La mudanza del quinto

@marco_vidal ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

La mudanza llevaba retraso, y el día se achicaba contra el calor de febrero. En el pasillo del edificio, entre cajas de cartón amontonadas y una escalera de aluminio mal apoyada, él la vio por primera vez: Claudia, la nueva del quinto. Vos te quedás mirando, y no es por la mudanza. Es por cómo le queda el elástico del short cuando se agacha, por cómo se le escapa el sudor entre las tetas, por cómo dice “gracias” con esa voz que no pide, que apenas sugiere.

—Che, ¿me das una mano con esta caja? —dijo, sin mirarlo, mientras intentaba levantar una caja de libros.

Él se acercó. No por galante, sino porque no podía quedarse quieto. Le puso las manos por debajo, rozándole apenas los dedos. Ella levantó la vista. Pupilas grandes, labios partidos. Como si ya supiera.

—Gracias… Marco, ¿no?

—El mismo. Vivo al fondo del cuarto. Te vi entrar hace un rato.

—Ah, claro. El del perro.

—El del perro y el vino malo.

Ella rió. Una risa corta, de aire caliente. Se secó el cuello con el dorso de la mano. El sol de la tarde entraba por el hueco del ascensor, iluminando el polvo que flotaba entre ellos.

—Pasame una cerveza si tenés —dijo ella, dejándose caer en una silla plegable que alguien había dejado allí.

Él fue a su departamento. Volvió con dos latas frías. No dijo nada. Solo le alcanzó una. Ella la abrió con los dientes, chupó el borde como si fuera un desafío.

—Esto es un infierno —dijo, echándose el pelo hacia atrás.

—Sí. Pero en un rato baja el sol. Y después… —dejó la frase colgando.

—¿Después qué?

—Después uno se acostumbra. O se va.

Ella lo miró. Con esa mirada que no necesita palabras. Como si entre ellos ya hubiera pasado algo que no había pasado.

—¿Vos te acostumbraste?

—No sé. A veces sí. A veces me voy.

Ella se paró. Se acercó. A pocos centímetros. El calor entre ellos ya no era del verano, era otro. Más espeso.

—¿Me ayudás a llevar el colchón adentro?

Él asintió. No dijo nada. Fueron juntos al ascensor. Subieron. El aire se cortaba con cuchillo. Cuando entraron al departamento vacío, con las paredes desnudas y las ventanas abiertas al cielo anaranjado, ella se detuvo.

—Dejalo ahí —dijo, señalando el colchón sobre el piso.

Él obedeció. Pero no se fue. Quedó parado, mirándola. Ella se sacó la remera. Sin apuro. Sin vergüenza. Solo el sostén negro, la piel húmeda, el vello rubio del ombligo.

—Hace mucho calor —dijo.

Él no se movió. Solo la miró. Como si la estuviera desnudando con los ojos desde hacía rato.

—Sí —dijo—. Demasiado.

Ella dio un paso. Luego otro. Hasta quedar frente a él. Le puso una mano en el pecho. Bajó. Lento. Hasta el cinto.

—¿Vos también estás caliente?

Él no contestó con palabras. Le agarró la nuca, la acercó. El beso fue profundo, húmedo, con lengua y deseo. Ella gimió. Bajo. Como un ruido de fondo que no quería salir.

Él le desabrochó el sostén. Le tocó los pechos. Grandes, firmes, con los pezones duros. Ella se arqueó. Como si ya supiera lo que venía.

—Vení —dijo.

Lo llevó al colchón. Se sentó. Él se arrodilló. Le besó el vientre. Le subió el short. Le acarició el culo. Firme. Blanco. Perfecto.

—¿Vos tenés idea de lo que me hacés? —preguntó ella.

—No. Pero quiero saberlo.

Ella se paró. Se sacó todo. Quedó desnuda. Con la concha húmeda, el vello claro, la piel brillante. Él se sacó los pantalones. La pija dura, larga, lista.

—Cógeme —dijo ella—. Ahora.

Él no esperó. La tomó por las caderas. La puso de cuatro. Le separó las nalgas. Le metió la punta. Ella gritó. Corto. Fuerte.

—Dale… dale… —pidió.

Y él empezó a cogerla. Lento al principio. Luego más fuerte. Más rápido. Ella se agarró del colchón. Gritó otra vez. El calor, el jadeo, el ruido de piel contra piel. Todo mezclado con el atardecer.

Cuando él sintió que venía, la tomó de los pelos. La obligó a mirarlo.

—Quiero verte —dijo.

Ella lo miró. Con los ojos llenos de deseo. De algo más.

Y él terminó. Adentro. Con fuerza. Como si ya no hubiera vuelta atrás.

Después, se quedaron abrazados. En el piso. En el silencio. El sol se había ido. Pero el calor seguía. Y algo más. Algo que no se nombraba. Pero que estaba.

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