La mudanza del vecino
Yo nunca creí que una mudanza pudiera cambiar tanto la vida de un hombre. Pero ahí estaba yo, viendo cómo dos tipos sudorosos cargaban cajas desde una camioneta blanca hasta el departamento de al lado, el 302. Yo vivía en el 301 desde hacía cinco años, tranquilo, sin mucho que contar. Hasta ese viernes de junio, cuando el aire se puso más espeso, como si el verano hubiera decidido quedarse de por vida.
Él llegó después, sin camisa, con un pantalón de mezclilla gastado y unas botas que sonaban fuerte en el pasillo. Alto, de hombros anchos, piel morena quemada por el sol o tal vez por la vida. Tenía una cadena de plata al cuello, fina, discreta, y un tatuaje en el brazo izquierdo que no pude ver bien. Solo alcancé a distinguir un dragón envuelto en llamas. Me miró y asintió con la cabeza. Yo hice lo mismo. Nada más. Pero algo pasó ahí, en ese instante, como si los dos supiéramos que esto no iba a terminar con un “buenas noches”.
A las nueve, ya todo estaba dentro. Escuché cómo cerraba la puerta con doble vuelta, como si no quisiera visitas. Pero yo sí quería. Y no precisamente para charlar de clima. Me serví un trago de whisky, sin hielo, y salí al pasillo. Tocó a su puerta sin pensarlo mucho.
—Oye —dije, como si fuera lo más natural del mundo—, ¿necesitas ayuda pa’ acomodar?
Abrió. Estaba descalzo. Olía a tabaco negro y a algo dulce, tal vez vainilla.
—¿Tú no eres el vecino del 301? —preguntó, sin sorpresa.
—El mismo. Y tú el que acaba de mudarse.
Sonrió. No fue una sonrisa amable. Fue de esas que dicen: *ya sé lo que quieres, y quizás yo también*.
—Pasa —dijo, apartándose.
El departamento olía a nuevo. Cajas por todos lados, pero en medio del salón, una cama king size armada, sin sábanas, solo colchón. Encima, una botella de ron y dos vasos.
—¿Vas a tomar o solo a espiar? —me dijo, sirviendo.
—Depende —le respondí—. ¿Qué hay que ver?
—Mucho —dijo, mirándome fijo—. Pero sobre todo, a mí.
Y ahí empezó. No con besos, no con caricias. Con palabras. Él hablaba bajito, lento, como si cada frase tuviera un precio. Me contó que era arquitecto, que había vivido en Buenos Aires, que le gustaban los hombres que no tenían miedo a la oscuridad.
—¿Y tú? —me preguntó—. ¿Qué haces cuando se te va la luz?
—Me quedo quieto —dije—. Y espero a que alguien encienda algo.
Sonrió otra vez. Esta vez, se acercó. Su mano en mi nuca, fuerte, sin pedir permiso. Pero tampoco sin dar opción. Me gustó. Me gustó que no preguntara. Me gustó que supiera.
—No voy a hacerte nada que no quieras —dijo, casi al oído—. Pero si empiezo, no me detengas.
Negué con la cabeza. No quería detenerlo. Quería que me desarmara.
Me empujó despacio hacia la cama. Caí sentado. Él se arrodilló frente a mí, sin dejar de mirarme. Sus manos en mis piernas, subiendo por el muslo, acariciando el bulto que ya no podía ocultar.
—Estás listo —dijo—. Desde que llegaste.
No negué. No podía.
Desabrochó mi cinturón con calma, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Bajó el pantalón, luego los calzoncillos. Mi verga salió dura, tiesa, palpitando. Él la miró como si fuera un regalo.
—Bonita —dijo—. Grande. Como me gusta.
Y sin más, se la metió a la boca.
No fue suave. No fue tierno. Fue hondo, lento, profundo. Como si quisiera tragármela entera. Su boca era caliente, húmeda, perfecta. Su lengua jugaba con la punta, mientras su mano apretaba la base. Gemí. No pude evitarlo.
—Calla —dijo, sacándomela un segundo—. No quiero que todo el edificio se entere. A menos que quieras.
Lo miré. Sus ojos brillaban en la penumbra.
—Quiero —dije—. Que todo se entere.
Sonrió. Volvió a hundirse.
Pasó un rato así, chupándome, jugando, probando. Hasta que se levantó, se quitó los pantalones y se quedó solo en bóxers. Su culo era redondo, prieto, perfecto. Lo vi caminar hacia una caja, sacar un frasco de lubricante y un condón. Lo puso sobre el colchón.
—Ahora tú —dijo—. Quítame todo.
Me puse de pie. Le quité los bóxers. Su verga era gruesa, larga, con una vena marcada que latía. La tomé con la mano. Pesaba. Palpitaba.
—¿Quieres cogerme? —me preguntó.
—Sí —dije—. Pero quiero verte primero.
Se acostó boca abajo. Su espalda ancha, los músculos tensos, las nalgas firmes. Le pasé la mano por el culo, lo separé. Vi su entrada, rosada, apretada.
—Chíngame —dijo—. Pero despacio.
Abrí el frasco, eché el lubricante en mis dedos. Lo toqué primero con uno, luego con dos. Entraron fácil. Él gemía bajo la almohada.
—Más —dijo—. Más profundo.
Metí el tercero. Lo moví, lo giré, hasta que sentí que ya no resistía. Saqué los dedos. Me puse el condón. Me paré entre sus piernas.
—Cuando digas —susurré.
—Ya —dijo—. Ahora.
Empujé. Fue lento, pero inevitable. Sentí cómo me recibía, cómo se abría para mí. Un gemido largo, ronco, salió de su garganta.
—Dios —dijo—. Qué bien te siento.
Comencé a moverme. Primero lento, luego más fuerte. Cada embestida me llevaba más adentro. Su culo me apretaba como si no quisiera soltarme. Sus nalgas rebotaban con cada golpe. El sonido de nuestros cuerpos chocando llenaba el cuarto.
—Más fuerte —dijo—. Hazme sentir que me partiste.
Y lo hice. Empujé con todo, sin piedad, con ganas. Él gritó. No importó. Nadie iba a venir. Nadie se atrevería.
Llegó un punto en que ya no aguantaba. Me salí, lo giré, lo puse boca arriba. Quería ver su cara cuando llegara. Lo penetré otra vez, de frente, mirándonos. Sus ojos brillaban de sudor, de placer, de poder.
—Cógeme hasta que no pueda más —dijo—. Hasta que no recuerde mi nombre.
Y así fue. Seguí moviéndome, sudando, jadeando. Hasta que sentí que ya no aguantaba.
—Me voy a venir —dije.
—Hazlo —dijo—. Dentro de mí.
Grité. Me vine con fuerza, llenando el condón, pero imaginando que lo llenaba a él. Él se corrió al mismo tiempo, sin tocarse, solo con el placer de sentirme.
Nos quedamos así, sudados, jadeantes, mirándonos.
—Mañana —dijo—, te toca ayudarme con los muebles.
Sonreí.
—Y a ti —le dije—, te toca devolverme el favor.
No dijo nada. Solo me besó. Un beso lento, profundo, como si ya supiéramos que esto no era una noche. Era el principio de algo más oscuro, más intenso.
Como yo.
Como él.
Como todo lo que pasa cuando la luz se apaga, y solo queda el deseo.
¿Te ha gustado? Valóralo