La mudanza del quinto piso

@sombra ·1 de junio de 2026 · ★ 4.2 (12) · 1993 lecturas

La lluvia golpeaba el empedrado del centro como si el cielo se hubiera puesto a rezar con piedras. En el quinto piso de un edificio antiguo, con escaleras de hierro forjado y ascensor que gemía como viejo desahuciado, dos hombres subían cajas bajo la luz amarillenta de un foco que parpadeaba como si también estuviera a punto de rendirse. Uno, de unos treinta, alto, barba recortada y mirada de quien no necesita hablar mucho para imponerse, se llamaba Damián. El otro, más joven, delgado, con el cabello mojado pegado a la frente, respondía al nombre de Mateo. Habían sido vecinos por casualidad, compañeros de mudanza por necesidad.

Damián vivía allí desde hacía años. Mateo acababa de mudarse al departamento contiguo, heredado de una tía lejana que murió sin avisar. No se conocían, pero el destino —o la pereza de los mudadores— los había dejado solos con las cajas, el silencio y el olor a humedad vieja.

—Ya nomás faltan dos —dijo Mateo, limpiándose el sudor con el dorso de la mano, la camisa pegada a los hombros.

Damián asintió sin mirarlo. Estaba de espaldas, abriendo una caja de libros, con el torso marcado bajo una playera ajustada. El sonido de la lluvia, el crujido de las escaleras, el vaho de sus cuerpos calientes en el pasillo mal ventilado. Todo olía a encierro, a piel mojada, a algo que no se decía.

—¿Quieres un trago? —preguntó Damián, sin voltarse.

—Sí, aunque sea un vaso de agua.

Damián sonrió apenas. Sacó una botella de mezcal de una caja sin etiqueta. No dijo de dónde la sacó, ni por qué estaba allí. Sirvió en dos vasos de vidrio grueso, sin hielo. Mateo tomó el suyo con cuidado. El licor bajó como fuego lento, el tipo que no apura, que se saborea.

—Esto no es agua —dijo Mateo, tosiendo un poco.

—No —dijo Damián—. Pero te calienta más.

Se miraron por primera vez con intención. No fue un descaro, ni un reto. Fue como si ambos supieran que algo se movía bajo la superficie, como si la mudanza hubiera sido solo un pretexto para encontrarse allí, en ese pasillo, sin testigos.

Mateo dejó el vaso sobre una caja. Damián no apartó la vista.

—Tienes las manos llenas de tierra —dijo Damián.

—Sí. De cargar.

—No, no es tierra. Es de aquí —se acercó un paso—. De este edificio. De las paredes. De la escalera. De la humedad. Se te mete en la piel.

Mateo tragó. No supo qué contestar. Damián dio un paso más. Estaban tan cerca que el calor corporal ya no era solo incomodidad.

—¿Tienes miedo? —preguntó Damián.

—No —mintió Mateo.

—Mentira —dijo Damián, casi susurrando—. Estás sudando. Y no es por el trabajo.

No hubo más palabras. Damián alzó la mano, sin tocarlo aún, y le pasó el pulgar por el labio inferior. Mateo no se movió. El pulgar bajó, rozó el mentón, luego el cuello, donde la vena palpitaba fuerte. El mezcal ardía en el estómago. El pulgar siguió bajando, hasta el primer botón de la camisa.

—¿Te da miedo que te coja aquí? —preguntó Damián, bajito, casi en el oído.

—Sí —dijo Mateo.

—Pero quieres.

—Sí.

Damián soltó el botón. La camisa se abrió un poco. El pecho de Mateo subía rápido.

—No aquí —dijo Damián—. En mi departamento.

No fue una pregunta. Fue una orden. Mateo asintió. Damián tomó su vaso, dio un trago largo, luego lo dejó en la caja. No dijo nada más. Caminó hacia su puerta, sin ver si lo seguían. Mateo lo siguió.

Dentro, el departamento era oscuro, con cortinas gruesas que no dejaban pasar ni la luz de los faroles. Muebles antiguos, libros por todas partes, una cama grande con sábanas negras. Damián cerró la puerta con seguro. No encendió la luz.

—Quítate la camisa —dijo.

Mateo obedeció. Se deshizo de la prenda, la dejó caer. Damián se acercó por atrás. Le puso las manos en los hombros, los dedos largos apretando con suavidad. Luego bajó, tocó las costillas, el vientre, el borde del pantalón.

—Tienes un buen culo —dijo Damián—. Lo vi desde que subías las escaleras.

Mateo no respondió. Sentía el aliento de Damián en el cuello, los dedos en el botón del pantalón.

—¿Te ha chingado alguien aquí? —preguntó Damián, bajando la voz.

—No.

—¿Y te has chingado a alguien en un quinto piso?

—No.

—Hoy será tu primera vez —dijo Damián, bajándole el pantalón con lentitud.

Las nalgas quedaron al aire. Damián pasó la palma por ellas, despacio, como quien reconoce terreno. Luego, con un dedo, trazó el surco entre las nalgas, sin entrar, solo rozando.

—¿Te gusta que te toquen así?

—Sí —dijo Mateo, la voz entrecortada.

—Dilo bien. Di “sí, jefe”.

—Sí… jefe.

Damián sonrió. Lo tomó del cabello, lo obligó a inclinarse sobre la cama. Las nalgas quedaron en alto, expuestas. Damián se quitó la camisa, luego el pantalón. Su verga, dura, se marcaba bajo los calzoncillos.

—No voy a ser suave —dijo.

—No quiero que lo seas —dijo Mateo.

Damián le bajó los calzoncillos de un jalón. Lo miró un momento. Luego escupió en su mano y empezó a frotarle el agujero con el pulgar, despacio al principio, luego con más presión. Mateo jadeó. No se movió.

—Te voy a coger —dijo Damián—. Y vas a gritar mi nombre.

—Hazlo —dijo Mateo.

Damián se quitó los calzoncillos. Se acercó. Tomó su verga, la pasó por el surco, desde la nuca hasta el culo. Luego, con una mano en la cadera de Mateo, empujó.

Entró lento. Mateo gritó. No de dolor, sino de liberación. Damián no se detuvo. Empujó hasta el fondo, hasta que sus pelotas chocaron contra las nalgas del otro.

—¿Te duele? —preguntó Damián.

—No. Sigue.

Y Damián siguió. Con movimientos largos, firmes, como si estuviera clavando algo en la pared. Mateo se aferró a las sábanas. El sonido de la lluvia, el crujido de la cama, el jadeo de dos hombres que no se conocían pero ya se pertenecían.

—Dime que te gusta —dijo Damián.

—Me gusta —dijo Mateo—. Me gusta que me cojas así.

—Dime que soy tu jefe.

—Eres mi jefe.

—Dime que soy tu dueño.

—Eres mi dueño.

Damián aceleró. La habitación se llenó de sonidos obscenos: el chapoteo de la verga entrando y saliendo, los gemidos contenidos, el golpe de las nalgas contra el vientre. Mateo sentía que se deshacía. No era solo sexo. Era entrega. Era dominación. Era casa.

Cuando Damián llegó al final, no se corrió dentro. Se salió, lo tomó del cabello, lo obligó a voltearse. Lo miró a los ojos.

—Ábreme la boca —dijo.

Mateo obedeció. Damián se corrió sobre sus labios, su mejilla, un poco en la boca. No dijo nada. Solo lo miró.

—Límpialo —dijo.

Mateo pasó la lengua por sus propios labios, luego por el rostro, como un perro fiel.

La lluvia no paraba. Pero allí, en el quinto piso, ya no importaba. La mudanza había terminado. Y algo nuevo acababa de empezar.

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