quiero que me partas.

Él obedeció. Le cogió las piernas, las levantó, y empezó a follarla con fuerza. La cama temblaba. Las paredes resonaban. Aurora gritaba sin importarle quién la escuchara.

—¡Sí! ¡Así! ¡No pares!

Él no paró. Hasta que ella se corrió, gritando su nombre, con las piernas temblando. Él no se detuvo. Siguió, hasta que él también llegó, con un gemido profundo, llenándola.

Se quedaron quietos. Sudorosos. Respirando con dificultad.

—¿Y ahora? —preguntó ella.

—Ahora —dijo él—, nos duchamos. Y luego, te vuelvo a coger. Porque esto no fue suficiente.

Aurora sonrió. Por primera vez en años, se sintió viva. Y completa.

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